viernes, 30 de abril de 2021

Tres salidas al campo

 [VIENE DE 'Septiembre']


Desde el desencuentro ocurrido en Vertville el verano anterior, Blanche y Pablo habían mantenido un contacto mínimo, reducido a felicitaciones navideñas, a las de sus respectivos cumpleaños (muy próximos en el tiempo, por cierto) y poco más.
Por eso, la llegada de una carta de Blanche sorprendió a Pablo. Aunque conocía el aguerrido carácter de la chica, también era consciente de su orgullo, que, en su opinión, no le podía permitir rebajarse ante él. Este hecho fue el que despertó su curiosidad por el contenido de la inesperada correspondencia, animándole a repasar mentalmente los acontecimientos de aquellos (no tan lejanos, pese a que ahora parecieran perderse en la noche de los tiempos) días, pasados un año antes en Vertville, cuando él se encontraba bajo los efectos de lo sucedido con Puskas en la Costa Brava.
Pero esa curiosidad no le hizo lanzarse a abrir, apresuradamente, el sobre y devorar, ansioso, el texto que contenía en su interior. Por el contrario, Pablo colocó la carta sobre la repisa de la chimenea del salón y se sentó en un cómodo sillón para contemplarla de lejos.
Blanche era mucho más cuidadosa con los detalles que Electra y Puskas. El papel de su correspondencia siempre era de color hueso y, desde luego, de una calidad superior a la ordinaria. Su caligrafía, muy cuidada, destilaba clase y elegancia, como ella misma, cuyo estilo contrastaba con el ambiente rústico de Vertville, en el que, sin embargo, se sentía muy feliz por su nada disimulado amor por la naturaleza.
¿Qué motivo habría impulsado a Blanche a dar ese paso? ¿Le escribía, tal vez, para comunicarle alguna desgracia sucedida, de la que él no tenía noticia? Estas y otras preguntas similares se hacía Pablo a sí mismo, en lugar de despejarlas, al instante, mediante el simple método de abrir la carta y leerla (algo que, con casi total seguridad, hubiese hecho cualquier persona normal), pero Pablo disfrutaba con ese juego y pensaba que era probable que la realidad fuese menos interesante que lo creado por su imaginación, que era lo que solía suceder con insistente frecuencia en la vida. Así que dejó la carta en su privilegiado lugar, en posición vertical y flanqueada por esos dos guerreros de bronce, con aspecto de soldados de los ejércitos españoles de Flandes, que tanto gustaban a Pablo (en especial, porque sus espadas podían desenvainarse y ser utilizadas como punzones... o como abrecartas), y se dispuso a atender otros asuntos más urgentes, antes de dedicarle su atención.

Fue ya después de comer, cuando Pablo extrajo la espada de una de las artísticas figuras y abrió con ella el sobre, teniendo cuidado para que no se dañase más que lo estrictamente indispensable para extraer el elegante folio que guardaba en su interior.
Devuelta la pequeña espada a su lugar de origen y el sobre a la repisa de mármol de la chimenea, empezó a leer:

Vertville, 27 de septiembre de 1967.

Querido Pablo:

Ya he visto que este año no te has dignado venir a Vertville.
Supongo que no ha sido para no encontrarte conmigo, ya que lo contrario sería creer que tengo una importancia para ti (aunque fuese negativa) de la que estoy segura que carezco.

Yo pensaba que ibas a venir y, hasta hoy, que es mi último día aquí, he creído que nos veríamos y tendríamos la oportunidad de aclarar lo del año pasado.
Es triste que dos amigos (tú y yo lo éramos) dejemos de serlo por algo que, al menos para mí, no está ni medio claro, ¿no te parece?
Estoy convencida de que puede haber muchas razones que expliquen tu ausencia, después de tantos años en los que, en julio o en agosto, siempre habías venido... ¿por qué no lo has hecho? 
Mi hermano Henri y Vincent no han parado de preguntarme por ti. Estaban convencidos de que yo sabía algo y no me han hecho caso por mucho que les he repetido que no tenía la menor idea de lo que te pasaba. Por lo menos, podías haber escrito para decirnos que no ibas a venir, creo yo.

Pero bueno, en realidad no te escribo para contarte esto, sino para decirte que voy a ir a verte. No es que vaya exclusivamente para verte a ti, claro, lo que pasa es que voy a acompañar a mi tía. Tiene que resolver unos asuntos allí y mi madre no quiere que viaje sola. Espero que no te moleste quedar un día conmigo y que nos veamos.
¡Ah!, y no te preocupes, estoy saliendo con un chico en Nantes y nos va de maravilla, así que no te asustes que no te voy a hacer nada. Solo quiero que hablemos. Por cierto, mi hermano dice que es un chico que se parece a ti, pero en moreno, aunque yo no le encuentro el parecido (él es mucho más guapo y mejor persona que tú).

Iré la próxima semana. Te llamaré cuando esté allí y ya me dirás en qué momento puedes hacerme el honor de verme un rato... si es que no estás demasiado ocupado. Y ahora te dejo. Hasta pronto.

Un beso,

Blanche.

Pablo guardó la carta en el sobre con parsimonia y sin mostrar reacción alguna. No le apetecía especialmente ver a Blanche, pero le había gustado que fuese capaz de superar su orgullo y escribirle. No se le podía negar ese mérito.


Con octubre empezaba un nuevo curso y la situación que se le presentaba a Pablo, tras los sucesos del mes anterior y la aparición en escena de Blanche, recomendaba reflexionar con cierta cautela.
Le Canal entraba en un natural período de letargo... Puskas se dedicaría con intensidad a sus estudios y, para alivio de Pablo, tenía a su incondicional Carahuevo para ocupar sus ratos libres... y, por su parte, Electra, cuyo sorprendente enigma era la gran novedad de la temporada, también iba a empezar su nueva carrera y, si bien con respecto a ella el interés de Pablo no había decaído (como sí sucedía en el caso de Puskas), la aplicación del Not intervention seguía en pleno vigor, lo que impedía emprender acción alguna.
Tal vez, dadas las circunstancias, el que Blanche hubiese surgido de improviso en el panorama inmediato de Pablo y sus amigos, era una oportunidad a tener en cuenta. 
Era indiscutible que Pablo y Blanche se gustaban mutuamente, pero la avalancha de emociones desbordadas en los últimos catorce meses, habían situado a la atractiva BB (así se refería a ella Mano Negra) en el incómodo y desairado papel de ser 'la tercera en discordia' del drama con vocación de tragedia clásica que el romanticismo literario de Pablo, tan arraigado en su espíritu, se empeñaba en construir.
 
 
La llamada de Blanche se produjo a la semana siguiente, tal como ella había anunciado. A través del teléfono, su voz sonaba alegre y melodiosa, con un tono que en nada parecía indicar queja, ironía o resentimiento. Pablo contestó sin manifestar, tampoco, resquemor alguno, y lo hizo con sinceridad, asumiendo que, en esta ocasión, Blanche había tenido el don de la oportunidad, al contrario de lo que le sucedió el pasado año, en Vertville.
Quedaron para verse al día siguiente y Pablo se las arregló para conseguir que su padre le prestase su viejo Volkswagen. Quería llevar a Blanche a dar un paseo por el campo, a ser posible a esa zona del monte en la que los ciervos se dejaban ver por las tardes, cuando empezaba a refrescar y la luz bajaba su intensidad. Era un lugar tranquilo y recoleto, donde reinaba la paz y el silencio. Sin duda, el más adecuado que conocía para mantener una conversación calmada y profunda. El coche de don Francisco era, por tanto, elemento fundamental para hacerlo realidad.


Recogió a Blanche en el pequeño hotel en el que se alojaba con su tía y pusieron rumbo al oeste, charlando de cosas intrascendentes.
—¿Dónde vamos? —preguntó Blanche.
—Al campo —respondió Pablo, con el mismo tono que hubiese empleado si el destino de la breve excursión fuese Bora Bora.

Pero el concepto de 'campo' que tenía Pablo no se aproximaba, en absoluto, al que Blanche tenía bien formado en su mente, por lo que, cuando él detuvo el coche en un sitio que le pareció adecuado para disfrutar de una vista que consideró adecuada para enmarcar la conversación con su recuperada amiga, esta le espetó:
—¿'Esto' es el campo que tenéis vosotros?
El énfasis puesto en el pronombre personal con el que terminó la pregunta molestó a Pablo, que replicó:
—No todo puede ser tan bonito como Vertville.
Blanche se limitó a levantar una ceja, con cierta displicencia.
—Pero aquí llueve menos —siguió Pablo, sin dejar muy claro si lo que decía era una disculpa o un reproche.
—Me gusta la lluvia —sentenció ella, dando por cerrado el tema.

No podía decirse que aquel monte fuese feo, pero era indiscutible que el conjunto del paisaje no estaba a la altura de los verdes valles de Vertville, rodeados de montañas y frondosos bosques de robles, eucaliptos y castaños, entre los que apacibles prados y pequeños caseríos completaban una estampa de belleza indiscutible.
Mal había comenzado el encuentro, pero Pablo, inasequible al desaliento, trató de sobreponerse al incómodo preámbulo y se interesó por el estado de ánimo de su acompañante:
—¿Qué tal estás, Blanche?
—Perfectamente. No puedo estar mejor.
—Bueno, ya veo que sigues enfadada conmigo —suspiró Pablo.
—Nada de eso, gracias a ti soy más feliz que nunca.
—¿Salir con un chico que es como yo, pero en moreno, te hace tan feliz?—Sí, porque no es como tú, es mucho mejor que tú.
—Vale. Eso ya me lo habías dicho. No hace falta que insistas tanto para que me lo crea.
—Es que es verdad. Y no lo digo solo porque sea más guapo que tú, que lo es... lo digo porque es un buen chico.
—¿Y yo, aunque sea más feo... que lo dudo, no soy un buen chico?
—No lo sé, Pablo, no lo sé —dijo Blanche, con la mirada perdida en las pardas lomas que tenía delante, salpicadas de encinas y jaras—. Él me ha demostrado que es noble y sincero. No tiene dos caras, como tú.
—Yo solo tengo una —replicó, al instante, Pablo—. Puede que un poco dura... pero solo tengo una cara.

Blanche esbozó una sonrisa y apoyó levemente su cabeza sobre el hombro de Pablo.
—No te preocupes que no voy a intentar besarte otra vez —dijo.
—Blanche, escúchame: no importa lo que no hayamos vivido, los mejores recuerdos son los que nos quedan de lo que nunca sucedió, de lo que no es real... de lo que solo fue un sueño.
—No es verdad, Pablo —negó ella—. La nostalgia es absurda. Y la nostalgia de lo que no ha existido, una estupidez.
—¡Nada de eso! Además, tú me has querido. Puede que solo un poco, pero me has querido, ¿o no?
—Yo creo que no. No se puede querer a un fantasma que desaparece cuando más lo necesitas.
—Claro que se puede —casi susurró Pablo— ¡Si lo sabré yo! 
—Eso son ñoñerías románticas. Deberías dejar de leer a Bécquer y a Espronceda. Y, sobre todo, de escuchar esas óperas de Puccini que te gustan tanto. ¡Estamos en el siglo veinte! Yo no soy Tosca, ni Butterfly... ni Mimí. Soy una chica de carne y hueso. Quiero vivir, no pasarme el resto de mi vida soñando. ¿Es que no lo entiendes? No me parece que sea tan raro ni tan difícil de comprender lo que estoy diciendo.

Y ahí, precisamente, era donde radicaba el problema: Blanche había insistido en que era 'de carne y hueso' (aunque ella solo se refería a la carne, claro). Sin embargo, para Pablo, todo lo terrenal era una cuestión menor. No despreciaba la carne ni los huesos (ambos, en proporciones razonables), pero su mundo volaba hacia otros horizontes, mucho más lejanos, poderosos e inalcanzables. La amistad, el honor, la lealtad...el amor, incluso, se movían, en el universo de Pablo, en una dimensión superior que no debía contaminarse por el roce con una realidad vulgar, materialista y triste, que empobrecía el espíritu y lo arrastraba por el fango de la más zafia ordinariez. Esa simpleza grosera que, en opinión de Pablo, presidía la vida cotidiana de la mayoría.



Al domingo siguiente, víspera del viaje de regreso de Blanche a Nantes, volvieron a quedar. Y, en esta ocasión, la cita fue en casa de Pablo, aprovechando que sus padres pasaban el día fuera, como era su costumbre. Allí estaba, también, Mano Negra, a quien Blanche conocía a través de Pablo. Mano Negra hacía tiempo que tenía interés en conocerla, y este imprevisto viaje de la amiga de Pablo le brindó una ocasión excelente para ello. Blanche, por su simpatía y por ese aire pizpireta que irradiaba, solía caer bien a casi todo el mundo y Mano Negra no fue una excepción. Para Pablo, era importante contar con la opinión de sus amigos y, de igual modo, quería comprobar la impresión que ellos (en este caso Mano Negra) causaban en Blanche. Por razones obvias era un dato relevante ya que, si bien Juanito y El Catalán siempre gustaban, Mano Negra y las representantes del sexo femenino no eran siempre compatibles.
Pero Blanche, mujer práctica de pies a cabeza, no le prestó mucha atención. Por el contrario, se puso un poco nerviosa al comprobar que, pese a que el propio Mano Negra había asegurado que no podía quedarse mucho rato con ellos, no acababa de marcharse. Pablo dejó claro que pasadas las siete sería imprudente seguir en la casa, y ella necesitaba un rato de intimidad con él para despedirse con mayor o menor efusividad, en función de la conversación que ambos aún tenían abierta desde su salida al campo, unos días antes.
 
Mano Negra seguía hablando y hablando... hasta que Pablo se percató del nerviosismo de Blanche y le sugirió, sin hacer alarde alguno de diplomacia, una retirada estratégica y voluntaria que evitase otras opciones más expeditivas. Blanche se lo agradeció con una luminosa mirada azul, acompañada de una de esas sonrisas que recuerdan los amaneceres en Villa Rufolo, mientras asistes al Concerto all'Alba.

—¿Cuándo nos veremos de nuevo? —fue la pregunta retórica con la que Pablo rompió el hielo.
—¿A qué hora vuelven tus padres? —inquirió Blanche, por toda respuesta.
—Tenemos tiempo —aseguró él, abrazándola.


Un par de horas después, ambos habían comprobado la afirmación que Blanche hiciera en el Volkswagen de don Francisco. O, al menos, lo habían comprobado al cincuenta por ciento, ya que la parte referente al 'hueso' no fue constatada empíricamente.
Blanche se levantó despacio, se arregló un poco el pelo, se vistió y, desde la puerta de la habitación, lanzó un beso en dirección a Pablo.
—Te escribiré —dijo en voz alta, mientras salía por el pasillo.
Pablo oyó cómo se cerraba la puerta del piso y sintió unos pasos apresurados descendiendo por la escalera de madera, que se fueron perdiendo en la distancia.
Cuando reinó el silencio, entornó los ojos y, sin saber por qué ni desearlo, tuvo el presentimiento de que nunca más volvería a ver a Blanche.


A la mañana siguiente, Pablo amaneció con el reflejo de los azules ojos de Blanche instalado en su memoria. No recordaba haber soñado con ella, pero cuando se miró en el espejo del baño vio dos aguamarinas clavadas en sus pupilas, ocultando el tono caramelo del iris de sus propios ojos. Tuvo que frotarse varias veces para recuperar el color original, liberándolo del velo azulado que confundía su vista.
Todavía no se había recuperado del todo del espejismo, cuando oyó la voz de su madre:
—¡Pablo, te llaman por teléfono!
—¿Quién es? —preguntó.
—No sé —respondió su madre. 
Y añadió, con cuidada suavidad:
—Una señorita.
 
Pablo acudió al teléfono convencido de que la 'señorita' que llamaba era Blanche, dispuesta a hacer alguna puntualización de última hora sobre la despedida de la tarde anterior. Pese a esa seguridad, se limitó a decir, con una ligera entonación interrogativa:
—¿Hola?
Y la voz que escuchó fue la de Electra. El Not intervention había funcionado.


Electra acababa de empezar sus clases de enfermería en el hospital y se sentía algo liberada de la presión psicológica a la que, de una forma u otra, había estado sometida durante los meses anteriores, desde que emprendiera su viaje a la playa. Las últimas semanas, en Vallelargo habían sido especialmente tensas.
Ahora, con más libertad de movimientos, gracias a sus nuevos estudios, le parecía que debía mantener una entrevista con Pablo. Y Pablo, claro está, opinaba lo mismo. 
Quedaron en verse la tarde siguiente. Ella salía de clase a las seis, y Pablo pasaría a recogerla a esa hora. Irían a algún sitio tranquilo y hablarían con calma. Era importante que lo que se tuvieran que decir se lo dijeran en persona, cara a cara.

Pablo se las ingenió para volver a tomar prestado el coche de su padre y pasó por la puerta lateral del hospital, más o menos a la hora convenida (hubiese resultado muy extraño que llegase puntual, ya que ese no era uno de sus 'defectos', como solía decir el propio Pablo: "La puntualidad es la virtud de los ociosos").
—Por un momento pensé que hoy ibas a llegar a la hora —comentó Electra.
—Sabes que tengo muchos defectos, pero la puntualidad no es uno de ellos —aseguró Pablo—. No hay nada que me moleste más que esa gente que se empeña en llegar pronto a las citas. Te obligan a ir todo el día con la lengua fuera, sin tener la cortesía de dejarte terminar lo que estás haciendo. Es una muestra de mala educación imperdonable.

Pablo lo decía muy en serio. Le agobiaba esa manía que tenía la mayoría de la gente, no ya de llegar a sus reuniones en punto, sino de hacerlo adelantándose a la hora fijada y, encima, presumir de ello.

—Me pregunto si Aristóteles, Moisés o Jesucristo quedaban con esa maldita precisión horaria. Y creo que todos ellos tuvieron tiempo de sobra para hacer muchas cosas importantes —elucubró Pablo, rematando su argumentación, una vez que Electra se hubo sentado junto a él.

Y, de forma casi mecánica, sin pensar en tomar ninguna dirección concreta, se puso a conducir. Antes de que ninguno de los dos hubiese entrado en materia, el viejo Volkswagen ya se había detenido en el mismo lugar en el que lo hizo la tarde de la excursión con Blanche.
Pablo no lo había hecho con intención específica alguna (lo que no dejaba de ser una novedad, teniendo en cuenta que, como suele decirse vulgarmente, era raro que él 'diese puntada sin hilo', pero así fue en esta ocasión).
Electra, como era previsible, no hizo comentario alguno sobre la idoneidad del paisaje que tenían delante, sino que se centró en el discurso que llevaba varios días preparando.

La lluvia hizo acto de presencia, de forma casi imperceptible y sin estridencias, pero se mantuvo insistente, como si quisiera dejar constancia de su presencia en la escena, protegiendo la privacidad de lo que ocurría dentro del coche.
Pablo pensó que algún día, pasados muchos años, volvería allí para llorar por algún buen motivo, pues, con el paso de la vida, es fácil encontrar razones para hacerlo. Sobre todo, en un sitio tan apropiado. También pensó que debía ser bueno tener licencia para llorar, no porque en ese momento creyese tener motivo alguno para ello, sino, simplemente, porque, en el papel que le había tocado en suerte, no podía permitírselo, lo que no dejaba de ser un inconveniente.

Si lo que sucedió aquella tarde dentro del pequeño Volkswagen hubiese tenido espectadores, todos ellos habrían salido muy confundidos, tras asistir a una sesión magistral del teatro del absurdo. Ionesco, Beckett y sus otros compañeros hubiesen sentido celos por no haber tenido la suficiente imaginación como para escribir escenas que se aproximasen, aunque solo fuera mínimamente, a lo que allí ocurrió bajo una contumaz lluvia que no dejó, ni un momento, de perseverar en su empeño.
Al propio protagonista le costó mucho explicar lo ocurrido a sus amigos, que esperaban ansiosos sus noticias. Quizá estos párrafos, extraídos de la carta escrita, la mañana siguiente, a El Catalán, den una versión aproximada de los hechos:

Nos reunimos a las seis y estuvimos juntos hasta las diez de la noche. No dejamos de hablar ni un momento y el resultado fue catastrófico. Se aferró a que no me quería, que no me quería y que no me quería... Y no hubo forma de sacarla de ahí. Eso sí, todo esto dicho entre las más encendidas escenas de amor, que esta vez batieron todos los récords. Intenta hacerte una idea de mi desconcierto. Imagínate una mujer que se pasa una tarde entera diciéndote, con gran aplomo y contundencia, que no te quiere, que no desea volver a verte ni a saber nada de tu persona, que lo único que quiere es olvidarte porque no está enamorada de ti, sino de otro, y, mientras te dice eso, no deja de besarte, abrazarte, acariciarte y estrujarte apasionadamente. ¿Lo entiendes? Yo tampoco.
 
La excusa que ponía era que, cuando está conmigo, no sabe qué le pasa, porque tengo una especie de poder magnético sobre ella para obligarle a hacer todo eso sin que ella quiera y, por ello, no puede volver a verme. ¡Pero yo no hacía nada! ¡Era ella la que se abalanzaba sobre mí, sin previa provocación por mi parte!

Créeme, fueron inútiles todos mis argumentos, ruegos, súplicas, protestas, advertencias, consejos... No hubo manera de que comprendiese que lo que decía (o lo que hacía) era absurdo, que tenía que ser una cosa o la otra, pero no las dos a la vez.
Todo fue inútil: siguió así hasta que yo (ya no podía más, pues estaba mental -y físicamente- agotado) arranqué el coche y la llevé a su casa. Por el camino no dejó de llorar...
 
 
Pablo no era de esos que aceptan, sin más, su destino y se entregan, sumisos, para ser degollados por las circunstancias. La contradicción que tenía ante sí era demasiado fuerte como para darla por buena. Y lo vivido con Electra en los últimos meses le impedía creer en sus palabras. Por primera vez estaba, realmente, desconcertado.
De lo que no había duda alguna era de que, fuese cual fuese la verdadera causa que estaba provocando el comportamiento de Electra, estaba relacionada con la Vieja Arpía. Por ello, con independencia de seguir investigando hasta llegar al fondo de la cuestión, tenía que improvisar, con urgencia, una operación de castigo a su mortal enemiga.

La oportunidad se le presentó muy pronto. El doce de octubre, es decir, en muy pocos días, sería el cumpleaños de la Vieja Arpía. Y daba la casualidad de que también era el de la hermana de Luis EQBCLG, más conocida como Foca. Una acción doble y simultánea era lo más apropiado, pero tenía que ser algo lo suficientemente notorio e insultante como para que no pasase desapercibido para nadie.
Pablo hizo los preparativos con la meticulosidad y el cuidado que le caracterizaban. Una vez que estuvo todo listo, requirió la participación de Juanito y de Agustín, su colega de Le Canal, para que actuasen como mensajeros.
 

A las dos en punto de la tarde del jueves doce de octubre, Agustín llamaba al timbre del suntuoso piso de don Saturnino. Una sirvienta abrió la puerta y recibió un elegante paquete envuelto en papel charol amarillo, cerrado con una bonita cinta de seda natural marrón. Y, con el magnífico paquete, este mensaje oral:
—Un regalo para la señora.

La doncella entró en el comedor, en el que estaba toda la familia sentada a la mesa (incluidas la tía y la abuela de Electra) y anunció, con voz solemne:
—Han traído esto para la señora. Es un obsequio.
Dijo 'obsequio' porque le pareció de más categoría que 'regalo', y la categoría era evidente, a la vista de la impresionante presentación.
La Vieja Arpía, acostumbrada a ser agasajada por los proveedores de don Saturnino (y por algunos de sus 'macarrones'), alargó su mano y recogió el presente, tratando de poner la mejor de sus sonrisas, dirigida al resto de los comensales.

Electra ya se había sobresaltado al oír el timbre, y el sexto sentido que le alertó de un posible peligro se transformó en certeza absoluta del desastre que se avecinaba, nada más ver el aspecto del paquete.
—¿Quién lo ha traído? —preguntó la Vieja Arpía, enseñando tanto como pudo la dentadura, sin rebajar el efecto de su sonrisa.
—Un chico —respondió la criada, que apenas se había fijado en Agustín, deslumbrada por la belleza de lo que llevaba en sus manos.

Paralizada por el terror, Electra no fue capaz de levantarse y apoderarse del paquete, que ya estaba siendo desenvuelto por su madre bajo la expectante mirada de los demás. Sabía que algo terrible iba a ocurrir, pero carecía de las fuerzas suficientes para moverse.
Dentro de la caja, una especie de vaso de plástico con tapa estaba envuelto en abundante papel de celofán. La Vieja Arpía levantó, triunfante el recipiente con un gesto similar al que debió hacer David al ofrecer la cabeza de Goliath al pueblo hebreo. Acto seguido, deshizo el segundo lazo que, más pequeño que el exterior, adornaba el recipiente de plástico y desenroscó lentamente la tapa, con la intención de elevar el clímax del momento.
—Maaa... má —acertó a balbucear, por fin, Electra.
 
Pero era demasiado tarde. Dos potentes muelles saltaron por los aires y cayeron, de inmediato, sobre la mesa. Uno, en el plato de don Saturnino, produciendo una violenta marejada en la sopa de langosta que contenía. El otro, más grande y potente, levantó un inesperado oleaje en el de la Vieja Arpía, cuya impoluta blusa de raso resultó seriamente afectada por el temporal. En el extremo de este segundo muelle, una grotesca cabeza de Doña Urraca (el popular personaje del 'Pulgarcito', creado por el dibujante Jorge para regocijo de varias generaciones de lectores), flanqueada por dos ridículas manos, flotaba entre las chirlas y los rosados trozos de crustáceos que nadaban en la sopa.
Los ojos de la Vieja Arpía parecían haber saltado de sus órbitas, efecto que resultó aún más pronunciado en el momento que la madre de Electra descubrió el pequeño cartel que colgaba de la desproporcionada y larga nariz de Doña Urraca. En él se leía, con gran claridad: "MUCHAS FELICIDADES. Firmado: Pablo (alias 'Pototo', alias 'Borrás')".

Electra saltó de su asiento, como si tuviese debajo un tercer muelle, y salió corriendo para encerrarse en su habitación.


A esa misma hora, Juanito realizaba su entrega en otra casa. Concretamente en la de Luis EQBCLG y su hermana, Foca. Ambos celebraban con sus padres el cumpleaños de la joven, acompañados del vicecónsul de El Salvador y su esposa, invitados para la ocasión, más que porque hubiese una razón específica, con el fin de darse un poco de importancia ante la familia de don Saturnino y, en particular, ante la madre de Electra, a quien habían repetido hasta la saciedad los estrechos lazos de amistad que les unían con la pareja diplomática salvadoreña.

El regalo que Pablo había preparado para la hermana de Luis EQBCLG era, intencionadamente, mucho más simple que el de la Vieja Arpía. En este caso, lo que buscaba Pablo era una humillación ramplona que pusiera de manifiesto su condición vulgar, por mucho TR4 que exhibieran de cara a la galería.
Su aspecto exterior era el de una sencilla cajita de dulces, en cuya etiqueta se leía: "Bombones de Chocolate". Una redundancia enmarcada en una circunferencia de dudoso gusto, que no parecía presagiar un contenido exquisito.
La caja se abría tirando de un cajoncito del que sobresalía una pequeña pestaña.
Cuando llegó a manos de Foca, la pobre muchacha dejó patentes sus limitaciones al acogerla con un entusiasmo desproporcionado a la entidad de la modesta atención recibida. 
Tiró de la pestaña secretamente convencida de que quien le enviaba los bombones era un chico con el que llevaba unas semanas tonteando (y que parecía más interesado en las prestaciones mecánicas del Triumph de su hermano que en sus propios encantos femeninos).
El artefacto de Foca no contaba con poderosos muelles, lazos de seda ni sofisticados mecanismos. Tan solo disponía de un mínimo dispositivo que, al sacar el cajoncito, levantaba una irrisoria figura fantasmagórica con la lengua fuera, a modo de burla pueblerina. Eso sí, iba acompañada de una tarjeta que aparecía junto al risible dibujo, cuyo texto decía: "Estimada Foca: Lamento sinceramente no poderte ofrecer un regalo más insultante en el día de tu cumpleaños, pero este es el más ofensivo que encontré en el mercado. Confío en que haya alguien de tu familia con la suficiente dignidad como para no dejar así este asunto y exigirme una seria reparación. Con su más sincera felicitación, te ofende, Pablo".
 
Pablo albergaba la remota esperanza de que Luis EQBCLG tuviese un arranque de honorabilidad y le retase a un duelo, si bien, como se lamentó ante sus amigos, no estaba nada seguro de que esa fuese su reacción porque "ya se sabía cómo era esa gente".


El efecto obtenido con los dos regalos fue demoledor y permitió que Pablo y sus amigos se recuperasen, en parte, del deterioro moral que habían venido sufriendo en las largas semanas anteriores. Lo que no se consiguió fue el deseado objetivo del duelo, ya que Luis EQBCLG dio la callada por respuesta.


Aún estaba Pablo lamentándose de la escasa gallardía del hermano de Foca, cuando recibió una llamada de Puskas. Estaba contenta porque acababa de saber que había aprobado el examen de Física, al que tantas horas había dedicado junto a Pablo. Este todavía no tenía su resultado, aunque esperaba recibirlo pronto.
—Pues esperaremos a saber que tú también has aprobado y lo celebraremos —propuso Puskas, con entusiasmo contenido.
—Nada de eso —intervino Pablo —, es mejor que lo celebremos ya... por si acaso.
—De acuerdo. Invítame a comer —propuso ella.
—¡Ni hablar! Esta vez te toca invitar a ti. Tú eres la que has aprobado.

Puskas aceptó, de mala gana, ya que disfrutaba más siendo invitada que invitando, pero la contundencia de la argumentación de Pablo era difícil de rebatir.
A lo que sí accedió él fue a que la comida tuviese lugar fuera de la ciudad, por lo que vio en la tesitura de pedirle, una vez más, el coche a su padre.
Comieron en un pequeño restaurante de carretera que, según Puskas, tenía fama por sus excelentes chuletas de cordero, si bien Pablo observó, con acierto, que su popularidad estaba más sustentada en la moderación de sus precios que en la calidad de su comida.
En cualquier caso, las chuletas eran aceptables y no le pareció oportuno elevar queja alguna a su anfitriona. Por el contrario, pensó que, dado lo infrecuente que resultaba el hecho de que Puskas invitase a algo, había que sentirse satisfecho.
Tras una larga sobremesa (en la que ella no se decidía a pedir la cuenta), dedicada a comentar las peripecias de sus amigos de Le Canal, durante la cual los nombres de Óscar y Oswald (principales admiradores de Puskas) salieron a relucir con frecuencia, se levantaron y regresaron al coche, sin tener muy claro cuál sería su inmediato destino.

—Es pronto para volver, vamos a dar una vuelta —sugirió Pablo.
—Vale. Pero por el campo. Estoy harta de la ciudad.
Y, como era de esperar, Pablo puso en marcha el piloto automático del Volkswagen que, en poco más de veinte minutos, los llevó al lugar de siempre.
En esta ocasión, el tiempo era bueno y apetecía dar un paseo andando por aquellas suaves laderas, salpicadas de encinas, entre las que desentonaba algún pino despistado, colocado allí, sin duda, por la mano del hombre.

A Puskas le gustaba el campo. El campo, en general, como a las hermanas Gilda (personajes -al igual que Doña Urraca- del 'Pulgarcito', pero creadas por la pluma del gran dibujante Vázquez). Este detalle no le había pasado inadvertido a Pablo y, ahora, quedaba ratificado y fuera de cualquier tipo de duda.
Viendo que ella estaba de buen humor, Pablo sacó el tema de 'su Cristobalito', un poco por incordiar y, de paso, para obtener información del statu quo de sus relaciones.
Puskas no se hizo de rogar.
—Estamos enfadados —dijo—. Últimamente pasamos más tiempo enfadados que en buena sintonía.
—Normal —opinó Pablo, encogiéndose de hombros.
—¿Por qué?
—Porque no le quieres.
—De eso nada —protestó Puskas—. Le quiero muchísimo.
—¡Ja! —exclamó él, con una mueca forzada—. Ni le quieres ni te gusta.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Yo lo sé todo.
—Ya. Y lo que no sabes, te lo inventas.
—Exacto —ratificó Pablo, satisfecho por la observación de su amiga—. Me lo invento... y acierto.

Pablo se agachó, cogió una piedra del suelo y la lanzó lo más lejos que pudo.
—Ten cuidado, no vayas a dar una pedrada a un conejo —comentó Puskas con sarcasmo.
—No sería la primera vez que lo hago.
En ese momento, la cabeza de un gamo asomó detrás de un matorral y despareció al instante.
—¿Has visto? —preguntó Puskas, señalando en dirección al lugar en el que había surgido la brevísima visión.
—Sí, aquí hay muchos, pero no suelen salir hasta más tarde.

La aparición del animal zanjó la conversación sobre Carahuevo, aunque Pablo insistió, esta vez de un modo más indirecto:
—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo?
—¿Cuál?
—Que tú no sabes lo que quieres y yo sí —mintió Pablo.

Puskas encajó con dificultad el golpe. La realidad era que estaba llena de dudas, pero ¿qué chica de su edad no lo estaba? A los dieciocho años el mundo se abre ante ti, lleno de oportunidades y problemas; todo parece fácil y complicado al mismo tiempo; no sabes si lo que hoy te gusta te seguirá interesando mañana... y la vida parece eterna y luminosa unos días, pero negra y tortuosa otros.
Acababa de empezar una carrera universitaria, sí. ¿A qué aspiraba con eso? ¿A tener una mejor formación? ¿A poder desarrollar una vida profesional independiente? ¿A encontrar entre sus compañeros de estudios al hombre de su vida y convertirse en su esposa? ¿A la libertad?
¿O, simplemente, estaba actuando así por inercia, porque eso era lo que se esperaba que hiciesen las chicas de su clase en los tiempos de cambio que se estaban viviendo?

Mientras todas estas elucubraciones se arremolinaban en la indecisa mente de Puskas, Pablo permanecía inmóvil, con la mirada perdida entre las azoradas nubes que volaban, ruborizadas ante el indiscreto sol vespertino, sobre aquella sucesión interminable de lomas pardas, cuajadas de arbustos y encinas. 
Porque esa tarde, mucho más que las dos anteriores, las sonrosadas nubes del otoño maquillaban sus blandas mejillas de algodón con el encendido colorete del ocaso.


[CONTINÚA EN 'El Club Bohemio Radical']
 
 

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