lunes, 12 de julio de 2021

Paroles, paroles...

[VIENE DE 'Demonios rojos']


El 22 de abril de 1973, a las ocho de la mañana, Pablo arrancó el motor del viejo VolksWagen y comenzó su viaje.


Habían pasado cuatro años desde su entrevista con Electra en Wahine y uno desde la última vez que vio a Puskas en el funeral de su padre. El padre de Pablo había muerto de un infarto fulminante en febrero de 1972, unos meses antes de que su hijo hubiese cumplido los veinticuatro. Puskas y la mayoría de sus amigos acudieron al funeral, muy afectados por el imprevisto y trágico suceso. Ella, cuya separación de Pablo era un hecho desde años atrás, le había seguido viendo, esporádicamente, en Le Canal y sabía que él conservaba un verdadero sentimiento de amistad hacia ella. Al terminar el funeral, le abrazó y se despidió con un beso.
Electra, que había sido informada por Mano Negra, no asistió ni le llamó. Nada supo Pablo de ella hasta que, un par de semanas más tarde, recibió una postal, franqueada en Estambul, que decía:
"Querido Pablo, desde esta ciudad tan sorprendente y extraña, te mando mi pésame por la muerte de tu padre. Lo siento mucho. Un beso, Electra".
Pablo escribió en ella la fecha con un rotulador rojo y la guardó en la misma carpeta de cartón que contenía toda su correspondencia anterior. Antes de volver a meterla en el cajón, dio un vistazo al rótulo que la identificaba: "Electra - 1967...". Cerró el cajón con llave y la colgó en su discreto lugar habitual, tras la foto enmarcada que presidía el lugar de honor de su escritorio, en la que aparecían los cuatro miembros del Club Bohemio Radical.


Los meses siguientes fueron de intensa actividad para Pablo, quien, aparte de los tristes, tediosos y burocráticos trámites del testamento, tuvo que hacerse cargo del pequeño negocio familiar. Por suerte, ya había terminado la carrera, lo que le permitió centrarse en ello con la suficiente dedicación, aunque con escaso entusiasmo.

Como él mismo había pronosticado, las circunstancias que rodeaban a sus tres camaradas eran muy diferentes: todos estaban comenzando su vida laboral y la actividad del Club, si bien se mantenía viva, adolecía de graves problemas de disponibilidad por parte de sus miembros. No era, pese a todo, algo que preocupase en exceso a Kaltes Blut: sabía que era un proceso inevitable por el que tenían que pasar. Lo importante era ser capaz de generar, en un futuro, una 'circunstancia' favorable que le permitiese volver a aglutinar, esta vez ya definitivamente, a los componentes del CBR. Era su responsabilidad personal y no iba a dejar de cumplirla. Solo necesitaba tiempo. Y él no tenía prisa ni se iba a poner nervioso. Ya llegaría el momento de hacerlo.


Sorprendió a sus amigos la firme decisión de Pablo de liquidar el negocio familiar, empeño al que dedicó sus esfuerzos durante un buen número de meses. Había que venderlo en buenas condiciones, para que el resultado de su venta le diese la capacidad económica de emprender algo nuevo, algo que le permitiese sentar las bases de sus proyectos futuros. Tampoco estaba dispuesto a fallar en eso.
La repentina muerte del padre de Pablo les sorprendió a todos y vino a impactar en la familia por segunda vez en muy poco tiempo. Pablo mantenía la calma, pero a nadie se le ocultaba que el golpe había sido duro. Reordenando papeles y documentos, encontró mucha información interesante, dejando al descubierto (solo en parte, desde luego) algunos detalles del pasado de don Francisco que habían permanecido ocultos para su hijo.
Lo que no llegó a descubrirse del todo fue su verdadera profesión. En su pasaporte ponía 'Agente Comercial', pero, aunque a Pablo le constaba que, de vez en cuando, vendía algún que otro cargamento de alcohol a empresas licoreras (algo que resolvía mediante el simple método de hacer un par de llamadas telefónicas desde casa), siempre le pareció sospechoso que una ocupación tan mínima le permitiese vivir tan holgadamente y pasar todas las tardes entre la tertulia del café y la del casino. Por las mañanas, rara vez salía a hacer algún recado, pero a esa leve actividad tampoco se le podía llamar trabajo. El cierto que el pequeño negocio familiar que, con dos o tres empleadas, había regentado la madre de Pablo hasta que la enfermedad se lo impidió, ayudaba, y que don Francisco se ocupó de supervisarlo cuando su mujer tuvo que dejarlo, pero, en cualquier caso, ni ella ni él dejaron nunca de atender sus múltiples compromisos sociales con las distintas amistades que frecuentaban.
Alguien le dijo a Pablo que su padre era abogado, aunque nunca quiso ejercer la profesión, pero la versión más extendida era que, en realidad, era espía. Esta opinión cuadraba perfectamente con la personalidad discreta y silenciosa de don Francisco, así como sus relaciones con personalidades políticas y empresariales (casi siempre relacionadas con la industria alcoholera). Ninguno de estos misterios se resolvió tras su fallecimiento, pues carecía de familia próxima y sus amigos (que sí eran muchos) jamás contactaron con Pablo ni para darle el pésame.

Solo hubo un gran secreto que quedó al descubierto. Y fue, una vez más, por pura casualidad.
En un recóndito compartimento del buró del despacho de don Francisco apareció un antiguo sobre que contenía una carta dirigida a él. Al principio, Pablo creyó que era de una extraña señora venezolana, de quien ya había encontrado otra, cuyo contenido le pareció indescifrable, pues hablaba de un préstamo y de un par de viajes transoceánicos de los que él nunca tuvo noticia y ni siquiera se concretaban como pasados o futuros. Pero no era de la dama de Caracas, casada, según decía, con un famoso médico del que hablaba con muchas palabras y escasa claridad. Esta carta, escondida entre los papeles más personales de don Francisco, era de su hermano. Y su contenido descifraba el misterio anunciado por la madre de Pablo.

La frase que dejó escrita su madre permanecía grabada en su memoria: "... la terrible tragedia que destrozó su juventud, al no poder evitar la muerte de ese hermano, asesinado por sus ideas con veinte años recién cumplidos...".
Ahora, el descubrimiento de esta vieja carta le desvelaba el gran secreto.

Madrid, 1 de julio de 1940.

Querido hermano:

No sufras al recibir esta carta. Yo estoy tranquilo. Ya sé que voy a morir mañana, me lo han dicho.
Por mucho que lo has intentado, no has podido conseguir que me conmuten la pena, y seguro que eso te tiene triste y desconsolado, pero no tienes que preocuparte, te lo aseguro. Has hecho todo por lograr algo que yo sabía que era imposible. Te doy las gracias de corazón. Mi condena no tenía remedio desde el mismo día en el que me sentenciaron.

Tú me has protegido siempre, me has cuidado siempre, desde que, hace ya tantos años, murieron nuestros padres y nos quedamos huérfanos. Para mí has sido mucho más que un hermano mayor, has sido mi hermano, mi padre, mi madre... toda mi familia. Desde muy pequeño te he admirado y querido como te sigo admirando y queriendo ahora.

No debes estar triste porque yo no estoy triste. Todo lo que he hecho ha sido defender lo que creía, nada más. Y ha sido de buena fe, convencido de que hacía lo que debía. Diles a nuestros primos, a nuestros tíos, a los amigos, que he muerto en paz, que ya me he reunido con nuestros padres... ellos, que se nos fueron tan pronto y no pudieron disfrutar de sus hijos.

No sé dónde descansarán mis restos, no me importa mucho, la verdad, supongo que tú te ocuparás. Hazlo alegre, sin llorar, sabiendo que yo estoy sereno, que no sufro. Y cuando tú mueras (ojalá sea dentro de mucho tiempo) ven a descansar conmigo. Así volveremos a estar juntos, como cuando éramos niños, que nunca nos separábamos, ¿te acuerdas? Tú me defendías siempre. Ven a seguir cuidando de mí porque me haces falta, necesitaré estar a tu lado. Así estaré más seguro, más contento. 

Mi vida ha sido corta, pero quiero que la tuya sea muy larga y que llegues a hacer en ella todo lo que yo no he podido: casarte, tener hijos, formar una familia... ser feliz.

Te quiero, Paco, mi hermano del alma. 
Con infinito cariño,

Alejandro.


Leer la carta de su tío, ese tío al que nunca conoció y del que nadie le habló, fue una de las experiencias más difíciles de la vida de Pablo (y eso que ya había pasado por dos muy duras). 
Su padre había vivido con ese dardo clavado en su corazón durante casi treinta y dos años. En silencio. Y él, Pablo, poco había hecho para aliviar su dolor. No servía la excusa de que no lo sabía: un hijo tiene que actuar como si lo supiese todo, como si supiese aún más de lo sucedido.
Seguramente, de niño hizo feliz a su padre. Había sido un niño bueno, serio y buen estudiante. Eso alegraba y enorgullecía a los padres. Pero, a medida que se había ido haciendo mayor, se fue alejando de ellos, llevando su interés y su ánimo a lugares extraños, cada vez más remotos. 
El día que leyó esa carta, Pablo se sintió como un completo idiota: sus padres le habían mantenido al margen de todo, haciéndole creer que era él quien les mantenía al margen a ellos.
Fue tan estúpido y tan inocente que se empeñó en buscar las emociones fuera, cuando las mejores, las más importantes, las tenía dentro, en su propia familia. Desperdició sentimientos que ahora le faltaban para empaparse de ellos, porque eran de sus padres y, por lo tanto, también suyos. Era un redomado imbécil que, encima, se creía el más listo del universo. Lo había perdido todo y ya era demasiado tarde para recuperarlo.

Don Francisco fue enterrado en la misma sepultura en la que reposaba su hermano, Alejandro, desde 1940. Allí se reunió con él para cuidarlo y protegerlo eternamente. En esa misma sepultura estaba enterrada la madre de Pablo, así que también se encargaría de cuidarla a ella. Daba igual que su profesión hubiese sido la de agente comercial, abogado o espía. Eso ya carecía de importancia. Desde aquel frío día de febrero, era solo hermano y marido. Todo lo demás quedó fuera de la lápida de granito que cubría su tumba.
El día del entierro de su padre, Pablo no pudo evitar recordar la impresión que le había causado, su visita a la iglesia de la Santa Croce, en Florencia, cuando estuvo en ella, años atrás, durante el viaje de fin de estudios de su instituto. Y si la recordó no fue porque sintiese allí lo mismo que sintió el bueno de Sthendal (que, en realidad, se llamaba Henri Beyle), sino por la serie de tumbas de grandes hombres que adornaban el interior de sus muros: Dante, Galileo, Miguel Ángel, Donatello, Rossini, Maquiavelo... ¿Qué pensarían ellos de que sus restos mortales descansen en ese lugar tan especial, convirtiendo aquel templo florentino en un panteón de hombres ilustres? Seguramente, se dijo, estarían contentos de compartir su descanso eterno con otros genios de la historia. Era probable, concluyó, que les pasase como a su tío y a sus padres: que se encontrasen más seguros y felices allí reunidos, protegiéndose y cuidándose unos a otros.


Pablo siguió la recomendación de su madre y no investigó. Todo lo que se había presentado frente a él desde que leyó la carta de su madre era impactante y digno de ser conocido con mayor profundidad y detalle, pero el consejo era muy claro:
"Remover el pasado no suele producir más que confusión y, además, conduce a errores, porque lo juzgamos con ojos de hoy y sin ser capaces de dar a las circunstancias que lo condicionaron la verdadera importancia que tuvieron en su momento. Esas circunstancias no solo fueron parte de realidad de cada uno de nosotros, sino que, consideradas en sí mismas, tenían un valor muy diferente al que pudieran tener hoy, aun siendo idénticas". 

Además, había tomado una decisión y estaba dispuesto a cumplirla.
—¿No volveremos a vernos? —preguntó Juanito.
—Claro que sí —respondió Kaltes Blut—. Arreglaré todo y estaremos juntos, de nuevo. Y ya será para siempre.
—¿Sabes que, si te vas, no podremos seguirte? — quiso puntualizar Mano Negra.
—No me seguiréis ahora, pero estad seguros de que acabaremos juntos. Más unidos que nunca.
—¿Puede saberse a dónde vas? —fue la cuestión, más concreta que las de sus compañeros, que planteó El Catalán.
—¿Cuándo te vas a ir? —insistió Juanito, preocupado.
—Digamos que dentro de poco, ya no me veréis, pero después, me volveréis a ver —contestó Pablo, articulando sus palabras con reminiscencias evangélicas.
—¡Maestro, cada día te queremos más por lo bien que te explicas! —exclamó teatralmente Mano Negra, que se las sabía todas.

Sin embargo, a Kaltes Blut no era preciso entenderle. Bastaba con tener fe ciega en sus palabras. Y sus camaradas del Club Bohemio Radical la tenían.


El viaje de Pablo, al volante del viejo VolksWagen heredado de su padre, fue largo. Tuvo muchas horas para pensar acerca de su vida y su futuro. ¿Les pasaría a sus hijos, si algún día llegaba a tenerlos, lo mismo que le había pasado a él con sus padres? De ser así, sería una tragedia muy grave. Y muy absurda, porque él ya sabía lo que se había perdido, y permitir que se lo perdiesen, también, sus hijos sería imperdonable.
La vida es un episodio corto y, sí, lo más importante en ella es tener suerte, pero esa suerte hay que complementarla con la memoria para poder disfrutarla. Hay quien olvida su buena suerte con mucha facilidad y, de tanto olvidarla, llega a creer que no la tuvo. Sin embargo, quien la recuerda constantemente, la hace crecer, aferrada a él (como la hiedra), y se queda enredada a su vida para siempre.

Es cierto que los cielos de primavera son muy cambiantes, pero, a esas horas de la mañana, no le pareció normal que las nubes que se estaban acumulando delante de él tuviesen un color tan sorprendente. Eran de un tono rosado, más propio de última hora de la tarde, pero más raro, aún, resultaba el efecto irisado que adoptaban en su parte superior, pasando del rosa al azul y al blanco, con una cadencia perfectamente orquestada. ¿Por qué siempre que se fijaba en ellas, las nubes se empeñaban en cambiar de color, como si quisieran recordarle la fugacidad de cuanto nos agobia y nos preocupa, pero, también, de lo que nos ilusiona y nos hace felices? Espejismos celestiales que nos hacen creer en lo que no existe, se dijo a sí mismo: reflejos brillantes, alimentados por nuestros propios deseos, que fingen ser oasis en los que cualquiera puede imaginar que va a calmar una sed que jamás se sacia.

En un momento dado, tal vez cuando estaba a mitad de camino, sonó una canción en la radio del coche que nunca había oído. Cantaba Dalida, junto a Alain Delon, que se limitaba a recitar su parte: "Parole, parole, parole...", repetía Dalida, sin parar. La canción la conocía, claro, pero cantada por Mina y en italiano. Había visto en televisión la versión que ella y Adriano Celentano habían hecho en el programa de Alberto Lupo y le pareció divertida y brillante, pero en francés no la había escuchado nunca, debía ser una grabación nueva. Además, siempre había pensado que Electra se parecía un poco a Dalida (en moreno y con el pelo más corto, claro). En las voces de Dalida y Delon sonaba mucho más melancólica y profunda. No solo porque Mina, Celentano y Lupo tenían un punto cómico indiscutible (mucho más en aquella parodia televisiva, en la que, cambiados los respectivos papeles —aquí cantaba él y ella era quien recitaba—, Celentano se sacaba caramelos de los bolsillos y los tiraba por todas partes), sino, también, por el idioma: en francés era triste, muy triste.
¿Había él, como Delon, 'sembrado palabras al viento', palabras que se posaron sobre la boca de Electra, pero no sobre su corazón, como Dalida cantaba? ¿O fue todo lo contrario: palabras en exceso sinceras, dardos que se clavaron en su corazón y lo envenenaron sin remedio?

Ya daba igual. Eran preguntas retóricas, cuya respuesta carecía de importancia. Electra estaba convencida de que moriría joven. Y Mano Negra avisó, desde el primer instante, de su trágico destino. Con un poco de suerte (de nuevo, hacía falta tener suerte), los dos podían estar equivocados. Últimamente, la muerte estaba rondando demasiado cerca. Era suficiente por ahora. Incluso sus padres eran muy jóvenes para morir tan pronto. Por no hablar del hermano de su padre, cuya muerte, para Pablo, era como si se hubiese producido el mismo día en que leyó su carta.

Él ya no volvería nunca con Electra ni con Puskas, pero deseaba que vivieran lo suficiente como para darle tiempo a regresar y prestarles su ayuda, si alguna vez la necesitaban. Porque algo le decía que la necesitarían. Ojalá el orgullo no les jugase una mala pasada, como parecía que había sucedido con Blanche.


Entró en Biarritz por la carretera de la costa, dejando atrás Guétary y Bidart, pasó junto a la playa de la Côte des Basques y giró a la derecha a la altura de Les Halles; repitió el giro al llegar a La Poste y aparcó el coche en el Jardín Público, a solo unos metros de la rue d'Alger.
En unos pocos pasos llegó al número 7 y subió los escalones que conducían al pequeño zaguán. Antes de llamar al timbre, se detuvo a observar el cartel: Lou Coufidou. Le encantaba ese nombre.

Bonjour, Pablo —dijo Valérie, sin la menor expresión de sorpresa, al abrir la puerta.
Ça va, Valérie?
—Oui, très bien, on t'attendait —respondió ella, encendiendo sus luminosos ojos azules.

Al fondo del recibidor apareció la figura de monsieur Gautier.
—¡Pablo! ¿Eres tú? ¡Qué alegría verte de nuevo! Gracias por venir a visitarnos.
—No vengo de visita, monsieur Gautier —respondió Pablo—. Han pasado cinco años. He venido para quedarme. 
—Es verdad, recuerdo que lo dijiste. 
—Me voy a instalar en Biarritz —aseguró Pablo—. Ya le dije que me entusiasmaba esta ciudad.
—Cierto —convino monsieur Gautier—. Y también dijiste que había algo que te gustaba aún más...

Valérie seguía aún de pie frente a Pablo, sin apartar sus inmensos ojos azules de los de él.
—La verdad es que he corrido un gran riesgo esperando tanto, pero debía hacerlo así —comentó el joven, sin dejar muy claro a quién de los dos se dirigía.
Monsieur Gautier y Valérie se mantuvieron en silencio, esperando que Pablo continuase con sus explicaciones. Pero él se limitó a preguntar:
— ¿Estás casada, Valérie?
— ¿Y qué dirías si te contestase que sí? 
— Pues te diría lo mismo que le dijeron a Jack Lemmon en la película de Billy Wilder...
—¿Qué le dijeron?

En el rostro de Pablo se dibujó una amplia sonrisa, se encogió de hombros y respondió, con la misma naturalidad que había mostrado Valérie al abrir la puerta y encontrarse con él:
—Le dijeron: "Bueno, nadie es perfecto".


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