martes, 8 de junio de 2021

Suerte (Instrucciones de uso)

 [VIENE DE ‘Sobre la libertad’]


Hoy he recordado el limbo. Sí, yo estuve en el limbo y, no sé por qué razón, hoy lo he recordado.
Quizá fue a raíz de lo que me dijo el hermano de una amiga (que me parece que también estuvo en el limbo): “Bello es todo lo que conmueve placenteramente el alma”. Pero... ¿qué es el alma? ¡Ya!: lo que se conmueve placenteramente cuando siente lo bello. Está claro, por otra parte, que no siempre es necesario ver lo bello, también se puede sentir, oír, oler, gustar y tocar. ¿No eran cinco los sentidos? Pues yo he dicho seis, he incluido ‘sentir’. Y debe ser el más importante de todos, ya que se llaman, precisamente así, ‘sentidos’.
Pero yo de lo que quería hablar era del limbo. Cuando yo estuve allí, era un lugar nuboso, muy nuboso, ¡gris! Parecido a la niebla, pero en seco. Y por allí, recostaditos, estábamos todos. Todos los que estábamos allí, claro, los demás, no. No había ni uno de los que ya hemos venido. Desde luego, eso que se dice de las personas idas (que ‘están en el limbo’) es mentira. El que sale del limbo no vuelve a entrar ni siquiera con el recuerdo. Esto mío es algo fuera de serie, raro... y tengo que escribirlo enseguida, porque se me olvidará.
Sí, estábamos recostaditos, cómodos, plácidos, ¡tan a gusto!
Continuamente chisporroteábamos y muchos se perdían en el espacio... como chispitas, y de ese modo vine yo a caer aquí, a lo que llamé mi casa y con los que llamé mis padres. Pero yo me pregunto: ¿vendremos todos del limbo? ¡No!, seguro que no. Los que venimos del limbo nos reconocemos al mirarnos, sabemos que nos conocemos, nos entendemos al instante, y estamos de acuerdo. Pero somos los menos. ¿De dónde vendrán los demás?
Ir, sí, todos pretendemos ir al mismo sitio, todos esperamos llegar allí y a todos nos consuela la idea de que ese sitio existe, que se nos espera en él y que se nos perdonará. 
Pero venir, no, decididamente no. Yo sé que vengo del limbo, porque me acuerdo, pero, ¿de dónde vendrán los otros, los que no vienen de allí? Sabemos de dónde vienen las distintas razas, pero no sabemos de dónde viene cada cual.
Una vez aquí, sabemos que hemos venido a morir. ¿Pero de dónde vienen los que no llegan del limbo?

Pablo acabó de leer este nuevo artículo de su madre y le inquietó aún más que los otros. No conseguía entender por qué, pero le ponían muy nervioso. Desde hacía poco más de un mes había vuelto a recaer y su estado de salud no era nada bueno. 
Cuando estaba con Pablo, ella disimulaba y sonreía. No quería que su hijo se preocupase. Tampoco le había contado nada de las muchas vicisitudes por las que pasó años atrás, durante la guerra. Pero él sabía muy bien que tenía fuertes dolores y que las medicinas que tomaba apenas conseguían calmarlos un poco.

Lo único importante en la vida es tener suerte, hijo —le decía con frecuencia—. No hagas ni caso de todas esas tonterías que dice la gente de que lo que cuenta es tener fuerza de voluntad, esforzarte por conseguir lo que quieres, ser constante... Todo eso son pamplinas. Da igual que seas listo, tonto, guapo, feo, bueno, malo, trabajador, vago, inteligente o idiota perdido. Lo fundamental es tener suerte, mucha suerte. Tú aplícate en tener suerte, lo demás es una bobada.
—¿Y cómo se aplica uno en eso? —solía preguntar Pablo.
—Solo hay dos formas de tener suerte —contestaba siempre su madre—. La mejor es tenerla, por las buenas, sin hacer nada. La otra es buscarla, estar atento. Todos tenemos momentos buenos y malos. Si estás atento a los buenos, podrás cogerlos al vuelo, cuando te lleguen. Los malos, déjalos pasar. Se irán solos si no haces caso de ellos.

Con el paso del tiempo, Pablo había adoptado la filosofía de su madre. Se había aferrado a todo lo bueno que había pasado junto a él. Y había procurado ignorar lo malo o, en el peor de los casos, olvidarlo con rapidez.
Llegó a entender que, por un lado, todas las virtudes eran, asimismo, cuestión de suerte. Si las tenías, era porque la fortuna (o la naturaleza, o las circunstancias, o la casualidad) te las había regalado. Muchos negacionistas de la suerte trataban de embaucarte con afirmaciones del tipo de: “la falta de inteligencia se puede suplir con el esfuerzo, con la voluntad”, sin reconocer que si existía capacidad de esfuerzo o voluntad, era porque ‘tenías la suerte’ de disfrutar de esa capacidad.
Esta forma de ver la vida le había ayudado mucho a Pablo, gracias a tener siempre los seis sentidos (ya hemos aprendido, por el artículo de su madre, que son seis y no cinco) en estado de alerta. Lo que, pensándolo bien, no dejaba de ser otra suerte, ya que tenía la facultad de saber estar alerta.
De igual modo, Pablo distinguía entre azar y suerte, otorgando al segundo concepto ciertas condiciones sobre las que era posible interactuar, de las que el primero carecía.


Era difícil para unos y otros asumir lo que estaba sucediendo. Las cosas habían llegado a un punto en el que todos parecían estar confundidos. En esa época de la vida, cuando se tienen dieciocho, diecinueve, veinte años... no es extraño sentirse capaz de lograr cualquier meta. Y si, como en el caso de Pablo, Mano Negra, El Catalán, Juanito, Electra, Puskas y los demás, las necesidades básicas están más que cubiertas, cualquiera está dispuesto a demostrar su fuerza, su valor, frente al mundo. Es cierto que algunos son más decididos y están mejor dispuestos para la lucha, claro, pero eso solo depende de la situación y la personalidad de cada uno. La vida parece larga y un joven, en plenitud de sus fuerzas, de su ánimo y de sus emociones, se siente inmortal... y se comporta como si lo fuera.
Pero también es verdad que la osadía no es suficiente para resolver las encrucijadas que, inevitablemente, se presentan ni los dilemas que hay que abordar para poder seguir adelante.
Para Pablo, Puskas y Electra, las densas nubes que poblaban su horizonte iban cambiando de aspecto y de color con la misma velocidad con la que, en el ocaso del día, modificaban sus formas los caprichosos cúmulos arremolinados tras una tarde de tormenta. Y los tres sentían (con ese sexto sentido del que hablaba la madre de Pablo) que lo que sucedía a su alrededor era consecuencia de circunstancias que escapaban de su control, que estaban asistiendo a un drama del que eran, a un tiempo, espectadores y protagonistas, autores y comparsas. Cada uno de ellos pensaba que era el azar (y no la suerte) quien les estaba llevando por un camino desconocido y, curiosamente, los tres estaban convencidos de que eran los otros dos los responsables de su destino. Lo que en matemáticas llamarían combinaciones de tres elementos, de dos en dos. Y, en el fondo, los tres tenían razón.

Empecemos, por ejemplo, por Pablo. Para él, Puskas había comenzado el lío, por su delirante e inapropiado comportamiento en la Costa Brava. No conforme con ello, ahora actuaba (a destiempo) como debería haberlo hecho en un principio. Claro que, en su opinión, la actitud de Electra casi había contribuido más que la de Puskas al desconcierto general, con su violento e inesperado giro sentimental, en el momento más inoportuno. Bastaba con que una de las dos se hubiese comportado de forma coherente para que todo estuviese en orden.

Desde el punto de vista de Electra, sin embargo, eran Pablo y Puskas los responsables del desaguisado. Esta última por las mismas razones esgrimidas por Pablo, y él por haberse empeñado en seguir pensando en Puskas (que ya había demostrado su falta de sentido común) cuando tenía todo a favor para ser feliz con su mujer.

Y, por último, Puskas opinaba que Electra era culpable por haberse entrometido en la vida de Pablo, quien también había sido, en buena parte, causante del desbarajuste, por poner absurdas dificultades a seguir adelante, una vez que había conseguido aquello que, según él mismo decía, tanto deseaba desde un principio.

Estas tres combinaciones, podrían llegar a convertirse en seis por el sencillo método de cambiar el orden de los factores en cada una de ellas.
En consecuencia, y como ya está dicho, era difícil para unos y otros asumir lo que estaba sucediendo.
 
 
Kaltes Blut estaba bastante harto del sexo femenino y decidió concentrarse a fondo en el deporte, en el que, según él decía: "hasta sus adversarios eran más nobles que algunas mujeres que presumían de quererle mucho". Pero esto tampoco satisfacía a los miembros del Club, a quienes, en el fondo, les daba igual el motivo que les alejase de su presidente, ya que lo único que querían era tenerle disponible para emprender, bajo su liderazgo, nuevas andanzas y aventuras.

—Tenemos un montón de asuntos a medio resolver —se quejó Mano Negra—. Mira la 'Operación Mojama', sin ir más lejos... sigue abierta desde hace años.
—No merece la pena meterse en eso ahora —negó Pablo, de forma rotunda—. Tendría que volver a Alamo Springs y estoy harto de las eternas disputas entre 'monárquicos' y 'republicanos'.
—Ya tomamos partido, en su momento —siguió Mano Negra—. Desde el principio nos decantamos por los 'monárquicos'.
—Claro, pero lo hicimos por defender a la Reina, lo demás nos daba igual.
—¿Qué habrá sido de ella? —se preguntó a sí mismo Mano Negra—. Hace mucho que no sabemos nada.
—Ni lo sabremos. Fueron tiempos muy felices... que no volverán.
—¿Contestó a tu carta?
—No, ni siquiera fue a recogerla.
—¿Por qué?, ¿tan difícil es subir a ese monte?
—Nada de eso, cualquiera puede hacerlo. Se ve que no le interesó. Allí sigue la carta: esperando a que su destinataria suba a por ella.
—Me parece increíble.
—Pues que no te lo parezca, Mano Negra —sentenció Kaltes Blut—. Así son las mujeres. Electra tampoco irá nunca a buscar su carta a Las Minas.
—Es cierto —convino su amigo—, las mujeres son como los famosos tres monos japoneses: Mizaru, Kikazaru e Iwazaru.
—Efectivamente —ratificó Pablo—: "no ver, no oír, no decir". Ya sabes cuál es el lema universal femenino...
—"Ojos que no ven, corazón que no siente" —dijo, con un suspiro, Mano Negra.
—Exacto, que contrasta, de forma radical, con el axioma universal masculino...
—"Ojos que no ven... batacazo que te pegas˝ —remató Mano Negra.


Estaba claro que no eran tiempos ilusionantes para Pablo. Veía el futuro inmediato muy oscuro, y el empeoramiento de la salud de su madre no favorecía ninguna concesión al optimismo.
 
Sin saber por qué, Pablo se sintió intrigado, de pronto, por cómo se habrían conocido sus padres. No lo sabía y nunca lo había preguntado. Si no se lo habían contado ellos, sus razones tendrían. Todavía tardaría mucho en conocer la respuesta, pero la historia era apasionante:
 
A principio de los años cuarenta, existió un local llamado La Chine en Folie. El nombre estaba copiado del título del relato escrito por Albert Londres un par de décadas antes. Era un lugar extraordinario: allí se vendía de todo, desde ropa hasta herramientas, pasando por remedios caseros para infinidad de dolencias del cuerpo y del alma, aunque era mucho más que una tienda. Tenía un bar casi idéntico a The Blue Parrot, el que hiciera la competencia al Rick's Café en 'Casablanca', y unos salones decorados con anuncios antiguos de Bénédictine y del Orient Express. También era librería, en la que no solo se vendían, sino que, además, se cambiaban libros clásicos y revistas ilustradas de moda, algunas de ellas, muy veteranas. Soldaditos de plomo llenaban sus estanterías, en las que tampoco faltaban los coches de hojalata ni centenares de latas de té, procedentes de los más remotos confines del mundo, todas ellas plagadas de dragones y elefantes. En el gran cartel que presidía el ambiente central se leía: "Lo que te atrapa no es lo que te rodea, sino lo que llevas dentro de ti", una frase que salía al paso de la sensación inevitable que te envolvía al entrar. Y, al fondo, el restaurante, que parecía replicado de algún famoso fumadero de opio de Shanghái. 
Era célebre su colección de discos de pizarra, que cualquier cliente podía poner a sonar en el gramófono del bar. Entre ellos, destacaba su sección de himnos nacionales, pues había discos con casi todos los himnos, algunos, desde luego, de estados que ya no existen, pero lo curioso es que ninguno de ellos estaba correctamente identificado. Así, por ejemplo, el disco cuya carátula decía 'Himno Nacional de Alemania', contenía el británico, mientras que el nombre de este podía verse sobre el que llevaba en sus surcos la grabación del finlandés...
 
Pues bien, en ese extraordinario lugar, desaparecido ya tiempo atrás, se conocieron los padres de Pablo. La vida moderna de finales de los sesenta había borrado, casi por completo, su recuerdo, pero en su apogeo era visitado por las élites culturales más avanzadas de la época, y se dice que no faltaban espías y estraperlistas entre sus parroquianos habituales.

Cuando los padres de Pablo hablaban de aquel sitio entre ellos (nunca comentaron nada de ese tema delante de los más jóvenes), ella decía que tuvo 'la suerte' de conocer allí a 'este marido' (Pablo tampoco lo sabía entonces, pero su padre era el segundo marido de su madre).
¡Cuántas cosas ignoraba de sus padres! En realidad, lo desconocía casi todo. Un pacto (tácito, nunca expresado) de ausencia de preguntas y respuestas, presidía su relación. Tanto ellos como el propio Pablo siempre entendieron que era lo mejor para todos.
 
Fue una tía suya, hermana de su madre, la que le contó una pequeña parte de lo mucho que no sabía.  
Su tía estaba esos días visitando con frecuencia a su hermana mayor, preocupada por el curso que estaba tomando su enfermedad, y Pablo aprovechó un momento que consideró oportuno para preguntar:

—¿Cuándo se conocieron mis padres, tía? ¿Mucho antes de nacer yo?
—Sí, bastante antes —contestó ella, sorprendida por la pregunta—. Ya llevaban unos cuantos años casados cuando tú naciste.
—Es curioso que en casa no haya ninguna foto de su boda. Al menos, yo no he visto ninguna.
—Bueno, antes no se hacían tantas fotos como ahora. Eran otros tiempos.
—Ya, pero no deja de ser raro.
—Tu madre es muy especial, Pablo. Ahora tenemos que cuidarla mucho.

Poco más pudo sacarle Pablo. Estaba claro que había un pacto de silencio, vigente para toda la familia, así que le pidió a Mano Negra que investigase. Sus padres y los de Mano Negra se conocían desde antes de que nacieran los dos amigos.

—He averiguado algo que no te imaginas —le dijo Mano Negra, pocos días después de recibir el encargo—. Bueno, supongo que no lo sabes, porque me lo habrías dicho.
—¿El qué? —preguntó Pablo, intrigado.
—Tu madre había estado casada antes.
—Sí, ya me dijo mi tía que llevaban mucho tiempo casados antes de nacer yo.
—No me has entendido —le corrigió Mano Negra—. Quiero decir que había estado casada antes de casarse con tu padre.

En un principio, Pablo se sorprendió mucho. No se le había pasado por la cabeza semejante posibilidad. ¿Llevaba veinte años en la inopia? ¿Cómo podía ser que todo el mundo hubiese guardado el secreto, durante tanto tiempo?
Sin embargo, pronto se dio cuenta de que la noticia no era extraordinaria: él mismo se había casado tres veces y sus padres tampoco lo sabían.
La diferencia estribaba en que sus tres bodas habían sido con la misma persona, y las de su madre no... ¿o sí?

Nada más había podido averiguar Mano Negra y, por lo que le dijo, sus padres no parecían dispuestos a seguir hablando del tema, así que, de momento, tendrían que conformarse con esa información.


A partir de ese descubrimiento, Pablo empezó a estar intrigado por cuestiones que nunca le habían interesado. Si sus padres no le hablaban del pasado debían tener buenos motivos para ocultarlo. Él, que se creía tan listo, había sido un pardillo. Sus padres le habían permitido sentirse el protagonista de la vida, ser el primer actor en el gran teatro del mundo, con el fin de que estuviera convencido de que todo empezaba y terminaba en él. Y, con eso, habían conseguido que ese universo, del que se consideraba el centro más absoluto, le envolviese con su densa nebulosa, alejándole de cuanto ellos no querían que supiese. Probablemente para protegerle, le dejaron en un limbo chisporroteante, como el que describía su madre en el artículo recién leído por él.
Estaba claro que la mayor parte de esa 'suerte' de la que Pablo disfrutaba, estaba programada por sus padres. Estudiada a conciencia, para que cayera del cielo (o del limbo) sobre él, como un maná, discreto y divino, que le permitiera vivir feliz, y hasta crearse sus propios problemas (todos menores), que no eran más que una distracción para que permaneciera alejado de los auténticos, de los graves... de los que, sin duda, habían marcado la vida de sus padres, hasta el punto de que ellos establecieran como prioridad fundamental mantener a su hijo libre de sufrirlos.

Ahora sí que no había duda: era un chico con suerte. Con mucha suerte.


[CONTINÚA EN 'La soledad']


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