jueves, 1 de agosto de 2013

Lo que no sabemos

Hay muchas cosas que no sabemos. Tal vez no sea cierto que sabemos solo una, como sugería Sócrates en su célebre frase (que parece que nunca dijo, por cierto), pero, desde luego, son muchas las que ignoramos.

Y, sin embargo, nos aventuramos a opinar y actuar, con indudable osadía, como si la realidad fuese muy diferente. De hecho, los que hablan sobre un tema de forma más categórica suelen ser los que menos idea tienen de él. Esto sucede no solo por la arrojada e irreflexiva naturaleza de muchos mortales, sino porque, a medida que se va sabiendo de algo, uno es consciente de la magnitud de nuestro desconocimiento, que siempre es mucho, se trate de lo que se trate.

Preguntar suele ser un método relativamente eficaz para enterarnos de algunas cosas, aunque, como bien decía mi amigo Momia (investido por la sabiduría de quien ha visto nacer y derrumbarse imperios), hay que saber a quién preguntar (otra cosa que muchas veces no sucede) o, al menos, deducir con acierto si la persona que nos contesta (en el caso de que lo haga, ya que algunos dan la callada por respuesta) nos dice la verdad, nos engaña o, lo que es más habitual, sabe aún menos que nosotros.

Todas estas alternativas son muy frecuentes, así que no es una mala opción encomendarse a la propia experiencia y, utilizando un método empírico (aderezado, a ser posible, con ciertas dosis de lógica cartesiana), inferir la solución que buscábamos con la ayuda exclusiva de nuestras fuerzas, sentidos y entendimiento.

No faltan, tampoco, quienes se niegan a dar la información que necesitamos para acertar en nuestro comportamiento y, a la vez, nos echan en cara que no dispongamos de ella de forma infusa. Son personas que llevan un candado en el alma. Un candado que mantienen abierto pero que esconde, tras de sí, una puerta herméticamente cerrada.
Volviendo a las sabias opiniones de mi viejo amigo Momia, recuerdo que él siempre afirmaba que este tipo de personas son aquellas que quieren aparentar que desean que entres, pero que conservan siempre cerrada la puerta de su corazón. Alimentan sus emociones con el sonido de tus nudillos contra su cancel y giran, de tarde en tarde, el torno de su portón para dejar escapar un atisbo fantasmagórico de lo que podría parecer el reflejo de un sentimiento, mientras ingresan por él suspiros y voluntades ajenos.

Luego están esas cosas que todos conocemos muy bien, pese a que nadie nos las haya dicho nunca. Esas que sabemos aunque no las sepamos. Y es que hay verdades que no pueden esconderse por muchos cerrojos que se utilicen para ocultarlas. Son verdades que se escapan por las rendijas del alma, por las pupilas... en ocasiones hasta se enganchan entre las apretadas letras de algunas palabras, escritas con tinta de vesícula biliar, mezclada con una emulsión de adrenalina.

Momia siempre decía que no hay tumba lo suficientemente segura para evitar que un día, antes o después, los tesoros que esconde sean saqueados por alguien. "La eternidad es muy larga", repetía con su tono reposado, hierático y solemne.
Las tumbas de los sentimientos, enterradas en el valle de las emociones muertas, en el paraje más recóndito del desierto de los corazones áridos, tampoco podrán quedar por siempre a salvo de esos ladrones de sueños olvidados que no se dan nunca por vencidos.

Así sea.

1 comentario:

enrique duffau dijo...

Preguntar,indagar,investigar,munirse de documentaciones,es lo más acertado para,sí,estar seguro de lo que se quiere aportar y comentar acerca de cualquier tema.