viernes, 2 de abril de 2021

Una llamada y dos cartas

 
 
Electra cumplió su palabra y llamó a Pablo al día siguiente de los sucesos de Vallelargo, algunos de los cuales se recogían en la sección de sucesos de la prensa del lunes que, afortunadamente, era mucho más escasa que la del resto de la semana, ya que los principales diarios matutinos solo se publicaban de martes a domingo.

Esa mañana, Pablo se había despertado tarde. No es que eso fuese raro en él, pero en esta ocasión tenía una causa bien justificada. El viaje dominical a Vallelargo le había dejado molido, tanto física como psicológicamente, y, aunque había dormido de un tirón, era evidente que no pudo descansar bien. 
Por si los acontecimientos de la expedición a Tombuctú (Pablo ya dudaba de que el safari de ida y vuelta que acababa de realizar hubiera sido a un cercano y tranquilo pueblecito de la montaña y no a las proximidades del Níger, atravesando de norte a sur el Magreb) no fuesen suficiente motivo de agotamiento, la jornada terminó para él con una frustrada visita a Mano Negra, con quien no pudo hablar, pues lo encontró acompañado de dos ex compañeros de colegio poco recomendables y tuvo que limitarse a darle una versión en clave de los hechos, tan hiperbólica que su amigo interpretó que Electra estaba encerrada en una mazmorra de la casa de vacaciones de don Saturnino, mientras que los dos antiguos compañeros de Mano Negra concluyeron que Pablo y Juanito habían escapado, de milagro, a una muerte segura, huyendo de unos pirómanos enloquecidos que iban quemando cuanto encontraban a su paso.
Lo curioso del caso es que, uno y otros, no solo creyeron a pies juntillas tan dispares versiones, sino que les parecieron normales, dadas las habituales aventuras que solían acompañar a Pablo en su vida cotidiana.

Así que Pablo decidió no ir a Le Canal y se quedó en casa, pendiente de la prometida llamada de Electra.
Era ya cerca de la una de la tarde cuando sonó el teléfono. La voz de la chica no daba señales de ningún contratiempo. Parecía estar calmada y su acento sereno tranquilizó a Pablo.
—¿Qué pasó con tu madre? —preguntó—. ¿Tuviste problemas?
—No, no pasó nada. ¿Qué tal estás? —respondió ella, cambiando de tema.

La pregunta de Electra fue un error, pues dio pie a que Pablo comenzase una larguísima perorata acerca de la vida, el amor, los sentimientos y las emociones en general... enlazando, de inmediato, con una derivación de estos mismos temas, aplicados a los casos particulares de Electra, Puskas y el propio Pablo.
No faltaron en la entusiasta arenga del joven las descalificaciones hacia la Vieja Arpía y sus secuaces, ni los elogios dedicados a los tres amigos de Pablo, de quienes dijo (y en esto no exageró) que estaban felices al saber que ella, Electra, había salido victoriosa de su sorda, pero muy sufrida pugna con Puskas por ocupar, ahora ya sin sombra alguna, el disputado trono del corazón de Pablo.
El único matiz, y no es baladí, que podría discutirse de esta última afirmación era que el trono en el que los amigos de Pablo querían ver asentada a Electra no era tanto el de su corazón como el de su cerebro.
Pero este pequeño detalle no empañaba el alborozo generalizado ante la confirmación de la buena nueva ("¡Aleluya!", dijo Juanito cuando se enteró, resumiendo en una sola palabra el sentir de todos, y las campanas de San Ildefonso repicaron alegres, tocando a gloria).

Fue tan entusiasta y apasionado el discurso telefónico de Pablo, que Electra apenas habló. La media hora que duró la conferencia fue, en la práctica, un monólogo luminoso, digno del más brillante orador. Si Demóstenes, Cicerón o Emilio Castelar hubiesen tenido espíritu romántico, habrían envidiado (de haber podido escucharla, claro) la sentida alocución con la que Pablo acarició los oídos de Electra, tan necesitada durante meses de palabras como las que ahora recibía a través de un negro hilo telefónico. 
Pero la fundamental virtud de la disertación de Pablo no era, siendo muy bueno, el contenido del mensaje que transmitía, sino la sinceridad con la que hablaba. Se sentía plenamente feliz, por él y por poder resarcir a Electra, con la misma veracidad con la que siempre le había hablado, de las innumerables dudas, preocupaciones y temores que su método de transparencia absoluta le había causado desde que se conocieron y, sobre todo, desde que ambos se habían embarcado en aquella aventura conjunta, lanzándose a un espacio inexplorado y, por tanto, desconocido, sin más protección que su decidido ánimo y el voluntarioso apoyo de sus amigos.

—Nuestro esfuerzo ha merecido la pena, Electra —concluyó—. Hemos triunfado.
Ella se limitó a murmurar, con voz muy suave:
—Gracias por todo lo que me has dicho, Pablo. Gracias. Ahora tengo que colgar. Hasta pronto.


Por la tarde, en la terraza de Puskas, Pablo parecía ausente. Tan distraído estuvo que se tomó dos vasos de Nescafé helado, algo que nunca había hecho antes y que, secretamente, satisfizo a su anfitrión, quien, medio en guasa (solo medio), se quejó de lo caro que le iba a salir el mes de clases en su casa si Pablo se aficionaba al Nescafé con ese entusiasmo. Pero Pablo no captó la broma ni, tampoco, la íntima satisfacción del padre de Puskas.
Arriba, en el cielo, las nubes se iban arremolinando y formaban amenazadores cúmulos verticales que estaban adquiriendo un tono negruzco, presagio de tormenta. Sin duda, ya se estaba formando en las sierras que se elevaban al noroeste y no tardaría mucho en llegar a la ciudad.
Pablo vio un relámpago lejano y pensó que en aquella zona era, más o menos, donde debía estar la casa de Electra. También pensó que no se había fijado si tenía o no pararrayos, aunque, teniendo en cuenta la tendencia de don Saturnino a presumir ante el mundo de la excelente salud de su fortuna, no le extrañaría que tuviese uno fabricado, personalmente, por Benjamín Franklin.

Esos oscuros nubarrones le recordaron a Pablo la vieja canción de Elder Barber, 'Jinetes en el cielo' y, por un momento, se vio a sí mismo cabalgando entre fantasmas de miles de vacas, arreando a un rebaño de infinitas reses durante toda la eternidad: "Los ojos de esas bestias eran brasas al mirar, los cascos de sus patas centelleaban al pisar, sus cuerpos eran negros...con brillo de metal".
Sintió un escalofrío breve, pero muy intenso: "Si quieres salvar tu alma y saber lo que es la paz...", seguía cantando Barber, dentro de la cabeza de Pablo.
—Pablo, ¿me escuchas? —preguntó el profesor de Física.
—Sí, sí, claro —contestó, poco convencido.
Puskas le estaba mirando con los ojos muy abiertos. Pero Pablo tampoco la veía a ella, solo veía un grupo de jinetes celestiales cabalgando entre las nubes, tratando de alcanzar a la manada, que corría sin freno por un valle interminable, en el que un vapor de agua negruzco, condensado y compacto, se fundía con el polvo que levantaban miles de cabezas de ganado, cuyos bramidos infernales retumbaban en sus oídos como si estuviese en mitad de la Rompida de la Hora de Calanda, en pleno Viernes Santo.

Cuando volvió al mundo real, el profesor ya había terminado su clase y se había marchado, dejándoles solos.
—¿Estás bien, Pablo? —dijo Puskas, haciéndole una seña con la mano.
—Perfectamente —respondió él—. Y eso que tu padre se ha olvidado hoy de ofrecerme el Nescafé helado. Me parece que esta tarde está un poco despistado.


La apasionada carta que, con tanta fe en su buena suerte, echó Pablo al correo el sábado 19, le llegó a Electra en la mañana del martes 22. Al día siguiente, miércoles 23, Pablo recibió la inmediata respuesta postal de Electra:

Vallelargo, 22-8-67

Querido Pablo:

Acabo de leer tu carta y, después de leerla, he decidido que no puedo dejar pasar un minuto más sin decirte lo que ayer, cuando te llamé, quería explicarte, pero que no pude decir porque tú, con tus palabras, me quitaste el valor que había acumulado.

Tu carta hace un mes me hubiese hecho la mujer más feliz del mundo, pero hoy me ha llenado de confusión y remordimiento. Esto se explica porque ahora no sé qué me ocurre, pero no sé si te quiero demasiado o bien es que no te quiero en absoluto.

El domingo cuando viniste tuve ganas de desaparecer, de huir... me sentí incómoda y estaba deseando que te fueses. Luego pensé en escribirte y decirte que me olvidases, que no confiaras nunca más en mí, pero, al mismo tiempo, algo me lo impedía, pues sabía que te iba a hacer demasiado daño, y yo haría cualquier cosa por hacerte feliz.
Pablo, quisiera que me comprendieses, no sabes la angustia tan espantosa que, desde hace tiempo, me invade y me ahoga, pero creo que debo decírtelo. Por eso te escribo.

En todo este tiempo he deseado no verte, no saber nada de ti. No te necesitaba como antes, podía estar perfectamente sin tu cariño... pero, sin embargo, no he dejado de pensar en ti, te he visto desviviéndote por quererme, por hacerme feliz, por darme una alegría, y me he sentido desagradecida, indigna de todo tu cariño y de tu confianza, pero no puedo evitar lo que me ocurre.
No pienses que nadie se ha interpuesto entre nosotros, no quiero a nadie, absolutamente a nadie, pero creo que a ti tampoco.

Pensarás que todo es absurdo, después de mi comportamiento anterior. Pues sí, es absurdo. Y, aunque solo fuese por egoísmo, sería lógico que siguiese aparentando amor; tu cariño me ha dejado una huella imborrable, pero, pese a todo y exponiendo la felicidad que deseo, prefiero decírtelo y no engañarte pues, si no, tú serías el primero en sufrir las consecuencias. Además, creo que debo hacerlo, precisamente por toda la confianza que has puesto en mí.

Me duele mucho tener que decirte esto, pero no puedo hacer otra cosa. He sentido mucho miedo todos estos días y, porque creo que el miedo se fundaba solo en el daño que yo me podía hacer a mí misma, he descartado la idea de callarme y te he escrito.

Pablo, por favor, intenta comprenderme y perdonarme. Pensarás que, en realidad, ¿qué es lo que quiero? Pues mira, deseo poder saber lo que me ocurre y si todo esto es una especie de crisis o si, realmente, mi aparente falta de cariño es una realidad. Te pido una tregua.
Mañana es posible que me vaya a la casa de mi familia en Las Minas. De ser así, volveré el 1 de septiembre, más o menos. Si no me voy, esta semana me acercaré y hablaremos.

Pablo, por favor, te ruego que intentes comprenderme y me perdones lo que estoy haciendo.
Piensa qué podemos hacer, yo no paro de pensar en ello.

Bueno, nada más, perdóname. Siento todo esto como no te lo imaginas.
Hasta pronto,

Electra.

Pablo tuvo que leer dos veces la carta para intentar ser consciente de lo que decía. Y, aun así, no fue capaz de llegar a entenderla.
Pensativo, miró su reloj y vio que eran las doce del mediodía. Le daba tiempo de sobra para escribir una réplica y, después, echarla al buzón, de camino a Le Canal. Necesitaba refrescar mente y espíritu antes de ponerse a analizar la situación.

Y Pablo escribió esta carta:

Desde la soledad, 23 de agosto de 1967

Querida Electra:

He recibido dos folios de un papel casi transparente, en un sobre apaisado de 'Correo Aéreo' que, a primera vista, parecía llegar desde un lugar remoto.
Me ha despistado un poco el matasellos (ponía en él 'Vallelargo') y el remite ('Electra') indicaba, en principio, que existía una alta probabilidad de que hubiese sido en ese lugar en el que la carta tuviera su origen.

Sin embargo, apenas he empezado a leerla, he comprendido que mi primera impresión era la correcta: venía de lejos, de muy lejos. Desde un mundo tan lejano que ni tú ni yo lo conocemos. Para ser, aún, más exacto, yo diría que ni siquiera hemos oído hablar de su existencia. Al menos, para mí, es un lugar ignoto. Y creía que también lo era para ti.
 
Tanto el sobre, que avisaba 'POR AVION - VIA AIR MAIL' (así, en mayúsculas y sin tildes), como el finísimo papel eran los adecuados para volar, ingrávidos, sobre esas etéreas nubes que, cada tarde, cambian vertiginosamente de color ante mis ojos y, tal vez, ante tu corazón.
 
Pero no solo en el remite aparecía tu nombre. También estaba estampado en una firma robada, sin duda, de tu mano por un espíritu burlón que ha estado hurgando, quizá, en el alma de quien manejaba la pluma que llenó de palabras esos dos folios. Pudo habérselos llevado el viento (tan sutiles eran), pero, si se los llevó, fue para traerlos hasta mí y confundirme con su lectura en esta calurosa mañana de agosto.
 
Quien haya escrito esa carta, me pide, en tu nombre, que te comprenda y te perdone, pero me pide dos imposibles. La comprensión no la alcanza mi espíritu, incapaz de entender, en la fugacidad de un suspiro, el intenso fulgor del poderoso rayo que atravesó nuestros corazones para unirlos en uno solo. Y el perdón no puede otorgarse a quien no lo precisa, por no haber cometido falta alguna.
 
La mayor virtud del amor es su libertad. Ya lo repite Carmen, una y otra vez, en su célebre habanera: "L'amour est un oiseau rebelle". Un pájaro que vuela libre y no sabe de leyes. Es una canción que escucho con frecuencia para asumir mejor la realidad de la vida.
Pase lo que pase (que no sé lo que será, y, por lo que dices, tú tampoco), nada tengo que perdonarte. Tú ya me has demostrado que me quieres y el amor, cuando es auténtico, no muere nunca. A veces se esconde... otras, se pierde en el bosque frondoso de las emociones. No siempre es fácil volver a encontrarlo entre la espesa maleza de los sentimientos, pero allí está, esperando una mano, como el arpa en el oscuro ángulo del salón.
 
No te preocupes por nada. Yo estaré aquí, esperando, también. En mi caso, más que la mano de nieve, prefiero esperar otro milagro de la primavera (Machado me gusta tanto como Bécquer). Y no importa que ahora sea verano. La primavera es más un estado de ánimo que una estación del año.
 
Te quiere,
 
Pablo.
 
Volvió a poner la misma dirección de la vez anterior en el sobre y se dirigió, con paso vivo y alegre, al buzón más cercano a la parada del autobús que había de conducirle a Le Canal.

En pleno verano, la hora de la comida en Le Canal era un momento muy especial. El 'comedor de piedra' estaba repleto de familias, todas con niños, dando buena cuenta de sus respectivas tortillas de patata, ensaladas y filetes empanados. Separados de él por un seto, en la terraza del restaurante no había más de cinco o seis comensales, atendidos por un par de solícitos camareros. Y abajo, en la de la cafetería (mucho más amplia e informal), se mezclaban los que alegremente aún tomaban el aperitivo, con otros, más reposados, que ya estaban disfrutando de su café, mientras fumaban un cigarrillo.
En la piscina tampoco solía faltar gente, siempre distribuida en tres grupos: los nadadores, interesados tan solo en hacer largos y más largos; las señoras (esas que parecían no hacer nunca un receso para comer) que permanecían inmóviles en el solárium... y el grupo, variable en número, de los amigos de Pablo, sentados en las anchas escaleras que daban acceso, precisamente, a ese solárium que, en tiempos, fuera pista de baile nocturna.
Ese día solo eran cuatro, ya que la mayoría de los habituales se encontraban de vacaciones. Allí estaba Óscar (con su toalla capaz de andar sola, pero perfumada con generosas dosis de colonia), Lee H. Oswald (luciendo su inseparable bañador UHF), Puskas y Pablo. Los dos primeros, que habían sido, de forma sucesiva, admiradores de Puskas, se estaban despidiendo de sus amigos. Óscar porque se iba a comer a casa con sus padres y hermanos, y Oswald por el no menos importante motivo de tener que salir de viaje con su padre, nada más comer, rumbo a los pantanos.

—¿Me invitas a comer por ahí? —le preguntó Pablo a Puskas, apenas se marcharon los otros dos.
—¡Qué fresco! —replicó ella, con forzada cara de sorpresa—. ¿Y por qué no me invitas tú a mí?
—No sé, pensé que te apetecería.
—¿Comer contigo?
—No, invitarme.
—Pues no. Prefiero que me invites tú —aseguró Puskas, esta vez con total sinceridad.
—Bueno, si no hay más remedio, te invitaré yo —concedió Pablo, con un profundo suspiro que trataba de transmitir un sentimiento de generosa condescendencia.


Comieron en un pequeño restaurante económico próximo a Le Canal, ya que la situación financiera de Pablo no daba para más, pero el sitio era agradable y la comida, decente; así que los dos se dieron por satisfechos (sobre todo, Puskas, que temió, hasta el último momento, que Pablo insistiese en su exigencia de ser invitado por ella). Una vez pagada la cuenta y tras un profundo suspiro de Pablo, al ver cómo desaparecía una parte considerable de sus exiguos fondos, regresaron a Le Canal, dando un lento paseo que, indiscutiblemente, no resultaba apropiado para las primeras horas de una calurosa tarde de agosto.
—Cuando lleguemos, me voy directa a la piscina —dijo Puskas, sacando a relucir, sin disimulos, su espíritu práctico.

Pablo se encogió de hombros. En ese momento, estaba pensando en las respectivas madres de Puskas y Electra. Y pensaba en ellas porque se le había venido a la cabeza la frase que le dijo su amiga Cristina cuando ambos charlaban sobre el aspecto de una chica de Le Canal:
—No te fijes en ella, mira a su madre. Siempre hay que mirar a sus madres, porque así serán ellas en unos años.
En su día, la categórica sentencia de su amiga le había desconcertado, porque la propia madre de Cristina, si bien se conservaba delgada y en buena forma, carecía del menor atractivo a los ojos de Pablo, mientras que Cristina era una chica que llamaba la atención de cuantos la conocían (en especial, por su impresionante cuerpo y su llamativa melena morena, atributos a los que ella sabía sacar un gran partido, que compensaba, eso sí, dando muestras constantes de una insustancialidad mental crónica).
Pero, en ese momento, a Pablo no le preocupaban ni Cristina ni su madre, sino la comparación inevitable que el recuerdo del comentario provocaba entre las respectivas imágenes de las madres de Puskas y Electra.
Era una comparación perturbadora, que Pablo trataba, sin éxito, de apartar de su mente. La madre de Puskas era una señora normal, simpática y pequeña, carente, desde luego, del más mínimo sex-appeal. Pero, pese a ello, no era justo someterla a un juicio salomónico, enfrentándola a la perversa Vieja Arpía, su incondicional (y ya perpetua) enemiga.
Pablo recordó ese rostro altivo y enjuto, en el que destacaban sus ojos, un poco saltones, bajo el enorme casco de pelo que lucía en la cabeza, materializado por algún devoto peluquero, cuya evidente especialidad eran los cardados superlativos. Y, sin embargo, no podía decirse de ella que fuese fea, por mucho que este hecho disgustase a Pablo.
Dichosa Cristina, ¡por qué se le habría ocurrido hacer esa incómoda observación sobre madres e hijas!

Puskas se bañó en la piscina de Le Canal, apenas llegó y le dio tiempo a ponerse el bañador. A su lado, Pablo nadaba y pensaba que esa tarde, cuando fuese a casa de su amiga para la diaria clase de Física, le dedicaría un poco de atención a su madre. Convenía fijarse bien... por si acaso.


[CONTINÚA EN 'Viaje a Las Minas']
 
 

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