lunes, 13 de septiembre de 2010

Lady Tattoo

Odiaba los tatuajes.
Y no sólo por temor a que estropeasen su piel suave y tostada, sino, sobre todo, porque eran indelebles. Eso era algo que iba contra sus principios. Mejor dicho, contra su principio fundamental: nada era para siempre.
Muchos marineros habían ofrecido tatuar su nombre en algún lugar de su cuerpo, pero ella siempre les contestaba con una sonrisa dulce que llevaba implícita una aceptación a todo, menos al tatuaje.
Era una sirena discreta y complaciente, pero inflexible en lo de los tatuajes.
Los marineros, sin embargo, sí se tatuaban su nombre o su imagen con las alas extendidas. Casi todos lo hacían. Luego lo pagaban caro, claro, pero ése era su problema.
De Algeciras a Estambul, como dice Serrat, no había un puerto en el que no se supiese esto.
Por eso fue una gran sorpresa, una noticia que recorrió el Mediterráneo de punta a punta, el que ella, un buen día, apareciese en público con un dragón negro tatuado sobre su corazón.
Nadie podía dar crédito a un rumor que ya se había extendido como el fuego griego sobre la mar. Alguien, entonces, la bautizó como Lady Tattoo.

Lady Tattoo siguió siendo discreta y complaciente, pero con un gran dragón negro tatuado sobre su pecho. En las cantinas de los puertos se decía que el dragón se convertía en la Osa Mayor las noches claras sin luna, pero casi nadie pudo confirmarlo.
¿Qué la había impulsado a cambiar de aquella manera tan radical? ¿Por qué se había tatuado aquel dragón de mirada triste y profunda? Había mil teorías, pero todas parecían imposibles.
Incluso hubo quien dijo que era una maniobra de marketing, una campaña publicitaria de intriga, destinada a despertar la curiosidad del mundo, a subir su caché. Pero si fue un teaser, duró demasiado... aunque dicen los expertos que no hay mejor rompecabezas que el que nunca resuelve su enigma.

Durante veinte años llevó Lady Tattoo el dragón sobre su piel. Bien es cierto que procuraba no exhibirlo. Lo ocultaba con ingeniosa y estudiada habilidad. Nunca lo enseñaba entero. Pero todos sabían que estaba ahí, tatuado encima de su corazón. En todas las cofradías de marineros se cantaba la habanera que ilustraba la historia de Lady Tattoo y su dragón. Iradier no pudo imaginar que su canción se convertiría en la melodía más universal.

Hasta que una soleada mañana de enero, Lady Tattoo se presentó ante la autoridad del puerto y se rasgó la camisa blanca, cual profeta del Antiguo Testamento. Mostró su pecho limpio y crecido, sin dragón alguno ni rastro de él... apenas el recuerdo de una Osa Mayor avergonzada.
Notarios y escribanos dieron fe y el gran maestre de la cofradía no tuvo más opción que hacerse a la mar, con la mirada perdida en un horizonte lejano y eterno, cuajado de dragones sin alas y aves de plumas blancas y garras negras.

El teaser había quedado resuelto. Probablemente la campaña de intriga más larga de la historia. Había merecido la pena, Lady Tattoo ya era una marca de leyenda.
Lástima que la vida se hubiese ido en el empeño. Pero ya se sabe: la buena publicidad es cara.

2 comentarios:

Las verdades del barquero dijo...

Bien hecho y escrito Paco, me encanta!

Samael dijo...

Bonita historia. Es bien sabido que los dragones negros no pueden estar más de veinte años sin volar hacia alguna parte.