jueves, 31 de octubre de 2024

Hasta que el algoritmo nos separe

Durante mucho tiempo fueron felices.
Tenían gustos diferentes y sus opiniones no coincidían en muchos temas. Votaban a partidos políticos distintos y eran seguidores de equipos de fútbol rivales. Pero nada de eso era un problema serio. Si en algún momento discutían (no era infrecuente) lo hacían de forma civilizada y siempre respetando las ideas del otro.
En lógica consecuencia, sus hijos crecieron en un ambiente de libertad y razonable comprensión. No eran un matrimonio perfecto (probablemente, ninguno lo es) y, pese a ello, llegaban a parecerlo sin necesidad de disimular.

Fue con el paso de los años, cuando sus ideas empezaron a radicalizarse. Poco a poco, casi sin ser conscientes de que les estaba sucediendo. Tanto llegó a ser así que, sin darse cuenta, los amigos de uno dejaron de ser amigos del otro. Y viceversa. Curiosamente, los dos círculos de amistades eran cada vez más homogéneos en su composición interna... y más alejados entre ambos.

Las otrora moderadas discusiones se tornaron incómodos silencios, rebosantes siempre de una violencia que tenía rasgos de odio. Uno y otro empezaban a estar convencidos de que eran el único portador de la verdad, pero no de una verdad cualquiera, no: de la verdad absoluta.

Ya no hubo vuelta atrás. La separación de la pareja era un hecho consumado. Nada tenían en común. Ni siquiera las buenas maneras. Y, mucho menos, buen humor (en eso no divergían, pues los dos hacían gala de un notable mal carácter).


                                                        *                    *                    *

La marca XHX estaba empezando a destacar de su competencia. Desde su lanzamiento, sus sucesivos equipos de marketing habían luchado, no sin esfuerzo, por construirla. Por dotarla de un carácter aspiracional que llegaba más allá de sus características objetivas. El mercado y, muy en particular, los consumidores, tenían una valiosa opinión de aquellos productos a los que amparaba bajo su imagen.

El camino estaba trazado. Pero, claro, debía seguir creciendo. Eso era imperativo. ¿Cómo lograrlo? No era fácil porque los competidores eran duros y sabían hacer su trabajo. Y, sobre todo, la maldita distribución les estaba apretando por todas partes. Las grandes superficies (que ya controlaban la mayor parte de las ventas de XHX) imponían sus normas, sus precios, sus condiciones de pago...
Y, ahora, por si la tiranía de la distribución física no fuera suficiente, venían esos nuevos monstruos digitales. Unos americanos, otros chinos... todos cada vez más exigentes, y sin la menor compasión por las marcas ajenas.

Fue entonces cuando el nuevo equipo de marketing propuso el cambio de paradigma: nada de medios de gran cobertura, nada de gastar recursos en llegar a consumidores de otras marcas, de otras categorías. Había que segmentar audiencias. Pero no segmentar un poco, no. Era imprescindible segmentar a tope. Hipersegmentar. ¿Para qué desperdiciar impactos en audiencias de poca o nula relación habitual con nuestra marca? Se concentrarían en los que estos juveniles miembros del equipo de marketing habían definido como 'XHX lovers': solo estos interesaban.
El CEO de XHX no estaba convencido del todo, pero, bastante perdido ante la avalancha de nuevas tecnologías y con profundo desconocimiento del mundo del marketing (era un financiero, claro), cedió y entregó su marca a la programática, a las redes sociales y a los influencers.

Durante unos trimestres las ventas se mantuvieron a un ritmo razonable. 
Poco después, a medida que fueron desapareciendo de las estanterías de las grandes superficies y de las primeras ofertas de la distribución online, fueron declinando. Hubo que bajar los precios. Más adelante, fue necesario encadenar una promoción de ventas con otra....
Los jóvenes del equipo de marketing ya no estaban en la compañía, habían emprendido un camino profesional diferente, en el que podían conciliar mejor y teletrabajar más.

No hubo vuelta atrás para XHX. La separación de los compradores era un hecho consumado. Nada tenían en común con la marca. Ni siquiera la encontraban en el punto de venta.


                                                         *                    *                    *

Hasta que el algoritmo nos separe.

martes, 29 de octubre de 2024

El asfixiante calor de la luna

—La luna produce calor. Mucho calor —comentaba Alicia con frecuencia.
—Ya sé que dicen que no —insistía cuando alguien se lo negaba—, pero es mentira. Claro que el sol calienta más, pero es un calor diferente. El de la luna es más suave, más sutil, más discreto... pero intenso, insoportable...

A ella siempre le angustiaba ese calor sofocante que le producía la luna.

Nadie supo muy bien la verdadera razón, aunque puede que hubiese que buscarla en aquella extraña noche que pasó en Lisboa, cuando tomó un baño en la misma habitación que, pocos días antes, había ocupado una reina, y Alicia, adormilada por el cansancio de una jornada extensa y perezosa, vio una rara luz plateada que entraba por la singular ventana de aquel cuarto de baño, tan grande, tan diferente, tan inesperado...
El agua de la bañera estaba templada, pero ella sintió calor, un terrible calor. Al principio se sorprendió (era la última semana de octubre) y, sin embargo, pronto comprendió que ya no tendría noches tranquilas mientras el cielo diese cobijo sobre su cabeza a una luna inmensa y redonda que lanzase contra ella sus asfixiantes rayos.

Fue una sensación de la que quiso huir, sin éxito, a lo largo del tiempo. Tuvo esa misma impresión en sus viajes a París, a Londres, a Berlín, a Amsterdam, a Venecia...
No podía soportarlo. Tal vez por eso decidió buscar nuevos destinos: Buenos Aires, Ciudad del Cabo, Egipto...
Es cierto que la luna calentaba menos en estos nuevos lugares, pero no se sentía feliz en ellos: le faltaba algo... y le sobraba la luna.

Su decisión fue drástica: solo viajaría los días de luna nueva. Era una condición muy estricta, sí, pero no se veía con fuerzas para enfrentarse a ese insoportable calor, noche tras noche, durante el resto de su vida. Porque el agobio que sentía era el mismo en invierno que en verano, junto al Mediterráneo o a orillas del Índico, del Atlantico o del Pacífico. Daba igual la latitud y la estación del año.

Alicia tuvo un marido, estafador de profesión y pirómano por vocación, pero, el hombre, pese a su apego a las prácticas incendiarias, no alimentaba el fuego que ella sentía bajo la luna. Por el contrario (y esto era algo que su esposa agradecía), apaciguaba los calores que en ella producía la luz del satélite terrestre. Era lo único que le agradecía, claro, ya que, por lo demás, su vida económica estaba, con frecuencia, pendiente de un hilo a causa de la profesión de su cónyuge.

El divorcio llegó mucho después, casi podríamos decir que cuando ya no venía a cuento, porque Alicia había abandonado su esperanza de conseguir la felicidad:
—Nunca seré feliz mientras siga existiendo esa luna que me mata —se repetía a sí misma, mirándose al espejo cada vez que salía de la ducha.

Luego, dejaba caer la blanca toalla que solía llevar anudada a la cintura y se quedaba inmóvil, observando su estilizado cuerpo desnudo.
—Yo también soy una luna —parecía que le decía una voz tenue que surgía del propio espejo.
—No, tú eres solo un cristal —respondía Alicia, alterada—. Un maldito cristal. Y me miras mal... no reflejas mi cuerpo, solo mi sufrimiento.
—Es todo culpa tuya, Alicia —le reprochaba el espejo, cada vez más hablador. 
—Ya lo sé, estúpido. No hace falta que me lo recuerdes. Y no me mires tan fijamente, que estoy desnuda.
—Sí, estás desnuda. Creo que siempre lo has estado.

Y ella, desolada, se arrojaba sobre la cama y no paraba de llorar.

Mientras tanto, muy lejos de allí, alguien encendía la luna para que no dejase de brillar nunca.
No todas las personas son iguales.

martes, 1 de octubre de 2024

Los siete escalones del Casino

Para mi madre, subir esos siete escalones significaba un esfuerzo extraordinario.
Sin embargo, nunca dejaba de subirlos. Cada tarde dábamos el paseo de rigor desde nuestro balneario, no tan lujoso como el del lago termal, pero, para mí, infinitamente más atractivo.
A mi madre también le gustaba más. Era amiga de los dueños y recibía un trato familiar y particularmente cariñoso.

Mis motivos, claro está, eran de otra índole: largos paseos hasta su insólita piscina de agua templada y fondo cubierto de verdín (en cuyo extremo más alejado no era inusual encontrar alguna que otra rana e, incluso, cabía la posibilidad de toparse con una culebra de agua); juegos con ciclistas de plástico o indios y vaqueros en el sombreado jardín triangular, de hipotenusa paralela al arcilloso río; espectaculares judías estofadas a la hora de la comida, y tortilla francesa con una loncha de jamón, acompañada de un vaso de leche con Cola-Cao para la cena; excursiones por los solitarios montes que se alzaban, cuajados de fósiles marinos y evasivas palomas, frente a la ventana de nuestra habitación... y fiestas locales con banda de música y permanentes comparsas de gigantes y cabezudos recorriendo el pueblo.

Pese a todas estas insólitas diversiones para un chico de ciudad, el momento más especial era el de la visita vespertina al Casino, acompañando a mi madre. 
Su terraza se abría frente al parque a través de la ya mencionada escalera de piedra, flanqueada por cuatro estatuas clásicas semidesnudas que contribuían, con su silenciosa presencia, a definir la muy particular atmósfera percibida por los veraneantes que disfrutaban del ambiente lento y decadente del lugar. Unos cuantos veladores de mármol (nunca me parecieron muchos) y sus correspondientes asientos de mimbre, repartidos con relativa displicencia, daban servicio a clientes un tanto distraídos y poco pendientes de sus cafés o refrescos. Era evidente que no estaban allí para saborear sus bebidas ni para escuchar a los cuatro músicos que solían amenizar rutinariamente las adormecidas tardes. Estaban porque era lo que se esperaba de ellos... casi podríamos decir que por principio.

Ese ambiente me fascinaba. Me sentía transportado a Vichy, a Bath, a Baden-Baden... sitios que yo nunca había visitado, pero que tenía grabados con nitidez en mi imaginación juvenil.
¿De qué hablaría mi padre con sus amigos en su otro casino, el de Madrid? Porque mi padre nunca se quedaba en aquel balneario con mi madre y conmigo, él nos llevaba y nos recogía al final de nuestra estancia. Y a mí me constaba que él acudía cada tarde al Casino de la Unión Mercantil e Industrial de la Gran Vía madrileña. ¡Todos los días! En invierno y en verano (sí, también en otoño y primavera). Una tertulia diaria y eterna. ¿Había tema de conversación para tanto tiempo?
Por el contrario, mi madre no hablaba con nadie. Ella leía... escribía. Apenas saludaba, con educación, pero transmitiendo claramente con su lenguaje corporal que no estaba dispuesta a más. Yo me tomaba mi refresco y desaparecía en aquel laberinto de caminos arbolados y senderos que bordeaban el, para mí, misterioso lago, repleto de barbos bien alimentados.
Vivía cien aventuras diarias y, por la noche, escribía largas cartas a mis alejados amigos contando, al detalle, cuanto había discurrido por mi vida... o por mi mente.

La otra pregunta que no dejaba de hacerme era por qué los escalones del Casino eran siete.
Siete fueron los sabios de Grecia, los enanitos de Blancanieves, los brazos del candelabro del templo de Jerusalem...  
Lo pregunté, pero nadie supo darme una respuesta.

Hoy, tantos años después, sigo estando convencido de que hay una razón. Aunque es probable que ya no viva nadie que la conozca. ¿Estará escrita en algún sitio?
Siempre pienso que tuve mucha suerte de conocer el Casino en aquellos años. Tuve suerte de subir y bajar esos siete escalones muchas, muchas veces.
La suerte es rara. Y la vida está llena de misterios. Misterios como el de los siete escalones del Casino. Creo que me moriré sin haber llegado a descifrarlo.

Claro que tampoco sabré nunca de qué hablaba mi padre, todas las tardes, en su inalterable tertulia del otro casino. Por cierto: jamás conocí a sus amigos.