lunes, 15 de julio de 2013

Norias, tiovivos y transiberianos

El movimiento siempre ha tenido un atractivo especial para el ser humano.
Todos somos nómadas en potencia, aunque la vida moderna haya hecho, ya desde hace siglos, todo lo posible por convertirnos en una especie sedentaria.

Mentalmente también nos movemos, desde luego, aunque en este territorio psíquico haya grandes diferencias entre unos y otros.
Unos somos más partidarios de seguir los arraigados hábitos del cosmos y, así, nuestro movimiento fundamental es giratorio, si bien lo normal es que, como la Tierra, el Sol y el resto de los cuerpos espaciales, lo hagamos simultaneando rotación y traslación.

El movimiento mental de rotación es el más normal de todos. La mayoría nos sentimos inclinados, inevitablemente, a girar sobre nosotros mismos, haciendo de nuestro mundo particular el centro de la galaxia espiritual y material.
Es algo parecido a lo que hace cualquiera cuando se monta en un tiovivo. Su caballo (me gustan los tiovivos clásicos) sube y baja con suavidad a lo largo de la barra que lo sujeta, mientras da vueltas alrededor del eje central. Lo mismo hacemos en nuestra rotación mental. Tenemos ligeras subidas y bajadas anímicas que, aunque, a veces, nos parezcan grandes, no dejan de ser menores en comparación con lo fundamental: el permanente giro sobre nosotros mismos.

Las norias nos ofrecen otra perspectiva. Para mí son el ejemplo del movimiento de traslación anímico. Nuestra mente se traslada, esta vez en un plano vertical y por una órbita mayor, alrededor de aquello que nos preocupa, que nos interesa... de lo que queremos. Y, según estemos arriba o abajo, tenemos un panorama distinto de nuestros sentimientos. Cuando alcanzamos su punto más alto, somos optimistas y vemos el horizonte de la vida con mucha más amplitud, los problemas son, en apariencia, más pequeños y lo que nos perturba y nos disgusta queda reducido considerablemente al ser observado desde nuestra elevada cabina psicológica, aunque bien es cierto, que, en ocasiones, el desapego de la realidad cotidiana puede llegar a producirnos algún vértigo.
Desde abajo, en cambio, lo ajeno se nos antoja agobiante y el punto alrededor del cual giramos, más difícil de conseguir.
Y así transcurre nuestra vida: subiendo y bajando en un movimiento circular interminable que nos ofrece opiniones, sentimientos y emociones cambiantes.

Pero no todos somos así. Hay quien pasa por la vida de otra manera, montado en su transiberiano sentimental, un expreso emocional inanimado que avanza siempre en línea recta, atravesando estepas y emociones tras la protección de unas seguras ventanillas estancas que aminoran los rigores de esa cruda intemperie a la que suelen estar sometidas las almas que pululan por el mundo exterior.
Los viajeros del transiberiano sentimental nunca miran hacia atrás. Lo pasado, pasado está, se repiten a sí mismos, camino de un Vladivostok utópico al que nunca llegarán con el alma limpia de hollín, por mucho que aprovechen las paradas intermedias para intentar liberarse de esa sustancia crasa y negra que el humo producido por su ética de carbonilla ha ido depositando sobre la insensible piel de sus emociones. Y eso que, ya sea en Kirov, en Omsk o, incluso, en Madrid han frotado su alma con innumerables hojas de té y hasta con las obras completas de Juan Ramón Jiménez para conseguir reproducir en ella parte de las características externas del protagonista de su obra más conocida...


Y es que, el ser humano, como un elemento más del espacio infinito en el que se desenvuelve, se mueve. A veces, hacia su propia autodestrucción.

2 comentarios:

Pamela Lopez dijo...

Hola me parece genial el escrito!

Pamela Lopez dijo...

genial!