sábado, 10 de enero de 2026

Tal vez dormir

El anuncio publicado en la sección de 'clasificados' de aquel diario era muy raro:
"Caballero mayor busca mujer joven para dormir en las noches de invierno. No sexo. Solo dormir. Resto del día libre. Sin contraprestación económica de ningún tipo. Abstenerse profesionales y fumadoras. Interesadas escribir al apartado de correos número 666".
Pese a que el más elemental sentido común aconsejaba no hacerlo, Sarah escribió. En realidad, no sabía por qué aquel extraño aviso le había llamado la atención, pero no pudo resistir el impulso de una intensa curiosidad que superó, ampliamente, el natural recelo que despertaba un texto tan extravagante.

Cierto es que lo del 666 le había sonado a guasa, pero debía ser un buzón auténtico porque el servicio postal no devolvió su carta. Una semana después, recibió la respuesta:
"Estimada señora o señorita, le ruego que me remita dos fotografías, una de cuerpo entero y otra de su rostro, esta última en primer plano. También sería conveniente que me facilitase alguna información más acerca de sus características físicas (estatura, peso, etc.), así como sus años, ya que, si bien el anuncio no lo especificaba, es imprescindible que la persona elegida para el puesto sea mayor de edad. 
Si está usted interesada en conocer cualquier cosa sobre mí, no dude en preguntarme, le contestaré con mucho gusto. 
A riesgo de ser reiterativo, le recuerdo que las condiciones son, con exactitud, las que se mencionan en el anuncio, por lo que me permito enfatizar la principal, bien expresada en él: "No sexo. Solo dormir".
Luego, una despedida respetuosa y la firma: Juan de Grijalba.

Hubiese sido un buen momento para desistir, pero Sarah respondió a la carta, adjuntando las fotos y aportando los datos solicitados, haciendo hincapié en la aceptación expresa del "no sexo". No hizo ninguna pregunta a su interlocutor.

Cuatro días más tarde recibió un nuevo mensaje, en el que Juan de Grijalba le comunicaba que había sido preseleccionada, citándola para una entrevista personal, en una céntrica calle de la ciudad. Especificando, asimismo, que había dos finalistas más, quienes serían evaluadas el mismo día, en reuniones sucesivas, realizadas con intervalos de media hora.

Si Sarah hubiese tenido la precaución de comentar el asunto con alguien (fuese quien fuese ese 'alguien'), aquí hubiese terminado esta historia, porque nadie, en su sano juicio, le habría permitido asistir a esa 'cita a ciegas', que tanta temeridad entrañaba. Pero, consciente de todo esto, no lo había hablado con ninguna persona que pudiera tratar de impedir su aventura.

Dos días más tarde (sábado a primera hora de la tarde, para más señas), Sarah estaba ante el portal de la dirección indicada: Peligros, 1. Hasta ese momento no había reparado en el nombre de la calle. Piso primero, especificaba la nota recibida, por lo que, algo inquieta por el detalle que acababa de interiorizar, dio un vistazo a las ventanas de la primera planta: silenciosas, oscuras, inexpresivas. 
Bajo ellas, un gran toldo protegía la entrada de una tranquila cafetería de los incómodos rayos del sol vespertino. En la lona, con grandes letras negras, algo descoloridas por el paso del tiempo, se leía el nombre del establecimiento: Café Riesgo.

"Calle Peligros, sobre el Café Riesgo", se dijo a sí misma. Y, cerrando los ojos, pensó: "Allá vamos".


Sarah era una chica guapa, de veinte años recién cumplidos, morena, con ojos color caramelo y excelente figura. Es decir, con todas las características propias de alguien que jamás debería haber considerado la posibilidad de participar en algo semejante. Acababa de romper un noviazgo absurdo (ahora se daba cuenta de que había sido absurdo) con un joven apenas un año mayor que ella, cuyo limitado número de neuronas sanas estaba destinado por la naturaleza a menesteres poco edificantes y de nulo interés para Sarah.
Así que, sin pensar en nada de esto, sino en cómo gestionar de la mejor manera posible un nivel de adrenalina insólito en su monótona vida reciente, subió andando hasta el primer piso y llamó a la única puerta que había en el rellano. Iba vestida como Kim Basinger en 'L.A. Confídential' (aunque ella se veía más como Angie Dickinson en 'Vestida para matar').
Una señora de rasgos filipinos abrió la puerta.
—¿Es usted Sarah? —preguntó.
—Sí... vengo a... —trató de responder, sin éxito.
—Espere aquí, por favor.

Era una pequeña salita de espera, decorada de forma sobria y elegante. Antes de que hubiese transcurrido un minuto, apareció Juan de Grijalba.
—Buenos días, Sarah —saludó cortésmente—. Soy Juan. Muchas gracias por venir.

Juan de Grijalba era un hombre de unos setenta o setenta y cinco años, Muy bien conservado. Con pelo blanco, peinado con raya a la izquierda. Era delgado y vestía chaqueta azul, pantalón gris y camisa sin corbata. No sonreía.

—¿Es usted señora o señorita? Lo pregunto solo para dirigirme a usted correctamente —aclaró, acompañando sus palabras con un leve gesto de su mano derecha.
—Señorita —contestó Sarah, arrepintiéndose, de inmediato de su respuesta.
—Siéntese, por favor —le indicó Grijalba, señalando una silla próxima—. Es usted la última candidata. La que acaba de marcharse me ha gustado, pero usted también me gusta.
—Gracias, yo... en realidad, venía a...
—No se preocupe —interrumpió él—. Sé muy bien que es una situación difícil. Pero, en realidad, no hay nada que explicar. Es todo tal como dice el anuncio. Ni más ni menos.
—Ya... claro...
—Lo único que falta por concretar es el horario, pero eso es muy complicado. Yo, a veces me acuesto pronto, pero casi siempre lo hago tarde. Y, a veces, muy tarde.
—Y yo, ¿qué tendría que hacer?
—Pues eso: tratar de acomodarse a mis horarios —afirmó el hombre, con benevolencia—. Pero no pasa nada si algún día es difícil coincidir. ¿Cuándo podría empezar?
—No sé...
—¿Esta misma noche, por ejemplo?
—Sí, pero... ¿no hay nada más que hablar?
—No, nada más —respondió Juan de Grijalba—. Bueno, sí. Yo prefiero que usted duerma desnuda, pero si quiere ponerse camisón o pijama, no tengo inconveniente. Aunque ya le digo que prefiero que duerma desnuda.
—¿Desnuda?
—Sí, me gusta mucho más. Sobre todo, siendo usted tan delgada. Lo prefiero. Pero no vamos a discutir por eso. Suponía que usted también lo preferiría.
—Bueno, es que...
—Si es por lo del sexo, no se preocupe. Ya le he dejado claro que solo quiero que durmamos juntos.
—Pero todavía no es invierno —argumentó Sarah, sin gran gran convencimiento.
—Eso es muy cierto —acepto él—. Lo que quise decir en el anuncio es que en invierno es imprescindible, pero no lo prohíbo en otras épocas del año. Digamos que eso sería voluntario.
—¿Y el resto del día? —volvió a preguntar ella.
—No tengo ni idea, haga usted lo que quiera. El acuerdo es solo para dormir juntos.
—¿Tengo que irme cuando usted se levante?
—No, nada de eso —casi se rió Grijalba—. Haga lo que prefiera: quédese... o váyase. Lo que quiera.
—¿Puedo estar... a veces, quiero decir, en la casa?
—Naturalmente. Es muy grande. Hay sitio para los dos. Maganda se ocupará de todo.
—¿Maganda? —Sarah abrió mucho los ojos y levantó las cejas al hacer esta pregunta.
—Sí, Maganda. La señora que le abrió la puerta. Ella trabaja aquí y se ocupa de la casa. 

Se hizo un breve silencio, que pronto rompió el anfitrión:
—Lo que necesito es que me confirme si acepta usted, porque, en caso contrario, tengo que avisar a la anterior aspirante para que venga ella.
—Acepto — dijo solemnemente Sarah, mirando, como hipnotizada, a un punto inconcreto del infinito.
—Estupendo. Entonces es a usted a quien escojo. Puede irse, si quiere, y vuelva esta noche a dormir. ¿Necesita que le enseñe la cama?
—Bueno... sí... mejor —aceptó la, ya elegida, candidata a dormir con el dueño de la casa.

Pasaron ambos al dormitorio y Sarah comprobó que se trataba de una habitación normal, con una cama de matrimonio de buen aspecto, pero sin nada especial que llamase la atención. Ella se acercó, con paso mecánico, a la ventana y, a través de los visillos vio la calle Peligros y, justo debajo, el toldo extendido del Café Riesgo, cuyas grandes letras ahora leía al revés.
—Y, recuerde, Sarah, que no tiene que pagar nada, tal como dice el anuncio que he publicado.
—No entiendo, Juan... porque usted se llama Juan, ¿verdad?
—Sí, Juan de Grijalba —puntualizó él, sin hacer mayor énfasis en sus palabras—. Pues eso, que no hay contraprestación económica de ningún tipo por dormir conmigo. Aunque si, de vez en cuando, me quiere usted dar una propina, se la aceptaré con mucho gusto, por supuesto. Pero no lo considere una obligación. Ni mucho menos.

Pocos minutos después, Sarah descendía, aturdida, por las escaleras, salió del portal del primer número de la calle Peligros y entró en el Café Riesgo a tomarse un café. Lo necesitaba. Hasta ella, a través de algún invisible altavoz del local, llegaba la tenue voz de Gigliola Cinquetti cantando: 

Chi non ha soldi non naviga mai.
Caro bè bè, la verità
È una farfalla che viene e che va".

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