martes, 5 de enero de 2021

Electra

[VIENE DE 'París bien vale unas prisas']

 

Comenzó 1967 y, tanto para El Catalán como para el propio Pablo, había quedado bien claro que todos los métodos utilizados hasta la fecha no solo no habían servido para retirar la imagen de Puskas de la cabeza de Pablo, sino, más bien, para todo lo contrario.

Era cierto, pensaba El Catalán, que el comportamiento de Puskas había sido sorprendente y podría decirse que hasta incomprensible (al menos, para una mente masculina), pero también lo era la empecinada tozudez de Pablo, que iba mucho más lejos de lo razonable, ya que en los últimos seis meses se le habían presentado innumerables oportunidades de abordar relaciones mucho más interesantes y prometedoras, algunas de ellas bastante atractivas, por cierto. Y, sin duda, lo eran hasta contempladas desde el punto de vista de un empedernido perfeccionista, como era Pablo. Incluso parecía lógico que, si lo que quería era abrazar la idea romántica de un idilio imposible, era mucho más recomendable suspirar por caer en los amantes brazos de su verdadero idólo platónico: Isabelle (la bella morena de Le Canal, cuya altivez y despego por lo humano la aproximaban más, a los ojos de Pablo, a una inabordable deidad del Olimpo que a una simple y terrenal doncella). Sin embargo, estaba claro que nada de eso llamaba la atención de un espíritu embriagado por el amor a la lealtad, cuyo verdadero interés se reducía a descifrar un enigma que había herido su amor propio de forma grosera y, sobre todo, inesperada.
Porque, eso sí, si el novio de Puskas no fuera conocido como Carahuevo o la película que ella quiso ver el último día de sus vacaciones no hubiese sido 'Chicas! Chicas! Chicas!', el orgullo de Pablo no se habría resentido de esa forma tan radical y profunda. Y, la verdad, es que El Catalán apoyaba de lleno a su amigo en estos dos aspectos tan delicados del problema.

En medio de estas cavilaciones filosóficas, el curso académico se había reanudado tras la pausa navideña, y la vida empezaba a cobrar ciertos tintes de normalidad (hasta donde la normalidad podía llegar en el día a día de Pablo y su grupo más íntimo de amigos, claro está).

La rutina universitaria todavía representaba una novedad para ellos, lo que no dejaba de brindarles múltiples ocasiones para experimentar audaces aventuras en sus respectivas facultades. Pero ni siquiera esta agradable sensación de riesgo era suficiente para que resultase una maniobra de distracción suficiente para trasladar el problema principal a un segundo plano. En cada esquina, en cada pensamiento, en cada conversación 'sonaba la música', como cantaba Matt Monro con esa melodía que competía con los Strangers in the night de Sinatra. Y, entre las notas de cualquiera de las dos canciones, surgía el idealizado rostro de Puskas, luciendo en sus labios una sonrisa tan irónica como misteriosa.

Fue entonces cuando Pablo tuvo una idea. Una de esas ideas suyas, siempre descabelladas y geniales, que tanto temían sus amigos, pero que, a la vez, les resultaban fascinantes e irresistibles.

–Ya sé lo que voy a hacer –le dijo a El Catalán, con acento seguro y gesto de determinación– No sé cómo no se me había ocurrido antes.

–¿Qué has pensado? –inquirió su amigo con cierto nerviosismo.

–Tengo la solución perfecta para olvidarme de Puskas. Y es infalible.

–¿Y cuál es? –volvió a preguntar, con mal disimulado tono de preocupación El Catalán, que sabía que Pablo era capaz de idear los planes más estrafalarios y peligrosos.

–He decidido enamorarme de otra –respondió como si fuera lo más obvio.

–Pero... ¿de quién te vas a enamorar?

–¡Ah!, eso no lo sé. No tengo la menor idea, pero ya se nos ocurrirá alguien. Tú me ayudarás a buscarla –sentenció categóricamente. 


Y así fue como los dos inseparables amigos se pusieron manos a la obra y empezaron a analizar, minuciosamente, las candidaturas de todas sus amistades femeninas para dedidir quién de ellas era la que reunía las características idóneas para el puesto. Hay que dejar claro que el concepto que ambos tenían de 'amistades femeninas' era lo suficientemente amplio como para incluir en ese colectivo a cuantas simples conocidas tenían, incluidas aquellas a quienes Pablo y El Catalán les resultaban de todo punto antipáticos.

–¿Cómo haremos para que ella... la que elijamos, se enamore de ti? –preguntó, un día, El Catalán, quien empezaba a vislumbrar los posibles inconvenientes del plan.

–Eso no importa –fue la contundente respuesta de Pablo–. Ella no tiene que enamorarse. Basta con que me enamore yo.

–¿Y tú podrás enamorarte? –siguió dudando El Catalán.

–Desde luego. Si decido hacerlo, lo haré.


Con el paso de las semanas, se fueron despejando las dudas de El Catalán (como solía suceder cuando Pablo se empeñaba una idea, pues su entusiasmo era contagioso) y ambos compartieron con sus otros dos íntimos amigos los pormenores del proyecto que estaban acometiendo.

Llegados a este punto no podemos retrasar más la introducción en esta historia de Mano Negra y Juanito.

Mano Negra y Juanito eran dos fieles camaradas de Pablo, a cuya amistad (legendaria desde la niñez) se había incorporado El Catalán hacía algo más de un par de años. Ahora, los cuatro formaban un grupo inseparable (menos para ciertos asuntos acerca de los cuales no es oportuno profundizar en este momento) y, dada la importancia del que ahora estaban acometiendo, era imprescindible compartirlo con ellos, pese a que su experiencia en temas femeninos era, indiscutiblemente, menor que la de Pablo y El Catalán.


El proceso de selección estaba resultando más arduo de lo previsto por el optimista Pablo, quien no había tenido en cuenta que él no se había enamorado nunca (con la excepción de aquella vez cuando, a los once años de edad, Mano Negra y él habían estado a punto de poner en peligro la prometedora carrera artística de una famosa niña prodigio). Pero también era cierto que esta vez se lo había propuesto seriamente y, hasta la fecha, jamás había dejado de cumplir algo en lo que había empeñado su firme voluntad ("No hay barreras para mí, pues si hay barreras, las salto", rezaba la divisa del Duque de Toro, que tanto Pablo como sus amigos habían adoptado, pese a ser fieles partidarios de Mendo y no de Pero Collado).

No habían reparado lo suficiente en que, para que una candidata pudiera ser considerada como tal con ciertas garantías de éxito, debía cumplir unos requisitos que no eran tan frecuentes (al menos, no lo eran en su círculo de amistades femeninas, pese a la laxitud que aplicaban al término 'amistad').

Una tras otra, todas iban quedando descartadas. El problema fundamental no era físico, sino 'metafísico', como bien decía Mano Negra. Pablo, por mucha sangre fría que derrochase (que era casi infinita) no debía poner en riesgo el objetivo último del plan, enamorándose de una persona difícil de soportar a medio plazo y (lo que era, aún, muchísimo más complicado) que careciera de la infrecuente virtud de ser capaz de convivir en armonía con un grupo tan singular como el que ellos formaban. Porque, claro está, El Catalán, Mano Negra y Juanito acataban de buen grado el siempre arriesgado enamoramiento de Pablo, con la condición (tácita, pero bien conocida por este) de que la elegida les aceptase a ellos sin restricción alguna, lo que no dejaba de ser una utopía, conociendo las respectivas e irreconciliables naturalezas del grupo, por una parte, y de cualquier pareja femenina convencional, por otra.

Las viejas amistades fueron eliminadas por causas empíricas, mientras que ninguna de las nuevas conocidas parecía cumplir los imprescindibles requisitos. Puestas así las cosas, El Catalán, Mano Negra y Juanito empezaban a perder las esperanzas de encontrar a alguien para ocupar un puesto cuya dificultad parecía superar cualquier posible expectativa, pero Pablo seguía manteniendo alta la moral del cuarteto, gracias a su férrea actitud y a una confianza en sí mismo que podríamos calificar de galáctica (y que era bien conocidad por sus amigos).

Por eso, respiraron aliviados cuando Pablo les dijo que iba a explorar por su cuenta entre los nuevos contactos femeninos que estaban surgiendo en la facultad. Había conocido allí, recientemente, a dos amigas que le inspiraban cierto optimismo. Las dos se llamaban María, aunque una de ellas recibía el apelativo cariñoso (porque, en realidad, era cariñoso) de 'Dark Shadow'. Y, si era conocida por ese nombre, era, tan solo, porque siempre vestía de un negro riguroso, más propio de Doña Misterio que de una chica de apenas dieciocho años. Pero 'Dark Shadow' tenía un motivo que explicaba un atuendo tan poco frecuente en una joven muchacha (al menos, en aquellos años, en los que la ropa negra no era, aún, el uniforme obligado de la gente 'cool'), y ese motivo no era otro que la reciente muerte de su padre, que la tenía sumida en una profunda crisis existencial, de la que trataba salir, a duras penas, con el apoyo de su compañera María y mediante intermitentes citas clandestinas (a espaldas, por supuesto, de su tocaya) con Pablo.

Sin embargo, no era 'Dark Shadow' en quien el intrépido ánimo de Pablo estaba pensando como titular de su insólita operación amorosa, sino la otra María. 

Esta María era una chica que aparentaba más de los diecisiete años y medio que, su carnet de identidad proclamaba. En realidad, era una de esas mujeres de porte atemporal, no exenta de una belleza serena, de corte clásico y reminiscencias de heroina de tragedia griega. Por alguna razón, no fácil de explicar, se salía de los estándares habituales de sus coetáneas y, pese a lucir una melena en exceso larga (que en nada le favorecía) y vestir como una exalumna de las Damas Negras (lo era, sin perjuicio de que, en un futuro muy próximo, alguien dijera que más bien parecía haber estudiado en las 'Damas Verdes'), presentaba síntomas de tener oculta una personalidad sorprendente y una presencia de ánimo a prueba de bayonetas. Solo parecía estar esperando (en línea con lo apuntado por Bécquer en su Rima VII) esa voz que, como a Lázaro, le dijera: "¡Levántate y anda!".

Y eso fue, precisamente, lo que le propuso Pablo.


Electra (pronto fue rebautizada, por decisión unánime, con este nuevo nombre, mucho más acorde con su talante, historia familiar y actitud hacia la vida que el que, al nacer, le había impuesto su madre, quien, por cierto, no se llamaba Clitemnestra, sino, también, María) aceptó, de buen grado, su papel, desde el primer momento. De hecho, estaba tan encantada con todo lo que Pablo y sus amigos le proponían que se integró en el grupo, haciendo gala de una camaradería que parecía innata, entregándose a esta nueva vida de riesgo y aventuras que se abría ante ella de par en par, dispuesta a enfrentarse con cuantas adversidades se presentasen en su camino para lograrlo (y no dudaba de que iban a ser muchas).

Pablo hizo todo lo posible (según su peculiar entendimiento) por enamorarse de Electra, pero sin mucho éxito, ya que, en realidad, de quien estaba enamorado (perdidamente, por cierto) era de él mismo.

Sin embargo, sus tres amigos sí se enamoraron de Electra. Y ella asumió la situación con el entusiasmo propio de quien, educada en una férrea disciplina emocional, estaba descubriendo un nuevo mundo, tan desconocido como, presumiblemente, lleno de prometedoras riquezas. Cristóbal Colón debió sentir algo parecido cuando Rodrigo de Triana gritó: "¡Tierra a la vista!". Tal vez, la única diferencia entre el caso del almirante genovés y el de la hija de 'Clitemnestra' y Saturnino (así se llamaba el enriquecido padre de la joven), estribaba en que lo que le esperaba a ella era mucho más insólito e improbable de imaginar.


Fueron pasando las semanas y, si bien Electra y los tres amigos de Pablo estaban felices con el curso que iban tomando los acontecimientos, este no acababa de sentirse satisfecho y, como era de esperar, no estaba dispuesto a dar el asunto por resuelto con tanta facilidad. Digamos que opinaba que todo se había resuelto con demasiada sencillez y le parecía imprescindible complicarlo un poco más.

Pero, claro, el concepto que Pablo tenía de ese 'poco más' no coincidía con el del resto de los mortales. Así que siguió dándole vueltas al tema hasta que, una tarde, reunió a sus camaradas y les dijo:

–No me parece suficiente lo que hemos hecho. Electra ha sido una buena elección, es cierto, pero hay que ir un poco más lejos. He decidido casarme con ella.

Un expectante silencio siguió a las palabras de Pablo. Un silencio que solo Mano Negra se atrevió a romper:

–¿Y cómo va a ser la boda? –preguntó, sin poner en tela de juicio la decisión de Pablo.

–De eso os encargaréis Juanito y tú. Electra y yo haremos, luego, otra ceremonia a nuestra manera. El Catalán queda exento.


Y se celebraron tres bodas.


[CONTINÚA EN 'El Cónclave de La Rosaleda']

1 comentario:

María Luisa dijo...

Me ha encantado. A ver si 'El Cónclave de La Rosaleda' lo escribes y publicas pronto... :-)