Juventino Pertejo Fidalgo era un hombre serio, prudente y leal. Siempre me pareció una buena persona. Era el hombre de confianza del presidente de la compañía y no cabía duda de que dirigía la empresa con sobriedad y haciendo gala de la formalidad y honradez que requería una familia respetable, como la que era propietaria de aquel solvente y bien gestionado grupo empresarial.
Ir a visitarle era siempre una buena oportunidad para reafirmar la evidencia de que las cosas no son, en todas las ocasiones, como la tradición nos ha enseñado. Por ejemplo, que la mayor empresa fabricante de aceite de España tuviera su sede en León y por marca un apellido vasco insólitamente acentuado... o que su director general respondiese a esa curiosa y nada frecuente combinación de nombre y apellidos.
Tal vez por eso no debería habernos sorprendido tanto el hallazgo que hicimos aquella noche. Pero sí nos sorprendió. Y mucho.
No sé si en aquellos tiempos todas las habitaciones del Hostal San Marcos eran tan impresionantes como las nuestras. Si lo eran, la categoría de cualquier establecimiento hotelero de los que hoy consideramos 'de lujo' debería ser puesta en tela de juicio.
En cualquier caso, nada de lo hasta ahora dicho justifica que en la terraza de la habitación contigua hubiese un leopardo.
Por un momento, llegamos a pensar que todas las habitaciones venían con leopardo incorporado, pero no era así. Tras una concienzuda inspección de las tres que nos habían sido asignadas, pudimos constatar que ninguna de ellas tenía entre sus enseres felino alguno.
Cierto es que este hecho nos produjo, en un principio, un ligero desánimo, ya que, en nuestro fuero interno, lo tomamos como un desprecio hacia nosotros, aunque era justo reconocer que esa inferior categoría de alojamiento que se nos había asignado eliminaba, indiscutiblemente, la incomodidad de vernos obligados a reconocer que ignorábamos cómo manejarnos con soltura en una habitación con leopardo.
Algo que, sin duda, nuestro vecino había solventado con la resolución propia de un viajero más experimentado: colocando al leopardo en la terraza con naturalidad y desapego emocional, tal como solemos hacer los demás mortales cuando guardamos en el altillo del armario esas colchas grandilocuentes y pasadas de moda con las que algunos establecimientos hoteleros tratan de compensar (sin mucho éxito) otras carencias más relevantes para el huésped.
Puestas así las cosas, nos pareció prudente cerrar a conciencia nuestras respectivas terrazas y encomendarnos a Morfeo, en la medida de nuestras algo alteradas posibilidades.
A la mañana siguiente nadie quería hablar del leopardo, ya que todos temíamos haberlo imaginado y provocar la burla o, al menos, la hilaridad de nuestros compañeros. Pero el leopardo era real, así que empezó a tomar cuerpo una nueva teoría: el animal no estaba incluido en la habitación, sino que viajaba con su dueño, de ciudad en ciudad, de hotel en hotel. Era tan inverosímil como la que suponía al leopardo una extravagancia 'daliniana' del Hostal San Marcos, pero en el capítulo de animales de compañía aún no estaba todo dicho, dado que el Trivial Pursuit todavía no había sido inventado.
Un poco más tarde ya estábamos reunidos con don Juventino Pertejo Fidalgo, discutiendo con él los pormenores del diseño de las nuevas etiquetas y hablando del próximo lanzamiento publicitario del aceite de girasol de la compañía.
Por diversos motivos (no todos abordados en este somero resumen), a nuestro regreso no se comentó con casi nadie el incidente nocturno. Quizá fue porque quienes se quedaron en Madrid, en aquel lejano 1972, no estaban en condiciones de asumir el hecho de que los leopardos pueden estar escondidos donde menos te lo esperas, y, quienes sabíamos que la fiera estaba agazapada esperando que alguien le abriese una puerta, jugábamos con una ventaja de la que nunca quisimos presumir.
Eso sí, a don Juventino Pertejo Fidalgo le seguimos recordando con sincero cariño.
miércoles, 22 de agosto de 2018
martes, 21 de agosto de 2018
La lluvia que no(s) une
Hubo un tiempo en el que la lluvia unía. Lo recuerdo muy bien.
Empezaba a llover y el paraguas acogía bajo su protectora cúpula a quienes anhelaban amparo y compañía. Era una época feliz. La gente buscaba la lluvia desesperadamente. Sobre todo, en aquel lejano lugar en el que la soledad y la sequía consumían en silencio las almas y los corazones.
–¡Llueve! –gritaban. Y todos corrían a refugiarse juntos, huyendo de esa habitual tristeza que, de un modo u otro, les perseguía durante el día y les atrapaba cada noche.
La lluvia liberaba los sueños y empapaba las penas hasta disolverlas con su acompasado murmullo de esperanza. Un murmullo que camuflaba las lágrimas y provocaba fugaces destellos en unas miradas que, a veces, llegaban a empañarse con una pátina de alegría.
Daba igual que se tratase de un simple sirimiri o de una feroz tormenta. Siempre unía. Ni siquiera nos parecía agua lo que caía del cielo. Casi pensábamos que se trataba de una emulsión dulce y adhesiva, que resbalaba por la piel, pero se pegaba al espíritu.
Cuando llovía, las emociones se buscaban unas a otras y hacían que nos sintiésemos mejores, más felices, más próximos.
No llovía café, como diría Juan Luis Guerra, sino perfume. Un perfume suave, con un intenso olor a tierra o con un leve aroma de jazmines frescos. En ocasiones tenía, incluso, ese intenso acento que desprenden los limones de Praiano... o el, aún más dulce, de los verdes higos que maduran en el valle del torrente Dragone.
–Cuando llueve vida, los sentimientos crecen –aseguraba un viejo amigo que solo se enamoraba en los días lluviosos.
Y tenía razón: mirabas a tu alrededor y la melancolía florecía, trepando, alegre y colorida por las vallas, como si fuera la buganvilla que inunda la Via Tragara cuando llega el verano a Capri.
Ahora ya no es así. La lluvia de hoy desune. Hace que cada uno se esconda bajo su propio paraguas y solo vea su silueta reflejada en la calzada mojada. Los cuerpos se separan, los pensamientos se alejan y ni las sombras quieren juntarse en el suelo, empapado por un olvido en el que se diluye lo que queda de unas ilusiones encogidas, débiles e irreversiblemente enfermas.
Es curioso comprobar cómo dos personas apenas alejadas unos centímetros y que se mueven en la misma dirección, avanzan sin mirarse, olvidando que ayer, cuando la lluvia unía, caminaban juntas y eran más fuertes, más felices, más audaces...
–Si, al menos, lloviese solo por la noche –suspiraba una voz.
–Si saliera el arco iris una tarde –susurraba otra.
Pero aquellos días del arcobaleno se habían ido para no volver y el corazón ya nada tenía de gitano. La lluvia, la despiadada lluvia nos había condenado a seguir bajando por la interminable cuesta del otoño, sin dejarnos mirar a quien ayer se apresuraba a abrazarnos cuando las nubes destilaban sus caricias sobre nuestro espíritu. La lluvia ya no nos une. Nos separa.
Empezaba a llover y el paraguas acogía bajo su protectora cúpula a quienes anhelaban amparo y compañía. Era una época feliz. La gente buscaba la lluvia desesperadamente. Sobre todo, en aquel lejano lugar en el que la soledad y la sequía consumían en silencio las almas y los corazones.
–¡Llueve! –gritaban. Y todos corrían a refugiarse juntos, huyendo de esa habitual tristeza que, de un modo u otro, les perseguía durante el día y les atrapaba cada noche.
La lluvia liberaba los sueños y empapaba las penas hasta disolverlas con su acompasado murmullo de esperanza. Un murmullo que camuflaba las lágrimas y provocaba fugaces destellos en unas miradas que, a veces, llegaban a empañarse con una pátina de alegría.
Daba igual que se tratase de un simple sirimiri o de una feroz tormenta. Siempre unía. Ni siquiera nos parecía agua lo que caía del cielo. Casi pensábamos que se trataba de una emulsión dulce y adhesiva, que resbalaba por la piel, pero se pegaba al espíritu.
Cuando llovía, las emociones se buscaban unas a otras y hacían que nos sintiésemos mejores, más felices, más próximos.
No llovía café, como diría Juan Luis Guerra, sino perfume. Un perfume suave, con un intenso olor a tierra o con un leve aroma de jazmines frescos. En ocasiones tenía, incluso, ese intenso acento que desprenden los limones de Praiano... o el, aún más dulce, de los verdes higos que maduran en el valle del torrente Dragone.
–Cuando llueve vida, los sentimientos crecen –aseguraba un viejo amigo que solo se enamoraba en los días lluviosos.
Y tenía razón: mirabas a tu alrededor y la melancolía florecía, trepando, alegre y colorida por las vallas, como si fuera la buganvilla que inunda la Via Tragara cuando llega el verano a Capri.
Ahora ya no es así. La lluvia de hoy desune. Hace que cada uno se esconda bajo su propio paraguas y solo vea su silueta reflejada en la calzada mojada. Los cuerpos se separan, los pensamientos se alejan y ni las sombras quieren juntarse en el suelo, empapado por un olvido en el que se diluye lo que queda de unas ilusiones encogidas, débiles e irreversiblemente enfermas.
Es curioso comprobar cómo dos personas apenas alejadas unos centímetros y que se mueven en la misma dirección, avanzan sin mirarse, olvidando que ayer, cuando la lluvia unía, caminaban juntas y eran más fuertes, más felices, más audaces...
–Si, al menos, lloviese solo por la noche –suspiraba una voz.
–Si saliera el arco iris una tarde –susurraba otra.
Pero aquellos días del arcobaleno se habían ido para no volver y el corazón ya nada tenía de gitano. La lluvia, la despiadada lluvia nos había condenado a seguir bajando por la interminable cuesta del otoño, sin dejarnos mirar a quien ayer se apresuraba a abrazarnos cuando las nubes destilaban sus caricias sobre nuestro espíritu. La lluvia ya no nos une. Nos separa.
martes, 7 de agosto de 2018
Flecos
Todas las tardes, a la misma hora, se sentaba unos minutos en su pequeña butaca, frente al balcón abierto sobre el lago y las montañas.
Llevaba tanto tiempo haciéndolo que ya había olvidado el origen de esa rutinaria costumbre, pero, pese a ello, un extraño impulso le guiaba a diario hacia su asiento vespertino. Ni siquiera lo hacía para relajarse, pues, apenas adoptaba esa, en apariencia, tranquila posición, su corazón empezaba a latir un poco más deprisa e, incluso, presentaba ciertos síntomas de una incipiente arritmia que hubiese puesto en guardia a cualquier persona que estuviese un poco preocupada por su salud.
Sin embargo, Eduardo Enrique Nicolás (esos eran los tres nombres de pila de nuestro solitario personaje) nunca prestó atención a su estado físico. Y a su estado mental, tampoco.
Cierto es que, desde su ya lejana niñez, no había visitado al médico. Jamás pisó un hospital y, por otra parte, su relación con el mundo de la psiquiatría era inexistente.
Eduardo Enrique Nicolás estaba casado. O, al menos, eso creía él, porque hacía muchos años que no veía a su mujer. Exactamente desde aquella tarde en la que ella se fue en el vaporetto que cruzaba el lago, cansada de todo. Y también creía tener hijos... aunque no le visitaban nunca. Antes iban a verle con regularidad, pero una vez convencidos de que Eduardo Enrique Nicolás no tenía intención de darles su herencia en vida, decidieron esperar a que hubiese muerto para volver.
Hemos dicho antes que Eduardo Enrique Nicolás siempre se sentaba a la misma hora, pero es preciso especificar que nos referíamos a la solar. Es decir, se sentaba unos pocos minutos en su butaca, justo media hora antes de la puesta de sol. Y ni siquiera miraba por el balcón, sino que solía entretenerse jugando con los largos flecos que colgaban de la parte inferior del asiento. Tanto jugaba con esos flecos que ya se veían irregulares, habiendo dejado tiempo atrás la perfecta simetría que, en su día, buscó el tapicero al reparar con esmero la vetusta butaca que, a pesar del diario trasiego, conservaba la sobria y noble elegancia con la que había sido diseñada.
Lo que, en realidad, pensaba Eduardo Enrique Nicolás en ese repetido rato vespertino era en que la vida tenía, como la butaca, muchos flecos. Y que era imposible intentar abarcarlos todos.
Trabajo, familia, sueños, amistades, ilusiones, finanzas, amores, recuerdos... Demasiados flecos como para manejarlos con acierto. Y él no quería renunciar a ninguno. Los malos se iban olvidando solos, eso sí, ¡pero eran tantos los buenos! Una y otra vez se paseaban por su mente, como fantasmas burlones e inclementes, constantemente dispuestos a lanzar sus dardos de nostalgia, a chantajearle emocionalmente o a coaccionar su voluntad. Eran faunos despiadados que bajaban cada tarde del antro Coricio para robarle las ninfas que habitaban en su memoria, mientras sembraban el pánico entre los dorados rebaños de sueños que todavía correteaban por las laderas de sus sentimientos.
Eduardo Enrique Nicolás estaba condenado a seguir unido a su butaca de por vida. Solo sería capaz de librarse de ella si, algún día, llegaban a desaparecer todos sus flecos. Pero los flecos de la vida son muy duraderos. Y se nos enredan en los dedos con una facilidad extraordinaria...
Es algo grave, sobre todo cuando apenas nos queda una hora de sol.
Llevaba tanto tiempo haciéndolo que ya había olvidado el origen de esa rutinaria costumbre, pero, pese a ello, un extraño impulso le guiaba a diario hacia su asiento vespertino. Ni siquiera lo hacía para relajarse, pues, apenas adoptaba esa, en apariencia, tranquila posición, su corazón empezaba a latir un poco más deprisa e, incluso, presentaba ciertos síntomas de una incipiente arritmia que hubiese puesto en guardia a cualquier persona que estuviese un poco preocupada por su salud.
Sin embargo, Eduardo Enrique Nicolás (esos eran los tres nombres de pila de nuestro solitario personaje) nunca prestó atención a su estado físico. Y a su estado mental, tampoco.
Cierto es que, desde su ya lejana niñez, no había visitado al médico. Jamás pisó un hospital y, por otra parte, su relación con el mundo de la psiquiatría era inexistente.
Eduardo Enrique Nicolás estaba casado. O, al menos, eso creía él, porque hacía muchos años que no veía a su mujer. Exactamente desde aquella tarde en la que ella se fue en el vaporetto que cruzaba el lago, cansada de todo. Y también creía tener hijos... aunque no le visitaban nunca. Antes iban a verle con regularidad, pero una vez convencidos de que Eduardo Enrique Nicolás no tenía intención de darles su herencia en vida, decidieron esperar a que hubiese muerto para volver.
Hemos dicho antes que Eduardo Enrique Nicolás siempre se sentaba a la misma hora, pero es preciso especificar que nos referíamos a la solar. Es decir, se sentaba unos pocos minutos en su butaca, justo media hora antes de la puesta de sol. Y ni siquiera miraba por el balcón, sino que solía entretenerse jugando con los largos flecos que colgaban de la parte inferior del asiento. Tanto jugaba con esos flecos que ya se veían irregulares, habiendo dejado tiempo atrás la perfecta simetría que, en su día, buscó el tapicero al reparar con esmero la vetusta butaca que, a pesar del diario trasiego, conservaba la sobria y noble elegancia con la que había sido diseñada.
Lo que, en realidad, pensaba Eduardo Enrique Nicolás en ese repetido rato vespertino era en que la vida tenía, como la butaca, muchos flecos. Y que era imposible intentar abarcarlos todos.
Trabajo, familia, sueños, amistades, ilusiones, finanzas, amores, recuerdos... Demasiados flecos como para manejarlos con acierto. Y él no quería renunciar a ninguno. Los malos se iban olvidando solos, eso sí, ¡pero eran tantos los buenos! Una y otra vez se paseaban por su mente, como fantasmas burlones e inclementes, constantemente dispuestos a lanzar sus dardos de nostalgia, a chantajearle emocionalmente o a coaccionar su voluntad. Eran faunos despiadados que bajaban cada tarde del antro Coricio para robarle las ninfas que habitaban en su memoria, mientras sembraban el pánico entre los dorados rebaños de sueños que todavía correteaban por las laderas de sus sentimientos.
Eduardo Enrique Nicolás estaba condenado a seguir unido a su butaca de por vida. Solo sería capaz de librarse de ella si, algún día, llegaban a desaparecer todos sus flecos. Pero los flecos de la vida son muy duraderos. Y se nos enredan en los dedos con una facilidad extraordinaria...
Es algo grave, sobre todo cuando apenas nos queda una hora de sol.
lunes, 28 de mayo de 2018
Bailes de salón
Mala Estrella se quejaba de que siempre le tocaba bailar con la más fea. Y, la verdad, es que era lo habitual... aunque no fue así todas las veces.
En cualquier caso, no es lo más grave que puede ocurrir en lo que a bailes se refiere. Hay, por ejemplo, una famosa micro-novela que habla de ello:
–Que nos quiten lo 'bailao' –dijo él.
Y ella se lo quitó.
La novela es corta en texto escrito, sí, pero cuenta, con poquísimas palabras, una historia muy larga. Y, más allá del relato, recoge un hecho espantoso, aparentemente insólito, pero posible.
Al protagonista le robaron de tal forma que no le dejaron ni los recuerdos. No fue un problema de olvido, sino que todo lo bueno de su pasado se diluyó como un terrón de azúcar en un vaso de agua. Eso sí, dejando, además, un sabor amargo en lugar de dulce.
¿Es difícil hacerlo? Sí, lo es. Solo los consumados especialistas son capaces de lograrlo. Para ello es imprescindible una combinación de técnicas (muy sofisticadas, desde luego), aplicadas con precisión de expertísimo neurocirujano.
Creo que la micro-novela se llamaba 'Bailes de salón'. Si estoy en lo cierto (por suerte mi memoria no es muy buena), hemos de convenir que el título es acertado. El de salón suele modificar la naturaleza original de lo que describe. Así ocurre, sin ir más lejos, con el toreo, ya que cuando alguien lo practica en esa modalidad, lo hace eliminando el principal elemento de la auténtica lidia: el toro.
El caso del baile es distinto. Tiene un doble sentido. El original, habla de un tipo de danza realizada por parejas en locales cerrados y siguiendo pautas convencionales (con independencia de que el ritmo seguido sea más o menos moderno). En su otra acepción, sin embargo, se refiere a parejas distorsionadas por una realidad engañosa, en la que uno de los participantes evoluciona con excepcional arte y soltura alrededor de su partenaire (lo pongo en cursiva pese a estar aceptado por la RAE), consiguiendo con sus movimientos un efecto aparente que nada tiene que ver con el objetivo de sus contoneos.
Es indiscutible que nunca han faltado en el mundo formas rítmicas (muy populares algunas) de cortejar, marear perdices e, incluso, de hacer política, pero esos bailes de salón suelen estar basados en pautas bien aceptadas y sobradamente conocidas por casi todos. El robo retroactivo de 'bailes' vividos es otra cosa.
Salomé bailó para estar en condiciones de exigirle a Herodes la cabeza de Juan, pero no osó borrar de la historia la labor del Bautista. Fue un baile de salón, claro, pero nadie pudo quitarle lo por él 'bailao' a orillas del Jordán.
Por el contrario, al personaje de la micro-novela (Él) no le quitaron la cabeza, sino todo lo danzado, a lo largo de su vida con Ella. El método (digámoslo ya, de una vez) consiste en destruir, machacar, ennegrecer y descuartizar cuanto forme parte de un pasado que parezca (solo parezca) haber merecido la pena. No basta con volatilizar el futuro. Hay que masacrar el pasado, triturarlo, emponzoñarlo...
Para quitar lo 'bailao' hay que vaciar el alma y envenenar los sentimientos del viejo partenaire, para evitar que pueda seguir alimentándose de ellos.
Y es que, a veces, en los bailes de salón de la vida, hay cosas mucho peores que las que le solían pasar a Mala Estrella.
En cualquier caso, no es lo más grave que puede ocurrir en lo que a bailes se refiere. Hay, por ejemplo, una famosa micro-novela que habla de ello:
–Que nos quiten lo 'bailao' –dijo él.
Y ella se lo quitó.
La novela es corta en texto escrito, sí, pero cuenta, con poquísimas palabras, una historia muy larga. Y, más allá del relato, recoge un hecho espantoso, aparentemente insólito, pero posible.
Al protagonista le robaron de tal forma que no le dejaron ni los recuerdos. No fue un problema de olvido, sino que todo lo bueno de su pasado se diluyó como un terrón de azúcar en un vaso de agua. Eso sí, dejando, además, un sabor amargo en lugar de dulce.
¿Es difícil hacerlo? Sí, lo es. Solo los consumados especialistas son capaces de lograrlo. Para ello es imprescindible una combinación de técnicas (muy sofisticadas, desde luego), aplicadas con precisión de expertísimo neurocirujano.
Creo que la micro-novela se llamaba 'Bailes de salón'. Si estoy en lo cierto (por suerte mi memoria no es muy buena), hemos de convenir que el título es acertado. El de salón suele modificar la naturaleza original de lo que describe. Así ocurre, sin ir más lejos, con el toreo, ya que cuando alguien lo practica en esa modalidad, lo hace eliminando el principal elemento de la auténtica lidia: el toro.
El caso del baile es distinto. Tiene un doble sentido. El original, habla de un tipo de danza realizada por parejas en locales cerrados y siguiendo pautas convencionales (con independencia de que el ritmo seguido sea más o menos moderno). En su otra acepción, sin embargo, se refiere a parejas distorsionadas por una realidad engañosa, en la que uno de los participantes evoluciona con excepcional arte y soltura alrededor de su partenaire (lo pongo en cursiva pese a estar aceptado por la RAE), consiguiendo con sus movimientos un efecto aparente que nada tiene que ver con el objetivo de sus contoneos.
Es indiscutible que nunca han faltado en el mundo formas rítmicas (muy populares algunas) de cortejar, marear perdices e, incluso, de hacer política, pero esos bailes de salón suelen estar basados en pautas bien aceptadas y sobradamente conocidas por casi todos. El robo retroactivo de 'bailes' vividos es otra cosa.
Salomé bailó para estar en condiciones de exigirle a Herodes la cabeza de Juan, pero no osó borrar de la historia la labor del Bautista. Fue un baile de salón, claro, pero nadie pudo quitarle lo por él 'bailao' a orillas del Jordán.
Por el contrario, al personaje de la micro-novela (Él) no le quitaron la cabeza, sino todo lo danzado, a lo largo de su vida con Ella. El método (digámoslo ya, de una vez) consiste en destruir, machacar, ennegrecer y descuartizar cuanto forme parte de un pasado que parezca (solo parezca) haber merecido la pena. No basta con volatilizar el futuro. Hay que masacrar el pasado, triturarlo, emponzoñarlo...
Para quitar lo 'bailao' hay que vaciar el alma y envenenar los sentimientos del viejo partenaire, para evitar que pueda seguir alimentándose de ellos.
Y es que, a veces, en los bailes de salón de la vida, hay cosas mucho peores que las que le solían pasar a Mala Estrella.
viernes, 13 de abril de 2018
Six&Siesta
Me llamó mucho la atención el curioso nombre de aquel local londinense. No recuerdo muy bien si estaba en Mayfair o en Knightsbridge, pero este detalle no es demasiado relevante en esta historia. O, tal vez, sí.
El rótulo que presidía el viejo portón destartalado seguía manteniendo un cierto aire de actualidad, a pesar del inexorable paso del tiempo, que se apreciaba a primera vista.
–Fue un salón de té –dijo el conserje de un edificio próximo mientras limpiaba los cristales de su portal–. Cerró hace años.
Hice unas cuantas preguntas más, pero mi improvisado interlocutor se limitó a encogerse de hombros, sin apartar la mirada de su trabajo, en el que estaba, al menos en apariencia, absolutamente enfrascado.
Pero tanto me había intrigado el singular aspecto del rótulo que volví a insistir:
–¿Hay alguna forma de poder verlo por dentro?
–Por detrás –respondió–. La tapia del patio trasero está medio rota.
Di la vuelta por una estrecha bocacalle y, girando a la derecha, me encontré con un pequeño paso, paralelo a la valla que había mencionado mi poco expresivo informador.
Efectivamente, una destartalada tapia protegía un minúsculo patio al que daban un par de ventanas y una puerta. Desde esta nueva perspectiva me pareció que nada especial se escondía tras ellas, por lo que estuve tentado de suspender mi proyecto de investigación.
Sin embargo, cuando ya giraba sobre mis talones para regresar a otras actividades menos emocionantes, me pareció ver algo que despertó mi curiosidad.
A través de una de las ventanas, algo brillaba de forma intermitente. Con timidez, como si solo quisiera atraer la atención de alguien en concreto, mientras su señal pasaba desapercibida para todos los demás. Creo que ese pensamiento (y, en especial, la remota posibilidad de que yo fuese el elegido destinatario del mensaje luminoso) fue lo que me hizo saltar al patio y acercarme a la puerta.
Aquella entrada posterior, lógicamente, estaba cerrada. Pero una de las ventanas tenía un cristal roto. No fue difícil introducir por él mi mano y abrir el pestillo desde dentro. Una vez abierta, fue muy sencillo pasar al interior.
Lo que, en penumbra, apareció ante mis ojos fue algo más que una sorpresa. El lugar estaba abandonado, sí, pero por todas partes había señales de actividad reciente.
Un gran espejo era la causa del destello que había visto desde fuera. Frente a él, el trípode de una máquina fotográfica daba la impresión de haber sido utilizado para captar una imagen frontal del propio espejo. Al fondo, un viejo piano polvoriento, con una partitura en el atril, en la que, sobre las notas, podía leerse: "Cavalleria Rusticana - Intermezzo (P. Mascagni)".
Sillas rotas, alguna mesa, restos de vajillas de porcelana... ¡y una tetera humeante!
Este último descubrimiento me asustó. ¿Habría alguien en aquel local abandonado? Nada, aparte del vapor que desprendía la tetera, parecía indicarlo. Tuve un instante de vacilación, pero, movido por un misterioso impulso y con la sensación de conocer aquel extraño lugar, seguí husmeando.
Una escalera me ofreció la posibilidad de elegir entre bajar al sótano o subir al primer piso. En la pared, medio borrados por la humedad y el paso del tiempo, dos letreros. El que señalaba el camino del subsuelo, rezaba: "Six". En el otro, que marcaba el ascenso al piso superior, se leía: "Siesta". Me asomé al hueco de la escalera y me dio la sensación de escuchar la voz de Leonard Cohen. No sé si cantaba 'Take this waltz' o 'Dance me to the end of love', por lo que me aventuré a bajar unos pocos escalones y traté de prestar atención. No tuve éxito. Ya no se oía nada.
Del piso de arriba bajaba un aroma que podríamos definir como giorgiano, mientras que la voz (también se percibían los acordes lejanos de una canción) recordaba a la de Pavarotti entonando una composición de Lucio Dalla. De todas formas, al igual que había sucedido unos momentos antes con la otra melodía, pronto dejó de sonar.
No tuve valor para subir o bajar. Ya estaba decidido a marcharme cuanto antes de allí, cuando me fijé en una hoja que, arrancada de un libro, reposaba sobre el primer peldaño del tramo ascendente de la escalera. Era un poema:
I hide myself within my flower,
That wearing on your breast,
You, unsuspecting, wear me too
And angels know the rest.
I hide myself within my flower,
That, fading from your vase,
You, unsuspecting, feel for me
Almost a loneliness.
Yo lo conocía. Estaba seguro de ello, pese a no ser capaz, en ese instante, de recordar dónde o cuándo lo había leído...
De pronto, el reloj de una torre cercana dio seis campanadas. Miré mi reloj: eran las siete. El leve perfume giorgiano llegó, de nuevo, hasta mí. Y yo escapé, precipitándome en mi huida hacia la blanda y adormecida niebla que empezaba a inundar la tarde londinense.
Nunca más volví.
El rótulo que presidía el viejo portón destartalado seguía manteniendo un cierto aire de actualidad, a pesar del inexorable paso del tiempo, que se apreciaba a primera vista.
–Fue un salón de té –dijo el conserje de un edificio próximo mientras limpiaba los cristales de su portal–. Cerró hace años.
Hice unas cuantas preguntas más, pero mi improvisado interlocutor se limitó a encogerse de hombros, sin apartar la mirada de su trabajo, en el que estaba, al menos en apariencia, absolutamente enfrascado.
Pero tanto me había intrigado el singular aspecto del rótulo que volví a insistir:
–¿Hay alguna forma de poder verlo por dentro?
–Por detrás –respondió–. La tapia del patio trasero está medio rota.
Di la vuelta por una estrecha bocacalle y, girando a la derecha, me encontré con un pequeño paso, paralelo a la valla que había mencionado mi poco expresivo informador.
Efectivamente, una destartalada tapia protegía un minúsculo patio al que daban un par de ventanas y una puerta. Desde esta nueva perspectiva me pareció que nada especial se escondía tras ellas, por lo que estuve tentado de suspender mi proyecto de investigación.
Sin embargo, cuando ya giraba sobre mis talones para regresar a otras actividades menos emocionantes, me pareció ver algo que despertó mi curiosidad.
A través de una de las ventanas, algo brillaba de forma intermitente. Con timidez, como si solo quisiera atraer la atención de alguien en concreto, mientras su señal pasaba desapercibida para todos los demás. Creo que ese pensamiento (y, en especial, la remota posibilidad de que yo fuese el elegido destinatario del mensaje luminoso) fue lo que me hizo saltar al patio y acercarme a la puerta.
Aquella entrada posterior, lógicamente, estaba cerrada. Pero una de las ventanas tenía un cristal roto. No fue difícil introducir por él mi mano y abrir el pestillo desde dentro. Una vez abierta, fue muy sencillo pasar al interior.
Lo que, en penumbra, apareció ante mis ojos fue algo más que una sorpresa. El lugar estaba abandonado, sí, pero por todas partes había señales de actividad reciente.
Un gran espejo era la causa del destello que había visto desde fuera. Frente a él, el trípode de una máquina fotográfica daba la impresión de haber sido utilizado para captar una imagen frontal del propio espejo. Al fondo, un viejo piano polvoriento, con una partitura en el atril, en la que, sobre las notas, podía leerse: "Cavalleria Rusticana - Intermezzo (P. Mascagni)".
Sillas rotas, alguna mesa, restos de vajillas de porcelana... ¡y una tetera humeante!
Este último descubrimiento me asustó. ¿Habría alguien en aquel local abandonado? Nada, aparte del vapor que desprendía la tetera, parecía indicarlo. Tuve un instante de vacilación, pero, movido por un misterioso impulso y con la sensación de conocer aquel extraño lugar, seguí husmeando.
Una escalera me ofreció la posibilidad de elegir entre bajar al sótano o subir al primer piso. En la pared, medio borrados por la humedad y el paso del tiempo, dos letreros. El que señalaba el camino del subsuelo, rezaba: "Six". En el otro, que marcaba el ascenso al piso superior, se leía: "Siesta". Me asomé al hueco de la escalera y me dio la sensación de escuchar la voz de Leonard Cohen. No sé si cantaba 'Take this waltz' o 'Dance me to the end of love', por lo que me aventuré a bajar unos pocos escalones y traté de prestar atención. No tuve éxito. Ya no se oía nada.
Del piso de arriba bajaba un aroma que podríamos definir como giorgiano, mientras que la voz (también se percibían los acordes lejanos de una canción) recordaba a la de Pavarotti entonando una composición de Lucio Dalla. De todas formas, al igual que había sucedido unos momentos antes con la otra melodía, pronto dejó de sonar.
No tuve valor para subir o bajar. Ya estaba decidido a marcharme cuanto antes de allí, cuando me fijé en una hoja que, arrancada de un libro, reposaba sobre el primer peldaño del tramo ascendente de la escalera. Era un poema:
I hide myself within my flower,
That wearing on your breast,
You, unsuspecting, wear me too
And angels know the rest.
I hide myself within my flower,
That, fading from your vase,
You, unsuspecting, feel for me
Almost a loneliness.
Yo lo conocía. Estaba seguro de ello, pese a no ser capaz, en ese instante, de recordar dónde o cuándo lo había leído...
De pronto, el reloj de una torre cercana dio seis campanadas. Miré mi reloj: eran las siete. El leve perfume giorgiano llegó, de nuevo, hasta mí. Y yo escapé, precipitándome en mi huida hacia la blanda y adormecida niebla que empezaba a inundar la tarde londinense.
Nunca más volví.
martes, 30 de enero de 2018
Por 'sport'
Silvia practicaba el sexo como otros practican el tennis: por sport.
Obsérvese que he escrito 'tennis' y no 'tenis'. De igual forma, he dicho 'por sport' y no 'como deporte'. En ninguno de los dos casos han sido lapsus lingüísticos ni afectados anglicismos, sino, por el contrario, precisiones pertinentes al matiz que trato de resaltar al referirme al comportamiento sexual de Silvia.
La mayoría de quienes son aficionados al tenis, lo juegan con el propósito de ejercitar una actividad sana y divertida, recomendable, además, para mantener un satisfactorio tono físico.
Sin embargo, hubo una época en la que se practicaba el tennis más como expresión de una actitud social y lúdica, no exenta de ser considerada como signo externo de un determinado estilo de vida. Para entenderlo mejor, basta con dar un vistazo a la escena de Helena Bonham Carter y Julian Sands jugándolo en 'Una habitación con vistas' (la magnífica película de James Ivory), mientras Daniel Day-Lewis lee 'Under a Loggia'.
Pues así practicaba Silvia el sexo: con un cierto desenfado, ligero hastío y una relajada displicencia. Lo hacía por sport. Ni siquiera como deporte.
Durante muchos años mantuvo su costumbre. De forma automática, natural, sin apenas dramatismo ni entusiasmo. Tampoco tenía necesidad ni deseo particular alguno de buscar acompañantes específicos para hacerlo; simplemente elegía entre los que iba encontrando.
Y lo hacía como en el tennis (o en el tenis, que aquí da lo mismo): siempre con una red de por medio.
Para Silvia, la práctica del sexo exigía de una red protectora. Daba igual que la pista fuese de hierba, ceniza, arena o, incluso, cemento (estas últimas le gustaban menos, desde luego). La red era innegociable, ya que Silvia no se consideraba a sí misma una seguidora de la gran Pinito del Oro y, por lo tanto, el riesgo no era una opción.
No nos referimos, claro está, a peligros de tipo físico (para los que la red hubiese resultado un método de nula eficacia), sino a las connotaciones emocionales, sentimentales o psicológicas que muchas personas (no todas) consideran inherentes a las relaciones sexuales.
Es de justicia señalar que la práctica de Silvia era amateur (esta vez el galicismo también es oportuno, pues podría inducir a error manifestar que era 'aficionada' al sexo). Silvia era una excelente amatrice, lo que quiere decir que, sin pretender vivir de ello, nunca renunciaba a los beneficios colaterales que se derivaban de la materialización de lo que amaba.
Porque una amatrice (femenino en desuso de amateur) es, desde el punto de vista etimológico, 'aquella que ama'.
En cualquier caso, el comportamiento sexual de Silvia carece de importancia más allá de servir como detalle ilustrativo de su personalidad.
Superada su turbulenta juventud, Silvia pasó por el resto de su vida haciendo alarde de un equilibrio extraño e inestable, tratando de mantenerse erguida mientras deambulaba por esa estrechísima línea verde (que no roja) que apenas separa la ambición del orgullo.
Las crónicas no dejaron constancia de su éxito o fracaso, pero sí mencionan que, pese a todo, alguien la quiso. Sin duda fue un amor unilateral, independiente... tal vez republicano.
Años después (nadie sabe, a ciencia cierta, cuántos), Silvia murió. No se produjo este luctuoso acontecimiento en circunstancias tan trágicas como las que nos describe Espronceda en su bello Canto a Teresa, pero en cierto modo lo recuerda, aunque parece que alguien depositó un ramo de rosas sobre su ataúd.
Transcurrido mucho tiempo, fue preciso exhumar sus restos por un problema con el estado de conservación de su sepultura. Lo que ocurrió ese día nos lo cuenta mejor este poema:
Delicada y poderosa
fue la respuesta del tiempo.
Al abrir aquella tumba,
estaban frescas las rosas
y marchitos los recuerdos.
En la lápida rezaba,
grabado sobre el granito,
el epitafio maldito
que cinceló con sus versos:
No me esperes ni me nombres
que mi amor fue solo viento...
Obsérvese que he escrito 'tennis' y no 'tenis'. De igual forma, he dicho 'por sport' y no 'como deporte'. En ninguno de los dos casos han sido lapsus lingüísticos ni afectados anglicismos, sino, por el contrario, precisiones pertinentes al matiz que trato de resaltar al referirme al comportamiento sexual de Silvia.
La mayoría de quienes son aficionados al tenis, lo juegan con el propósito de ejercitar una actividad sana y divertida, recomendable, además, para mantener un satisfactorio tono físico.
Sin embargo, hubo una época en la que se practicaba el tennis más como expresión de una actitud social y lúdica, no exenta de ser considerada como signo externo de un determinado estilo de vida. Para entenderlo mejor, basta con dar un vistazo a la escena de Helena Bonham Carter y Julian Sands jugándolo en 'Una habitación con vistas' (la magnífica película de James Ivory), mientras Daniel Day-Lewis lee 'Under a Loggia'.
Pues así practicaba Silvia el sexo: con un cierto desenfado, ligero hastío y una relajada displicencia. Lo hacía por sport. Ni siquiera como deporte.
Durante muchos años mantuvo su costumbre. De forma automática, natural, sin apenas dramatismo ni entusiasmo. Tampoco tenía necesidad ni deseo particular alguno de buscar acompañantes específicos para hacerlo; simplemente elegía entre los que iba encontrando.
Y lo hacía como en el tennis (o en el tenis, que aquí da lo mismo): siempre con una red de por medio.
Para Silvia, la práctica del sexo exigía de una red protectora. Daba igual que la pista fuese de hierba, ceniza, arena o, incluso, cemento (estas últimas le gustaban menos, desde luego). La red era innegociable, ya que Silvia no se consideraba a sí misma una seguidora de la gran Pinito del Oro y, por lo tanto, el riesgo no era una opción.
No nos referimos, claro está, a peligros de tipo físico (para los que la red hubiese resultado un método de nula eficacia), sino a las connotaciones emocionales, sentimentales o psicológicas que muchas personas (no todas) consideran inherentes a las relaciones sexuales.
Es de justicia señalar que la práctica de Silvia era amateur (esta vez el galicismo también es oportuno, pues podría inducir a error manifestar que era 'aficionada' al sexo). Silvia era una excelente amatrice, lo que quiere decir que, sin pretender vivir de ello, nunca renunciaba a los beneficios colaterales que se derivaban de la materialización de lo que amaba.
Porque una amatrice (femenino en desuso de amateur) es, desde el punto de vista etimológico, 'aquella que ama'.
En cualquier caso, el comportamiento sexual de Silvia carece de importancia más allá de servir como detalle ilustrativo de su personalidad.
Superada su turbulenta juventud, Silvia pasó por el resto de su vida haciendo alarde de un equilibrio extraño e inestable, tratando de mantenerse erguida mientras deambulaba por esa estrechísima línea verde (que no roja) que apenas separa la ambición del orgullo.
Las crónicas no dejaron constancia de su éxito o fracaso, pero sí mencionan que, pese a todo, alguien la quiso. Sin duda fue un amor unilateral, independiente... tal vez republicano.
Años después (nadie sabe, a ciencia cierta, cuántos), Silvia murió. No se produjo este luctuoso acontecimiento en circunstancias tan trágicas como las que nos describe Espronceda en su bello Canto a Teresa, pero en cierto modo lo recuerda, aunque parece que alguien depositó un ramo de rosas sobre su ataúd.
Transcurrido mucho tiempo, fue preciso exhumar sus restos por un problema con el estado de conservación de su sepultura. Lo que ocurrió ese día nos lo cuenta mejor este poema:
Delicada y poderosa
fue la respuesta del tiempo.
Al abrir aquella tumba,
estaban frescas las rosas
y marchitos los recuerdos.
En la lápida rezaba,
grabado sobre el granito,
el epitafio maldito
que cinceló con sus versos:
No me esperes ni me nombres
que mi amor fue solo viento...
martes, 23 de enero de 2018
El aroma de las mimosas
A ella le gustaba mucho el aroma de las mimosas. Seguramente porque eran las primeras en florecer y, sobre todo, porque lo hacían en pleno invierno.
Las flores que nacen en invierno son las mejores, pensaba. No hacía falta esperar hasta la remolona primavera para disfrutarlas. Y, además, le fascinaba su color. Ese amarillo tan intenso (que a ella le parecía idéntico al de los oros de la baraja española). Porque los oros le encantaban. Odiaba los bastos, ignoraba las espadas y solo disfrutaba de las copas a escondidas, pero los oros eran otra cosa: ni verdes, ni azules, ni rojos... Intensos, luminosos y con ese olor a mimosas (porque ella sostenía que el oro, el verdadero oro, olía a mimosas) tan poderoso y dulce.
Las mimosas eran, para ella, el antídoto de los claveles. Desde un lejano día de junio tenía clavados, en ese lugar del espíritu donde otras personas llevan los sentimientos, cincuenta y cinco claveles de color naranja. Tal vez fuera esa inapropiada tonalidad la que soliviantó a aquel incómodo personaje con nombre de cantante mexicano, a quien un par de cocidos madrileños, simultáneamente aliñados, produjeron una indigestión de proporciones cósmicas.
Pero también es posible que nada tuvieran que ver los claveles con las mimosas y que su fervor por estas tempranas flores viniera, tan solo, de su inclinación por el brillo del oro de las barajas de Heraclio Fournier.
Ella, la amante de las mimosas, tenía complejo de Alicia. Siempre quería estar en un país de eternas maravillas, aunque para ello fuese preciso perseguir a un conejo blanco (o de cualquier otro pelaje) a través de agujeros de todo tipo, caer al vacío por el hueco del viejo tronco de un árbol o, incluso, tomar todas las tardes el té con algún sombrerero loco.
A veces soñaba con rosas rojas, pintadas con la sangre de muchachas que se aventuraban a cruzar el espejo que las separaba del reino de corazones, pero el suyo siempre estaba a salvo, gracias a su inveterada costumbre de no llevarlo nunca en el pecho. Una medida, sin duda, de extraordinaria prudencia.
En enero, llegaba a ella el aroma dulzón de las mimosas. Y eso le funcionaba como una droga, que se iba convirtiendo en adicción con el paso de los años. Su cuerpo se llenaba de una sensación tibia, suave y delicada, capaz de adormecer los sentidos. Muchas tardes, a última hora, embriagada por la invisible polución de esas flores amarillas, leía a Juan Ramón: "El dormir es como un puente que va del hoy al mañana. Por debajo, como un sueño, pasa el agua, pasa el alma".
Pero claro, olvidaba que ella no tenía alma. Y menos en el mes de enero.
Las flores que nacen en invierno son las mejores, pensaba. No hacía falta esperar hasta la remolona primavera para disfrutarlas. Y, además, le fascinaba su color. Ese amarillo tan intenso (que a ella le parecía idéntico al de los oros de la baraja española). Porque los oros le encantaban. Odiaba los bastos, ignoraba las espadas y solo disfrutaba de las copas a escondidas, pero los oros eran otra cosa: ni verdes, ni azules, ni rojos... Intensos, luminosos y con ese olor a mimosas (porque ella sostenía que el oro, el verdadero oro, olía a mimosas) tan poderoso y dulce.
Las mimosas eran, para ella, el antídoto de los claveles. Desde un lejano día de junio tenía clavados, en ese lugar del espíritu donde otras personas llevan los sentimientos, cincuenta y cinco claveles de color naranja. Tal vez fuera esa inapropiada tonalidad la que soliviantó a aquel incómodo personaje con nombre de cantante mexicano, a quien un par de cocidos madrileños, simultáneamente aliñados, produjeron una indigestión de proporciones cósmicas.
Pero también es posible que nada tuvieran que ver los claveles con las mimosas y que su fervor por estas tempranas flores viniera, tan solo, de su inclinación por el brillo del oro de las barajas de Heraclio Fournier.
Ella, la amante de las mimosas, tenía complejo de Alicia. Siempre quería estar en un país de eternas maravillas, aunque para ello fuese preciso perseguir a un conejo blanco (o de cualquier otro pelaje) a través de agujeros de todo tipo, caer al vacío por el hueco del viejo tronco de un árbol o, incluso, tomar todas las tardes el té con algún sombrerero loco.
A veces soñaba con rosas rojas, pintadas con la sangre de muchachas que se aventuraban a cruzar el espejo que las separaba del reino de corazones, pero el suyo siempre estaba a salvo, gracias a su inveterada costumbre de no llevarlo nunca en el pecho. Una medida, sin duda, de extraordinaria prudencia.
En enero, llegaba a ella el aroma dulzón de las mimosas. Y eso le funcionaba como una droga, que se iba convirtiendo en adicción con el paso de los años. Su cuerpo se llenaba de una sensación tibia, suave y delicada, capaz de adormecer los sentidos. Muchas tardes, a última hora, embriagada por la invisible polución de esas flores amarillas, leía a Juan Ramón: "El dormir es como un puente que va del hoy al mañana. Por debajo, como un sueño, pasa el agua, pasa el alma".
Pero claro, olvidaba que ella no tenía alma. Y menos en el mes de enero.
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