miércoles, 1 de julio de 2020

Un otoño largo y estrecho

No sé a quién se le ocurrió inventar el otoño. 
Y no hablo de meses del calendario, no; hablo de la estación meteorológica comprendida entre el final del verano y la llegada del invierno. Porque, digo yo que alguien la inventaría, ¿no?
Hay una especie de consenso general que inclina a la gente a decir cosas tirando a cursis sobre él, apelando, casi siempre, a la supuesta belleza del colorido de árboles, parques y jardines durante esa época del año, pero creo que no me equivoco si digo que es un gusto más propio de personas mayores que de jóvenes. A los jóvenes les suele gustar poco. Primero, porque su llegada significa el final del verano y el comienzo del curso. Y, si hablamos de niños, todavía les gusta menos, porque a la razón antes mencionada, se le une el hecho de que les parece interminable y se les hace muy larga la espera hasta la Navidad.

Pablo no era una excepción. Estaba claro que las secuelas que había dejado el verano de ese preciso año, 1966, habían sido notables, y no todas positivas, desde luego. Sin embargo, pese a ello, no recibió bien la llegada del otoño.
La universidad le gustaba, pero la necesaria separación de sus camaradas no le hacía mucha gracia. Ninguno de sus mejores amigos estudiaba su misma carrera y eso no facilitaba las cosas, porque es preciso hacer constar que a Pablo no era partidario de hacer nuevas amistades, sino de mantenerse fiel a las de toda la vida.
El Catalán era un caso aparte, se habían conocido dos años atrás e, instantáneamente, surgió entre ellos una poderosa amistad, que pareció nacer en lo más profundo de sus respectivos espíritus. ¿Cómo había sido posible? Era un caso raro, difícil de explicar, pero trataremos de hacerlo.

No era Pablo un chico normal. Lo parecía, pero no lo era en absoluto.
Desde muy pequeño, había tomado una serie de decisiones que marcarían por completo su futuro (y el de un buen número de personas más).
La primera de esas decisiones era que la vida debía ser modificada. Y solo había una forma de hacerlo con éxito: creando una vida paralela que se adaptase, exactamente, a sus ideales. Para ello, era preciso establecer unos principios fundamentales, cuya regla general básica fue la de convertirlos en eternos, inamovibles y, sobre todo, superiores a cualquier otra norma, uso, costumbre o ley.
Esos principios, serían simples, pero irrenunciables, y conformaban una realidad diferente, en la que el honor, la lealtad, el amor y la libertad debían ser sus cuatro sagrados pilares.
La vida en la que Pablo creía tenía grandes dosis de romanticismo y de bohemia, así como de todas esas grandes virtudes propias de la infancia que, inevitablemente, desaparecían en las personas, a medida que se iban haciendo mayores.

Puede que a la mayoría de quienes lean esta historia (bueno, no a la mayoría, porque la mayoría no entenderá la verdadera dimensión de lo que estamos tratando de decir, pero sí a los contados lectores que lo comprendan) les parezca que, en el fondo, lo que Pablo quería era jugar. Y, efectivamente, aciertan. El matiz diferenciador, que hace único este caso, es que él decidió que este juego durase (como mínimo) toda su vida y que, siendo compatible con la apariencia de una vida normal, tuviera un rango superior tan elevado que, en la práctica, todas las circunstancias y actividades de esa secundaria 'vida normal' estuviesen al servicio del supuesto juego. 
Por lo tanto era necesario ir más allá de lo común: no bastaba, para ponerlo en práctica, llevar una doble vida, lo que había que llevar era una 'vida doble' (que, en alguna ocasión, hubo que aumentar a triple).

Siendo muy joven, Pablo era ya un gran conocedor de la filosofía de Maquiavelo, considerándola vulgar y nada distinta a la tónica imperante en la mayor parte de las sociedades que han existido desde que el mundo es mundo; en cambio, la que sustentaba su propia línea de pensamiento era, en su opinión, notablemente más original e interesante de poner en práctica. Además, claro está, de desarrollar un concepto mucho más creativo y revolucionario. Pablo lo expresaba así: «Los medios justifican el fin».

Lo que Pablo siempre supo es que todo esto comportaba para él tener que estar dispuesto a no ceder nunca, a mantener estos principios inalterables, sucediese lo que sucediese, durante toda su vida, no flaqueando jamás, por muy difícil que fuese el momento. Y, para conseguirlo, era preciso tener una visión muy clara del significado de esos adverbios, antes mencionados: 'siempre' y 'nunca'.
Pablo conocía a la perfección su significado. Y lo aplicó literalmente.



Pero dejemos todo esto para más adelante y volvamos al otoño de 1966.

Tras múltiples deliberaciones, Pablo y El Catalán habían concluido que era imposible entender el extraño comportamiento de Puskas y que lo mejor que se podía hacer al respecto era pasar página y centrarse en las muchas novedades que su reciente condición universitaria les brindaba. La eterna novia de El Catalán, Nuria, más conocida entre ellos con el apelativo de Nolito, vivía en Barcelona y esta circunstancia les liberaba de compromisos y ataduras, abriendo ante ellos un enorme campo de inexploradas posibilidades. 
Sin embargo, la particular idiosincrasia de Pablo (de la que ya estaba plenamente contagiado El Catalán), no aceptaba soluciones sencillas. Para él, resultaba imprescindible encontrar una fórmula compleja y adornada de flecos un tanto melodramáticos, que abordase el análisis de la situación, así como las medidas a tomar para afrontarla, dotándola de métodos más románticos (ya hemos dicho que Pablo justificaba el fin en función de los medios y no a la inversa, como predicaba el famoso secretario florentino en tiempos del Renacimiento).

Había un punto de razón en el planteamiento de Pablo, y era que no conseguía quitarse a Puskas de la cabeza. Y, buscando una solución para el problema, encontró una más propia de una comedia de Hollywood que de la llamada 'vida real'. No acordó consigo mismo centrarse en sus estudios, ni en el fútbol (deporte en el que reunía condiciones para hacer una buena carrera), y, mucho menos, decidió darse a la bebida para olvidar (Pablo no bebía alcohol y no hubiese sido oportuno pasarse las noches en vela, a base de leche o zumo de naranja, sus bebidas favoritas). Escogió una alternativa más complicada y teatral: salir con multitud de chicas diversas, prácticamente a diario, sin darse tiempo para coger aliento entre una cita y otra.

Él no lo pensó nunca, pero pudo haber sido consecuencia de que el origen del conflicto estaba en la película 'Chicas! Chicas! Chicas!', que, desde hacía meses, tenía catalogada como el producto cinematográfico más despreciable que se había rodado desde 'La Sortie de l'usine Lumière à Lyon'. Estaba claro, por tanto, que Pablo no tuvo, conscientemente, esta asociación de ideas o su ocurrente plan hubiese sido descartado de inmediato.

Así que se puso manos a la obra. Solicitó la colaboración de algunos amigos próximos, entre quienes debemos destacar, aparte de a El Catalán, a otros muy cercanos como Agustín, El Mariscal y una nueva adquisición que daba mucho juego: El Duende (El Duende que Camina, El Espíritu que Anda). A ellos (y otros no tan relevantes, pero, también muy participativos) había que añadir a un buen número de chicas, como May y Mau, la recordada y querida Mori (inseparable de Agustín), Cristina y Montse (buenas amigas de Le Canal), la bella y delicada Lisbeth (quien, pese a vivir en Biarritz y pasear por San Juan de Luz, venía con frecuencia de visita) y, por supuesto, Zoraida (aficionada a los leñadores, para disgusto de El Mariscal).

El otoño, ya lo hemos dicho, fue largo. Y, a medida que pasaban las semanas, se fue estrechando. Todos los participantes en esos constantes festejos cumplieron con su cometido, tal como estaba previsto. Pablo no tenía motivo alguno de queja. 
Las diversiones, ingeniosas e innovadoras, animaban las reuniones con gran éxito, si bien fue, precisamente ese éxito, el que puso en evidencia, una vez más, que no siempre la innovación es susceptible de ser asumida por la sociedad, sin poner en peligro algunos principios aceptados, de forma habitual, por la civilización occidental. Juegos muy creativos y rupturistas, como 'Miembros', '¿Quién fue?' y, en especial, 'Gallina Ciega Invertida', cuestionaron las bases de la estabilidad emocional de más de un participante, lo que, unido a la tendencia natural de El Duende a subirse por las paredes de los pasillos en cuanto los demás se descuidaban, recomendó la paulatina reconversión de aquellas diversiones en otras algo más convencionales.
Esta tendencia del otoño hacia unas dimensiones más largas y estrechas de las establecidas por su naturaleza original, no fueron del agrado de Pablo que, en su fuero interno, no estaba dispuesto a aceptar que su plan funcionase. Si él mismo lo había diseñado era por puro artificio retórico-teatral, no para que produjera un efecto positivo en el affaire de Puskas, cuya solución, en realidad, no buscaba.

Se cuenta que esta deformación del otoño de 1966 inspiró a algunos famosos cocineros franceses para crear esa tendencia, popularizada en los años setenta, de introducir en las cartas de sus restaurantes los dichosos menús 'largos y estrechos', que permiten, como le ocurrió a Pablo en el otoño del 66, probar un poco de muchas cosas, sin poder disfrutar a fondo de ninguna de ellas.


Nada se supo de Puskas durante aquel otoño. Ninguna noticia llegó de ella. Y Pablo no tenía la más mínima intención de preguntar ni de investigar, así que, lentamente, se iba acercando un invierno que no parecía proponer grandes novedades, aparte, claro está, de la que implicaba la constatación oficial del fracaso de un plan que no había resultado eficaz para eliminar de la memoria de Pablo el recuerdo de Puskas.


Habría que pensar en algo diferente. Y fue, entonces, cuando El Catalán apareció con una nueva proposición: París. 

No hay comentarios: