martes, 30 de junio de 2020

Verano del 66 (II)

El valle estaba tan verde y apacible como siempre. Tal vez más soleado que de costumbre, por lo que los inmensos prados parecían más grandes, los bosques más frondosos y el pequeño río más caudaloso. Las hortensias daban la impresión de haberse multiplicado ese año y sus tonos azules, rosas y malvas inundaban los rincones de cada jardín, más luminosas y alegres que otros veranos.

Pero Pablo permanecía insensible a los encantos de la desbordante naturaleza de Vertville. Llevaba ya un par de días allí, en ese idílico valle, objeto de disputa perenne entre Bretaña y Normandía, que había acabado convirtiéndose en una tierra de nadie. Los normandos lo tenían olvidado, y los bretones, considerándolo suyo, carecían de competencias para administrarlo.

En realidad, no se podía hablar, con propiedad, de que Vertville fuese un pueblo. En la fachada de uno de sus edificios estaba escrita la palabra 'Mairie', es cierto. Y también había una vieja escuela (Pablo nunca vio niños en ella, pero jamás llegó a saber si esta circunstancia se debía al hecho de que él solo viajaba a Vertville en verano o a que ya no era más que una reliquia del pasado, como, en el fondo, sospechaba). Y había un bar, junto a cuya puerta, al lado de un pequeño cartel que anunciaba 'Tabac', se leía: 'Chez Le Pré - Restaurant'. Y, claro, había una iglesia.
El resto de las pocas edificaciones que se veían, muchas de ellas antiguos caserones, estaban desperdigadas por el valle y las colinas, entre prados, robles y eucaliptos. Sin duda, el conjunto que presentaba Vertville a los ojos de cualquier viajero era magnífico e invitaba a la paz mental y al reposo del alma.

Dicho lo anterior, era evidente que Pablo no podía ser considerado 'cualquier viajero'. Tal vez por eso, su estado mental no era nada pacífico ni su alma estaba tranquila.
Hacía dos días que había llegado y aún no había salido de casa. No estaba de humor para encontrarse con sus veraniegos amigos locales y aún tenía menos ganas de ver a Blanche. De momento, se limitaba a esperar, con ansiedad, noticias de El Catalán, quien se había comprometido a investigar el misterioso comportamiento de Puskas en el último día de la reciente estancia de Pablo en la Costa Brava. Sin embargo, la maldita carta no llegaba.
Nadie en su sano juicio, se decía a sí mismo, podía preferir ir a un mugriento cine de verano a ver un bodrio como 'Chicas! Chicas! Chicas!', en vez de pasar una noche intensa y romántica en el fabuloso St. Trop'. ¿Qué podía haberle sucedido, de repente, a Puskas para, sin motivo aparente, dar un giro tan brusco a su comportamiento? ¿No había sido ella, precisamente, la que tuvo, durante toda la semana, una actitud en extremo cariñosa, que solo podía significar que Pablo le gustaba tanto como ella le estaba demostrando, día tras día?
Estas y otras disquisiciones similares atormentaban a Pablo, alcanzando un estado que iba mucho más allá de un simple sentimiento de amor propio herido. A él nunca le había atraído Puskas. Se había dejado convencer por El Catalán para ir a pasar unos días a la Costa Brava y allí fue ella quien había convertido esa semana de vacaciones en el período más progresivamente intenso que puede vivirse desde el punto de vista de los sentimientos de una pareja... 

Al tercer día, era ya tal su desconcierto, que aceptó, de buena gana, la propuesta de sus padres para acompañarlos a pasar el día a Dinard. Ellos, verdaderamente sorprendidos por esta anómala reacción de su hijo, se apresuraron a emprender la excursión de inmediato, tomándole la palabra antes de que cambiase de idea.

La belleza de la costa de aquel pintoresco pueblo marinero y la excelente comida en un renombrado restaurante con vistas a la bahía de St. Malo, le despejaron un poco la cabeza y regresó a Vertville con renovados ánimos.
Volvieron a casa a media tarde y, tras comprobar, con disgusto, que el cartero no había traído carta alguna, Pablo salió a dar una vuelta, seguro de encontrarse con sus amigos.

Vincent, Blanche y Henri estaban charlando en la puerta de Chez Le Pré, con aspecto de estar un tanto aburridos. Aspecto que cambió, radicalmente, al ver aparecer a su añorado amigo, cuyo advenimiento (como el de cualquier persona, animal o cosa que viniese de fuera), era considerado en Vertville digno de ser celebrado por todo lo alto.
Pablo saludó a sus amigos y los cuatro fueron a dar una vuelta por esa solitaria y estrecha carretera que a él siempre le había parecido que no llevaba a ninguna parte.
Blanche iba junto a Pablo y, poco a poco, fue reduciendo el paso hasta que ambos quedaron un poco rezagados de sus otros compañeros de paseo. Blanche le hablaba animadamente y sus ojos azules irradiaban un brillo especial al cruzar su mirada con la de Pablo, que trataba (no siempre con éxito) de mantener la vista alejada del rostro de ella.

Blanche era una chica que conocía bien su atractivo. Delgada y bien proporcionada, de piel suave y clara, llamaba la atención por tener una cara muy bonita, con labios sonrosados y bien dibujados, nariz pequeña y ojos de un azul brillante e intenso. Su larga y ondulada cabellera era de un rubio oscuro, matizada con unos reflejos dorados que, al caer la tarde, parecían haber surgido de la paleta de Botticelli. Alguien dijo en Vertville que recordaba a Brigitte Bardot, antes de que se convirtiera en estrella de fama mundial (en España hubiesen dicho, con más propiedad, que se parecía a Marisol).
Como ella sabía bien todo esto (y le gustaba que fuese así), no desperdiciaba la ocasión para sacar aún más partido de sus virtudes naturales.
Si, a sus cualidades físicas, le sumamos un carácter abierto y simpático, no es de extrañar que, a sus diecisiete años recién cumplidos, fuese foco de atención de casi toda la población juvenil masculina, tanto en Vertville, lugar habitual de sus veraneos, como en su Nantes natal, donde vivía el resto del año.

Sin apenas darse cuenta, Pablo se encontró solo con Blanche en mitad de un prado cercano. Vincent y Henri habían desaparecido, como por arte de magia. Blanche se sentó sobre la hierba y Pablo lo hizo a su lado, manteniendo su gesto imperturbable. 
Ella sabía lo que hacía, Pablo le gustaba y no quería que se repitiese lo ocurrido el verano anterior, en el que todo apuntaba a una situación que, pese a todos los pronósticos, no llegó a consumarse. La conversación de Blanche, sustentada en unos labios tentadores y en ese azul de sus ojos que, a esta última hora de la tarde, adquiría reflejos más propios de aguamarinas que del iris de una persona, giraba alrededor de esa asignatura pendiente del curso pasado. 
La media luz del atardecer iba dejando paso a una penumbra silenciosa que, combinada con el aroma de la hierba húmeda y las suaves caricias del dedo índice de Blanche en la mejilla de Pablo, no presagiaba dejar una escapatoria al alcance de un chico de dieciocho años, sumido en un trance psicológico como el que atravesaba el espíritu de Pablo.
Pero, para sorpresa de Blanche, la mente de su acompañante no estaba allí. 
Y su corazón tampoco. Ella desplegó sus largas pestañas y dos rutilantes aguamarinas se clavaron en el rostro impenetrable que tenían delante...
Pablo no reaccionó. Sus sueños volaban sobre los acantilados de la Costa Brava, escuchando a Jorge, el protagonista de Marina, entonando su famoso brindis. Luego, una grotesca imagen de un Elvis, rodeado de un enjambre de chicas, interrumpía la romántica escena, mientras Puskas se alejaba con una entrada de cine en la mano.

—¿Me estás escuchando? —inquirió Blanche, con furia contenida.
—No... sí... —balbuceó Pablo, sin inmutarse.

Ella acercó sus labios a los de Pablo y le besó. Primero, con dulzura, luego, por segunda vez, lo hizo de forma mucho más apropiada para obtener una reacción apasionada por parte de él.
Fue un intento inútil. Los labios de Pablo permanecieron inmóviles, sin responder al beso de Blanche.

—¿Qué te pasa, Pablo? —insistió la chica, haciendo un esfuerzo por contener su rabia.— ¿Es que no te gusto?
—Sí, sí... claro —fue la poco pertinente contestación que dio él.

Blanca se levantó, airada. Sus ojos se habían convertido en dos bengalas chisporroteantes y sus labios se apretaban en un breve y recto segmento, más propio de una clase de geometría elemental que de unas facciones femeninas. Brigitte Bardot y Marisol hubiesen deseado estar presentes para aprender a pasar de expresar ternura, a mostrar odio, en una sola (y cortísima) clase magistral.

—Creo que es mejor que nos vayamos —dijo—. Es tarde y no sé dónde están los otros.
—Vale —repuso el zombi que tenía a su lado.

Blanche se perdió entre las sombras, camino de su casa, en el vecino barrio de L'Isec. Pablo emprendió un errático recorrido, siguiendo, en parte, el curso del arroyo (definitivamente, era pretencioso llamarlo río), bajo un cielo de estrellas infinitas y tristes.
Unas horas más tarde, le despertaron los agudos dolores provocados por un corte de digestión que borró sus preocupaciones metafísicas, sustituyéndolas por otros asuntos más terrenales y acuciantes.

Blanche tampoco pudo conciliar el sueño aquella noche. Era la primera vez que en su corta, pero intensa, vida sentimental se había sentido humillada por un chico. No estaba acostumbrada a encajar este tipo de desaires, lo que le llevó a buscar (quizá de forma subconsciente) alguna explicación que la dejase en buen lugar ante sí misma. Primero optó por poner en duda las íntimas inclinaciones sexuales de Pablo, pero, entendiendo que ella no saldría bien parada si no era capaz de distinguirlas con precisión, se decidió por una causa que le colocase a él en un plano inferior al suyo: Pablo estaba enamorado de ella, pero no sabía besar, era un 'pardillo', sin experiencia en el campo de las relaciones amorosas, por lo que no debía perder el tiempo con un niñato como él, por muy rubio y apuesto que fuese.
Resulta curioso (aunque no pertenece a esta historia) que Blanche siguiera alimentando el rechazo a su despecho con esta peregrina teoría durante varios años, tal como quedaría constatado, tiempo después, en una carta remitida por Blanche a un amigo común, a quien solo llegó a conocer a través de una larga y sorprendente relación epistolar.

Pablo hizo otro tanto. Dejó en una nebulosa de su memoria lo sucedido la tarde anterior y se centró en los calamares. Sí, en los deliciosos calamares que había comido en el bonito bistrot de Dinard y que ya no le parecían nada deliciosos. Ellos eran los culpables de todo lo sucedido: habían trastornado su mente (y, desde luego, su estómago) para llevarle a un mundo irreal y subjuntivo (no sabía muy bien cómo aplicar la 'subjuntividad' a su estado, pero le gustaba esa forma de expresarlo), en el que Blanche, tan apetecible doce meses atrás, no tenía cabida. Pablo estuvo veinte años sin volver a probar los calamares. Y no es una manera de hablar, es un hecho real.

Es curiosa la facilidad que tenemos los humanos para justificar los actos propios con exagerada benevolencia y trasladar nuestra responsabilidad a los demás (sean personas o calamares), ya sea mediante el método de culpar al otro de un fallo que hemos cometido o, simplemente, desconectando de la realidad para refugiarnos en un sueño del que no queremos despertar. En este caso concreto, ni Blanche ni Pablo supieron afrontar la situación siendo sinceros con ellos mismos. Se dejaron confundir por el orgullo, y trataron de adormecer sus sentimientos a base de esa peligrosa sustancia opiácea llamada soberbia, una medicina que se destila internamente y que acaba siendo altamente adictiva.

A la mañana siguiente llegó la carta de El Catalán. Un informe completo y detallado de lo que estaba sucediendo en ausencia de Pablo, que en nada aclaraba las causas del comportamiento de Puskas. Su actitud general dentro del grupo seguía siendo positiva y animada, sin el más mínimo síntoma de rareza en sus palabras o en su forma de actuar.
El Catalán había mantenido una larga conversación con ella, en la que se abordó en profundidad el tema de Pablo, no arrojando ninguna luz sobre el asunto. Al parecer, Puskas se ratificó en sus cariñosos sentimientos hacia Pablo, así como en lo mucho que habían disfrutado juntos esa semana. Ni una palabra sobre Carahuevo. Y tampoco sobre Elvis Presley.

Nada satisfecho quedó Pablo tras su lectura. «Pero es lo que hay», se dijo, guardando cuidadosamente la carta, que sería archivada con posterioridad y pasaría a formar parte de su completísima colección de correspondencia histórica, de la que se dice (tal vez exagerando) que no tiene parangón en el mundo.

Pablo y Blanche se evitaron mutuamente durante los siguientes días. Y es probable que cometiesen una grave equivocación. No volverían a verse hasta un par de años después y, entonces, ya sería demasiado tarde para Pablo. La vida había pasado como una exhalación en ese tiempo y no quedaba un resquicio lo suficientemente amplio para una chica como Blanche, cuya ambición perseguía objetivos de una dimensión que no encajaba en el torbellino que envolvía la nueva realidad vital de Pablo.


                                              *               *               *

Aquel verano del 66 acabó, como casi todos los de aquella década, en Le Canal.
Puskas apareció esporádicamente, pero, sin rehuir de una forma expresa a Pablo, dio a entender que, tras las mañanas de piscina con los amigos de siempre (la principal ventaja que Le Canal ofrecía a Puskas era que su piscina permitía nadar con soltura y guardar la ropa con eficacia, circunstancia, como más adelante se demostraría, de vital importancia para ella) salía muchas tardes con Carahuevo, por quien nunca volvió a manifestar un afecto sentimental lo bastante fuerte como para desear que su ventana diese a la calle de San Cristóbal (estaba claro que no quería quedarse sin ventana).

Para Pablo, Le Canal ofrecía unas ventajas diferentes: excelentes amigos, deporte sin límites... y la negra melena de Isabelle que volaba, airosa, sobre sus juveniles hombros morenos cuando paseaba, junto al borde de la piscina, luciendo su ceñido bañador plateado. Tres realidades que, unidas, conformaban un patrimonio lo suficientemente rico como para saciar el apetito del espíritu más exigente.
Sobre todo, cuando apenas quedan unas semanas para que termine el verano. 

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