miércoles, 2 de abril de 2014

Música de silencio

La música es muy peligrosa.
A lo largo de los siglos se ha utilizado como arma, casi siempre con gran éxito.
Las marchas militares, por ejemplo, han ayudado a muchos ejércitos a avanzar en momentos muy difíciles, incluso bajo el fuego enemigo. En este terreno he admirado mucho la eficacia de las gaitas escocesas, cuyo sonido impulsaba a los ejércitos británicos contra las bayonetas adversarias mientras sembraba el desconcierto y hacía flaquear la moral de quienes las oían acercarse.
Los himnos son otro caso semejante. ¿Quién no ha llorado escuchando La Marsellesa en el Rick's Café, imponiéndose sobre el improvisado coro de oficiales nazis? Y no solo me refiero a los himnos nacionales, que lo mismo ocurre, en su terreno, con los religiosos o con un bien ejecutado Requiem de Mozart durante un funeral apropiado.
Rondallas y mariachis han cumplido su romántica misión durante generaciones y qué decir de una tuna bien utilizada como arma desestabilizadora de rufianes prepotentes...
Las canciones de amor y la música de Puccini son, asimismo, poderosas armas bajo la penumbra encubridora del destino (como decían en una vieja serie de televisión, en los lejanos tiempos en los que no se doblaban en España). Y si la penumbra se completaba con el movimiento acompasado de un lento ventilador de techo, la potencia se multiplicaba... con independencia de la calidad del aparato reproductor (de música, claro está).

Sin embargo, yo no me refiero a ninguno de estos peligros, bien conocidos todos y aceptados por una sociedad que los tiene muy asumidos.
Lo verdaderamente peligroso de la música es el olvido. Olvidar es terrible. Yo lo comparo con morir... y creo que me quedo corto.
Pero si olvidar es desleal con la propia vida, cuando se trata de música es de una cobardía que roza lo estrafalario.
Cuando hablo de música no me refiero, desde luego, a esos soporíferos lieder, tan utilizados, como último recurso, en los interrogatorios de la Gestapo para hacer confesar a los más recalcitrantes enemigos del régimen, capaces de soportar con entereza cualquier tortura física y que solo flaqueaban ante la sádica amenaza de ser sometidos a una audición de la obra del Johann Sebastian Mastropiero de turno, no. Esta música no se olvida, por la sencilla razón de que es de todo punto imposible de ser recordada.
Ahora bien, olvidar, a conciencia, composiciones de Dalla cantadas por Pavarotti o de Lara en una versión de Eydie Gorme, es un delito muy grave.

Los amantes del silencio culpable, los reconvertidos adversarios del diálogo, esos que olvidan aquellas melodías que fingieron adorar, no tienen perdón ante el dios de la música. Aunque aquí abajo, en este pequeño y sufrido planeta, sí les perdonamos.
Les perdonamos... pero no les creemos cuando niegan tres veces a Cohen en su permanente y voluntario Getsemaní, en el que permanecen encerrados con sus escasas treinta monedas de plata ennegrecida.

Son los que entonan la música del silencio con el eco de sus corazones vacíos, cubiertos de pálida y gastada purpurina. Su canto es profundo, tenebroso y hueco. Y, sobre todo, silencioso. Temen al diálogo porque conocen su mentira, labrada sobre la palabra de otros egoístas reincidentes.
Nunca rompen la música de su silencio sino en la soledad de su dormitorio, en la que permanentemente escuchan cantar, contra su voluntad, a Peter Sarstedt la terrible canción.
Entonces es cuando, cada noche, el viento oscuro del otoño arranca las notas del pentagrama y las deja amontonadas en el suelo, junto al polvo de esos sueños que tratan de esconderse debajo de la cama hasta que vuelva a sonar el despertador de la tristeza:

"So look into my face Marie-Claire
and remember just who you are.
Then go and forget me forever,
but I know you still bear the scar
deep inside...yes you do.
I know where you go to, my lovely,
when you're alone in your bed.
I know the thoughts that surround you
'cause I can look inside your head".

Y, luego, sigue la música...

1 comentario:

jose maría fernández dijo...

Muy buena partitura (y bien que se recuerda). Solo hay una un pelín más larga: la del "Vals del segundo", de Johann Sebastian Mastropiero (interpretado magistralmente por Les Luthiers.