domingo, 17 de noviembre de 2024

Berlín, 1994

Hans estaba cansado de pasar tantos noviembres en Berlín.
No es que no le gustase la ciudad, es que el mes de noviembre se le hacía insoportable. Era una época poco interesante casi para cualquier cosa. Estaba la ópera, sí, pero también la había en otras partes de Europa. Por cierto... a ver qué anunciaba el programa... "El barbero de Sevilla", leyó. Bueno, no estaba mal, pero le traía malos recuerdos. Y no por culpa de la brillante música de Rossini, desde luego, pero sus recuerdos no eran agradables.
Hay que dejar claro que, para Hans, la única ópera de Berlín era la Staatoper Unter den Linden, ya que, por motivos personales, despreciaba profundamente la Deutsche Oper (y, muy en particular, sus representaciones de Rigoletto, que, en su opinión, solían contar en su reparto con sopranos excesivamente exóticas para el papel de Gilda).

En cualquier caso, ese mes de noviembre de 1994 no estaba dispuesto a pasarlo en Berlín.
Además, hacía frío. ¿Por qué no viajar al sur y disfrutar d un clima más benévolo? Le habían hablado muy bien de Madrid, una capital que no conocía y que siempre le había llamado la atención. Así que, sin pensarlo mucho, tomó la decisión de inmediato: ese mes de noviembre se iría a Madrid.

Sin embargo, noviembre tenía otros planes para Hans.

Las dos primeras semanas estuvo muy ocupado y el exceso de trabajo no le permitió dedicar mucho tiempo a preparar su viaje. Ya había pasado medio mes y tendría que darse prisa, por lo que aquella misma tarde, al salir de su oficina, decidió acercarse a la agencia de viajes y hacer la reserva. Quería pasar en Madrid, al menos, una semana. 

Se detuvo ante el semáforo rojo en la esquina de Friedrichstrasse con Behrenstrasse y, por algún extraño motivo, pensó en lo curiosas que eran esas luces, tan características de los semáforos berlineses... en especial, la roja, que representaba a un hombre con sombrero y los brazos en cruz.

—Buenas tardes, señor —le abordó una mujer joven, de improviso, interrumpiendo sus cavilaciones sobre las imágenes de los semáforos para peatones—. ¿Puedo hacerle una pregunta?
—Sí, claro —acertó a contestar, un tanto confundido—. Dígame.
—¿Qué museo merece más la pena visitar, el de Pérgamo o el Neues?

La pregunta sorprendió de tal manera a Hans que tardó unos segundos en reaccionar.

—Bueno... los dos son muy interesantes... no sabría qué decirle.
—Mañana solo tendré tiempo para ir a uno de los dos —insistió ella—. Y no sé por cuál decidirme.
—Pues, no sé... vaya al de Pérgamo...
—Mi marido llega mañana —suspiró la mujer—. Y en ese momento, habrá terminado mi viaje.
—¿Por qué? —preguntó Hans, cada vez más aturdido.
—No importa, lo siento —se disculpó la desconocida—. No sé por qué he dicho eso.

Hans se fijó en ella y comprobó que era una mujer joven, de aspecto un tanto inmaterial, y bastante guapa. Llevaba poco maquillaje y un original gorrito, inclinado sobre la frente, que no dejaba ver bien su rostro. Le llamó la atención el colorido pañuelo estampado que asomaba entre el cuello de su abrigo beige, y, al levantar la vista para mirar a los ojos de su interlocutora, advirtió la incipiente presencia de una lágrima en cada uno de ellos.
Desconcertado por la situación solo acertó a decir:

—¿Está usted bien? ¿Necesita algo?

Media hora después, ambos estaban sentados en un café cercano. Hans intentaba, sin mucho éxito, mantener una conversación coherente. 
Se llamaba Eva y había viajado desde Baviera. Su marido llegaría al día siguiente a Berlín y eso parecía representar una grave complicación para ella. Hans no era capaz de entender el motivo del problema... ni Eva mostraba especial interés en explicárselo con claridad. Era como si solo sintiera la imperiosa necesidad de desahogarse con alguien. 

—¿Por qué me cuenta a mí todo eso, Eva? —inquirió Hans, como si se hubiese enterado de algo— ¿Por qué a mí?
— Yo no le he contado nada —afirmó ella, haciendo gala de un sorprendente aplomo—. Solo le he preguntado por los museos.
— Vaya al que quiera —fue la airada reacción de Hans, visiblemente molesto.
— No se enfade conmigo, por favor —se disculpó Eva, colocando una mano sobre el brazo de Hans—. Estoy muy nerviosa. 

Él miró hacia la calle, evitando cruzar su mirada con la de Eva. Estaba empezando a llover.

— Se pondrá a tocar el piano. Y luego me llevará a la ópera —siguió Eva, como si estuviera hablando con ella misma.
— ¿A la ópera? 
— Sí, a la dichosa Deutsche Oper. A ver Rigoletto... con esa cantante negra a la que para nada le va el papel. ¡Si, por lo menos, viniésemos a esta! —y señaló vagamente hacia la cercana avenida de Unter den Linden.

El desconcierto de Hans se convirtió en una profunda angustia. De forma instintiva, pasó el dorso de su mano por la frente, mientras intentaba articular alguna palabra, sin conseguirlo.

La donna è mobile, ¿verdad? —preguntó Eva a una lámpara, subiendo el tono.

Hans se pasó el dedo índice entre su cuello y el de una camisa que, en ese momento, le apretaba como si tuviese un par de tallas menos, pero permaneció mudo.

— Pues esta donna lo va a ser mañana. Gracias por el café, Hans.

Apenas hubo terminado estas palabras, Eva se caló a fondo el pequeño sombrero, cogió su bolso, y se marchó con determinación, perdiéndose en la noche berlinesa.


Hans miró su reloj. Ya era demasiado tarde para ir a la agencia de viajes. Pensándolo bien, tampoco le apetecía tanto ir a Madrid. No se le había perdido nada allí. 
Pero se acercó a la taquilla de la Staatoper y sacó una entrada para la representación de esa noche. A fin de cuentas, El barbero de Sevilla era una ópera excelente. 

Y Rossini uno de sus músicos favoritos.

miércoles, 6 de noviembre de 2024

Un banco en el parque

Empezaba a caer la tarde de aquel extraño día, medio escondido entre el otoño y el verano.
Me parecía curioso que no hubiese nadie en el parque, y allí me encontraba yo, solo y pensativo, dando vueltas alrededor del lago.
Ese parque siempre da la impresión de estar alejado del mundo. Al menos, a mí me la da. Pero, en ese instante, la sensación era aún mayor.

Yo ni siquiera tenía un motivo para estar allí. Mi madre había muerto un año atrás y, en realidad, ella era la única razón por la que yo iba a Alhama. Sin ella era de todo punto absurdo haber ido. Y, menos, a últimos de septiembre. 
Desde mi casa en Madrid eran poco más de un par de horas de coche las que me separaban de aquel rincón que, sin embargo, ahora parecía tan lejano. ¿Por qué me puse a conducir y acabé allí, sentado en ese triste banco, sin ningún motivo aparente para haber hecho ese viaje?

La pregunta que me hacía era puramente retórica, pues no tenía la menor intención de responderme a mí mismo. Tal vez, había que reconocerlo, no se viaja siempre en la distancia. Hay ocasiones en las que se hace en el tiempo. Sí, eso era: yo había viajado en el tiempo. Pero, ¿no había dicho que no iba a contestar a mi pregunta? Una contradicción más, porque esa era la respuesta.

Viajar hacia atrás en tu propia vida tiene una ventaja fundamental: conoces el futuro que hay ante ti. Y, además, existe otra mucho mejor. Aunque esa otra ventaja de un viaje tan singular no la conocía en ese momento. Seis años en poco más de dos horas. Parecía un récord. No era la velocidad de la luz, claro, pero tampoco quería llegar demasiado lejos ni moverme con una urgencia desproporcionada. Entre otras cosas, porque, sentado en ese banco, resultaba absurdo pensar en nada que fuese rápido. De hecho, todo allí era tan lento que no se apreciaba movimiento alguno.

No iba a subir al monte, eso lo tenía decidido. ¿Para qué, si ya sabía que la carta seguía allí?
Así que me quedé sentado en aquel banco de piedra, escuchando los sonidos que llegaban desde la carretera, desde el pueblo... o desde mis recuerdos.
Primero me pareció oír a la banda municipal tocando alegres pasacalles. Con toda probabilidad estaban animando el desfile de los dos gigantes bailarines que, acompañados por sus agresivos cabezudos, recorrían las calles. Hasta me pareció entender un grito de "¡Baturro, cabezaburro!", seguido de unas precipitadas carreras y varios zurriagazos, apenas perceptibles desde una distancia de más de seis años.

Miré hacia el fondo del paseo, pero no vi la figura que esperaba. La reina de las fiestas no hizo su aparición, deslizando sobre sus pasos su juvenil figura. El parque seguía vacío. 
Ante este insistente silencio, me pareció oportuno mirar hacia el futuro. ¿Cómo sería mi vida dentro de cincuenta años? A primera vista parecía algo difícil de saber, pero, en cuanto me puse a pensarlo un poco (ayudado, claro está, por la infinita paz que me rodeaba en ese plácido recodo del parque) me di cuenta de que era sencillo imaginarlo: medio siglo después estaría, de nuevo, sentado en ese banco, cerca del lago termal, y recordando las mismas cosas. Seguro, eso sí, que me apetecería más subir al monte, pasar junto al castillo... y comprobar que la carta seguía allí.

¿Y ella? Sin la menor duda, gracias a que nunca recogió esa carta, permanecería igual en mi memoria. El tiempo se habría detenido junto a su rostro juvenil, sin rozar apenas su gesto, más serio que risueño... ni su uniforme de colegiala de las Siervas de San José. Seguiría siendo la reina de las fiestas. Los años habrían pasado para mí, pero no para ella.
Sería muy sencillo, medio siglo más tarde, volver a mirar hacia el fondo del paseo, esperando que, tras haber pasado juntos la mañana en la piscina de Guajardo, viniera a buscarme para dar una vuelta los dos solos, mientras nuestros amigos nos buscaban por todas partes.

La noche no llegaba. Miré el reloj y se había parado. El tiempo estaba inmóvil, definitivamente detenido. Tuve la tentación de quedarme allí. Pero no era una buena idea. Si me quedaba, no me daba a mí mismo la oportunidad de volver, cincuenta años más tarde. Por eso me levanté y me fui. Con la extrema lentitud que el momento requería. Cuando me marchaba, oí con claridad una voz femenina que decía mi nombre. Pero, sin volver la cabeza, seguí andando. Despacio, muy despacio.

Ya regresaría al cabo de cincuenta años.